lunes, 20 de diciembre de 2010

CORTADA A PEDAZOS, PARA QUE APRENDAS

El jefe paramilitar llegó a mi casa finca con el firme propósito de hacerme entrar en razón. Los vecinos de la vereda se habían quejado ante el alcalde y ante el comandante del batallón por el volumen de mi equipo de sonidos durante las fiestas semanales que yo hacía y a las que invitaba a mis amigos poetas, artistas y literatos. Alegaban ante las autoridades que no eran fiestas sino orgías en las que no faltaban las putas que se prestaban al juego de la botella y en las que todos y todas terminábamos en pelotas. Y yo decía ante esas autoridades que las amigas que asistían a mis fiestas no eran putas sino escritoras y bailarinas del Ballet Folclórico que nos hacían la noche agradable con su compañía y que no se encueraban sino que bailaban con nosotros el porro, la danza típica de la provincia, que deja descubiertas las piernas y la intimidad vestida de la bailadora, con sus giros alegres y el concurso coqueto de las polleras.
Pero el señor comandante del grupo paramilitar llegó decidido a no dejarse mangonear por mí. “A mí no me vas a mamar gallo con el cuento del libre desarrollo de la personalidad y con el derecho que tienes sobre el espacio de tu casa y de tus tierras”, me dijo al enterarme del motivo de su visita.
--Yo no soy el alcalde pelotudo del pueblo ni el comandante bandido del batallón. Yo sí hago respetar la voluntad de los propietarios de la región. –me dijo segundos después.
--Yo también soy propietario y tengo derechos como los demás—le dije.
--Pero los demás son más propietarios que usted y nos colaboran y usted no—respondió con cara de desear terminar pronto su visita.
Cuando vio que yo trataba de argumentarle con el código de policía entre manos, que tenía derecho a hacer fiestas con música que no pasara de determinados decibeles, me atajó y me dijo:
--Guarda ese código de mierda que a mí no me sirve. ¡O te largas de aquí o te mueres!— gritó con voz de juez dictando sentencia—Y para que no te quede dudas de que hablo en serio ¡mira!
Entonces tomó de los cabellos a la mucama que me servía desde hacía varios años, la tiró al piso de la sala y empezó a machetearla hasta dejarla convertida en trozos de mujer muerta tendidos sobre un inmenso charco de sangre.
--¡Eso es para que aprendas que conmigo no se juega! –vociferó con los ojos encendidos de la ira y se marchó.
Sobra que les diga que mi alma de humanista no resistió semejante brutalidad criminal, y que caí desmayado. Cuando desperté busqué el rastro de sangre en la sala y el cuerpo trozado de mi empleada doméstica. Al no hallar las huellas macabras de semejante crimen, escuchar la voz dulce de mi nieta dándome los buenos días y ver que no estaba en una casa finca sino en el apartamento de mi hija, entendí que todo había sido una pesadilla y que no estaba en Colombia sino en Estocolmo.


Montería, diciembre 20 de 2010.

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