domingo, 13 de agosto de 2017



EL CONFLICTO VENEZOLANO
Por Antonio Mora Vélez.
En un estado de confrontación de ramas del poder como la que venía sucediendo en Venezuela, la solución democrática, legal y constitucional es la Constituyente convocada por Maduro (Arts. 347 y 348 de la Constitución  Política de Venezuela). La otra es el enfrentamiento armado entre las ramas del poder o la imposición de una de ellas sobre la otra, que era lo que trataba de hacer la oposición desde la Asamblea, pretendiendo destituir al presidente. O la clausura de la Asamblea Legislativa opositora y la destitución de la Fiscal General que algunos le propusieron a Maduro. Y no me parece que eso hubiera sido mejor que la decisión finalmente tomada de apelar al constituyente primario, que es el pueblo, para que dirima el enfrentamiento y ponga a cada quien en su sitio, como lo hizo con la destitución de la Fiscal General, y garantice –como lo pretende el chavismo- las conquistas sociales de la revolución. Para ganancia del gobierno la oposición no aceptó participar porque sus partidos estaban convencidos que con las "guarimbas" (acciones violentas) y armadas en las calles iban a generar una guerra civil que justificara una invasión gringa que les devolviera el poder. Y perdieron la oportunidad de probar que eran mayoría o al menos de haber ganado un 49% de los escaños de la Constituyente.
El resultado fue que las urnas les castigaron el haber abandonado la acción pacífica de masas y la lucha democrática y haber optado por la insurrección armada callejera y sobre todo haber encargado de esa tarea a encapuchados pagados que, sin conciencia cívica y democrática, se dedicaron a destruir bienes de servicio al pueblo como colegios, hospitales, universidades, buses de transporte público, tiendas de abastecimiento y a incendiar personas por su color o por su filiación política. Acciones todas terroristas que  terminaron por desprestigiarlos y que la prensa ha escondido o tergiversado ante el mundo, señalando a la Guardia Nacional de ser la responsable de todas ellas.
Pero esa misma gran prensa y los medios internacionales siguen insistiendo en el cuento del comunismo y de la dictadura para generar el clima de crítica y repudio mundiales que justifique las acciones de la OEA y de los EEUU. Yo conozco la Constitución venezolana y el programa del socialismo del siglo XXI y en ninguna parte aparece que tengan el propósito de acabar con la propiedad privada ni menos con la economía de mercado (Ver arts 299 y 308 de la CNB de Venezuela). Y lo prueba, además, el hecho de que con todo y lo que la derecha ha urdido para derrocar la revolución bolivariana: golpe de estado, guerra económica, huelga petrolera, insurrección callejera, ataque a cuarteles, contrabando de sus productos, saboteo a la divisa, desabastecimiento intencional, etc., el gobierno sigue manteniendo la pluralidad de partidos y la empresa privada, ambos pilares de la democracia liberal. Y como si fuera poco, tolera a los medios impresos, radiales y de Tv de la oposición, no obstante que varios han dado motivo para una cancelación de su licencia al llamar al desconocimiento del gobierno y desinformar sobre la protesta violenta y los crímenes cometidos por los terroristas encapuchados, a quienes califica de “opositores pacíficos” perseguidos y reprimidos violetamente por el régimen. Y para mayor razón, mantiene el apoyo de la mayoría de los electores tal y como quedó demostrado con las recientes elecciones del 30 de julio.
Finalmente, para reforzar lo anterior, algo que muy pocos saben. En los estatutos no se dice que el PSUV es un partido obrero sino que se declara el carácter policlasista del mismo, calificativo que no cabe en la definición de un partido marxista. Lo que me permite pensar que hasta sectores de la burguesía socialdemócrata caben en él. Y de hecho creo que los hay. Todo el estilo madurista de buscar el diálogo con la oposición dispuesta a participar en el juego democrático, y con el sector empresarial –lo que nuestra prensa no informa- obedece a esos criterios. Y no me cabe duda  que el socialismo chavista (bolivariano, cristiano, popular y anti-imperialista) dista mucho de ser una copia del cubano (martiano y marxista-leninista) -lo que repiten los poco entendidos del contenido de ambos- aunque sus países estén aliados porque tienen un mismo y poderoso enemigo: el imperio de Wall Street. Un imperio que va tras el petróleo, cuya renta le ha servido al estado bolivariano para sostener las misiones sociales (salud, educación, vivienda, tierra etc) y que antes se robaban los politiqueros que hoy luchan por recuperar el poder; va en busca del petróleo, del oro, del coltán, del gas, del torio (metal estratégico que reemplaza al uranio) y del agua, recursos todos que la patria de Bolívar tiene en abundancia, y que no vacilará –el criminal Imperio- en apoderarse de ellos así tenga que destruir el país, como lo hizo con Libia y con Irak, y utilizar como instrumento de esa agresión a Colombia.

Colofón: No hace mucho bien al futuro en paz de nuestro país la intromisión del presidente Santos y de algunos expresidentes como Pastrana y Uribe en los asuntos internos del país hermano. Y mucho menos involucrar nuestras bases militares, y personal de nuestro ejército, en la guerra que se planea en el Pentágono contra la revolución bolivariana, violando los principios de no intervención y de autodeterminación de los pueblos. Conducta de la cual son indicios el reconocimiento de nuestra calidad de país observador de la OTAN, el reciente fortalecimiento de los puestos militares fronterizos con el hermano país y el afán del Pentágono en que acabemos cuanto antes el desarme de las FARC. De producirse esa invasión con nuestra complicidad (que lo será para recuperar las riquezas naturales de Venezuela arriba enumeradas, con el engaño de siempre de restablecer la democracia) vamos a ser considerados enemigos beligerantes y vamos a recibir fuego no solo de las fuerzas armadas venezolanas sino de los países que acudan en su ayuda, (Rusia, China, Irán, Belarús y otros) que son poderosos y que nos pueden hacer bastante daño.    

Montería, 13 de octubre de 2017.

lunes, 22 de mayo de 2017

EL CONCIERTO DE RAÚL

En memoria
de Raúl Gómez Jattin y Emiliano Callejas Cantillo.

Emiliano y yo bebíamos un par de cervezas en la heladería y panadería Bon Bini del centro de la ciudad y hablábamos de literatura. Emiliano, poeta clásico, me decía que la poesía de Neruda dedicada al amor y a la mujer era la mejor, la trascendente, la que dejaba semillas en el alma. Yo reivindicaba el mensaje del Canto General y el valor de las Odas Elementales, en especial de las odas al aire, al vino y al pan.
Unos años antes Emiliano había publicado en la revista del grupo un soneto dedicado al béisbol y a los peloteros que ganaron la Serie Mundial del 49, titulado “No hay con quién”, y yo le decía que ese tipo de poesía me gustaba porque era un testimonio de admiración por las gestas del pasado y un nuevo aire para continuar en la brega de recomponer el presente.
Eran las cuatro de la tarde de un sábado monteriano de 1984 y una brisa serpenteaba por la callejuela en forma de ele que dejaban los tres edificios Garcés entre sus moles, con sus tres salidas, una –la de Pollos Chandys- hacia la calle 32, otra –la de la heladería- hacia la carrera segunda y una tercera, más estrecha, que daba hacia la pizzería de la avenida primera.
Al mirar hacia la carrera segunda vimos venir a Raúl, el poeta loco, sucio, barbado, descalzo, agitando sus manazas como si quisiera abofetear al mundo, y con la ya definida intención en su mirada de sentarse a nuestra mesa. 
-¡Mierda! –dije yo. Ese loco nos va a dañar la tarde.
-No te preocupes –me dijo Emiliano-. Él se las lleva bien conmigo.
-Pero conmigo no –le respondí--. Resulta que yo soy el paga platos de las actitudes sectarias de José Luís.
Raúl llegó, no me miró, dijo buenas tardes a Emiliano, se sentó en una de las sillas desocupadas, dándome la espalda, y le preguntó a mi compañero de mesa:
-Médico: ¿Qué es lo que se creen esos tipos de la Casa de la Cultura?
-¿Cómo así? –le dijo Emiliano, haciéndose el que no sabía nada-. ¿Es que te han hecho algo?
-¡Pues claro, su director me ha negado el espacio para un recital y he tenido que recurrir a la presidenta de la junta para conseguirlo! ¡Como si yo fuera un poeta cualquiera, médico! 
-Bueno pero ya vas a hacer el recital, y eso es lo que importa. 
-Sí, pero me molesta que unos cuenteros – ¡porque ninguno de ellos es poeta!—me ofendan de esa manera...
A propósito...—le interrumpió Emiliano y le hizo señas para que reparara en mi presencia temerosa, a pocos centímetros de su intimidante brazo izquierdo puesto sobre la mesa.
-¿Y quién es él? No lo conozco—contestó con una cómica y mal fingida indiferencia. Dirigió entonces su mirada alucinada hacia una de las vitrinas llenas de pan de la panadería y aspiró con fruición el olor fresco del pan que salía del horno.
Emiliano se desconcertó porque pensó que Raúl –noble como su poesía-- iría a reconsiderar su actitud de rechazo y desconocimiento hacia mí, y me iría, al menos, a reclamar mi colaboración para su recital de la Casa de la Cultura. Pero no, intentó levantarse con la intención de coger un pan del mostrador. 
Yo aproveché ese instante para jugarme un temerario lance, corriendo el riesgo de que Raúl me tratara de abofetear, como lo intentó con José Luis, frente a la cafetería Tosca, unos minutos después de concluir el programa dominical que el grupo hacía por la Emisora Sinú, y que ese día habíamos dedicado al cuento Chengue, de Guillermo, que Lecturas Dominicales de El Tiempo había publicado la semana anterior. 
-Poeta –le dije, poniendo mi mano derecha sobre su hombro-. ¿Usted por qué me odia? ¿Usted no sabe que la primera persona en Colombia que saludó su poemario fui yo?
Raúl dudó un instante antes de proceder.
-¿Eso es cierto, Emiliano? –preguntó enseguida con voz bronca y una expresión mezcla de resentimiento y de curiosidad.
- Sí, poeta, yo leí el comentario de Antonio en su columna.
-¿Y qué dijo? -le preguntó en tono áspero y todavía sin mirarme.
-Dije que su poesía era refrescante, hermosa, novedosa, auténtica, sinuana, dramática, un nuevo hálito de libertad para la poesía acartonada de Colombia—le contesté.
Al poeta se le iluminó el rostro y una sonrisa apareció en su boca, como si una "legión de ángeles clandestinos" saliera por ella. Entonces volvió su cuerpo hacia mí. Me miró fijamente pero con picardía, como queriéndome decir: ¡Te asusté! Y me dijo:
--Tú eres diferente, Toño. Definitivamente, tú eres diferente. Y óyeme lo que te voy a decir –sus ojos se agrandaron, frunció los labios y adoptó su característica pose de primer actor--: Glitza es un excelente cuento, un hermoso cuento de amor que he leído varias veces...
Y soltó una carcajada celebrando el elogio mutuo, una carcajada teatral que nos abrió las puertas de su alma atormentada. Y a Emiliano le vino el alma al cuerpo –y a mí también-- y mandó otra tanda de cervezas y un pan francés grande para Raúl que éste se comió en un santiamén. Y yo pensé con satisfacción que en adelante no tendría que eludir la presencia medrosa del poeta en las calles, y que le había ganado una batalla a la incomprensión y a la insolidaridad. 
Esa noche –me falta agregar- el poeta con "corazón de mango del Sinú" nos obligó a escucharle un concierto de canciones de Juan Manuel Serrat, que se sabía todas de memoria; en calidad de anticipo del que cantaría unos días después en la Casa de la Cultura, a capela, descalzo, sucio, descamisado, a la luz de unas velas y con las puertas cerradas para que no entrara José Luís.

Sincelejo, 2005