jueves, 30 de marzo de 2017



TRASPLANTE DE CABEZA
Antonio Mora Vélez

Mi nombre es Carlos Lince y soy un ciudadano común y corriente de este país. Trabajo en un colegio de secundaria como docente de mandarín, idioma que aprendí de niño en Shanghái durante los años que estuvo mi padre en esa ciudad haciendo parte del cuerpo diplomático de Colombia en la República Oriental China. Vivo en una ciudad intermedia de clima templado y bastantes parques y avenidas arborizadas, fiel copia de las recientemente construidas en los Estados Unidos del Este para descongestionar las antiguas metrópolis. Estoy casado con una mujer menudita de cabellos rubios que me ha parido tres hijos: una hembrita y dos varones que ya están en la universidad. Resido en un barrio de forma circular que tiene como eje un gran centro comercial en donde se encuentran todas las oficinas, tiendas y servicios. Voy a mi lugar de trabajo todos los días en mi automóvil marca Lada.
            En mi misma calle reside mi amigo Juan Cruz, también casado y con hijos pero mecánico de profesión; Juan —a diferencia mía— va todos los días a su taller en una motocicleta de alto cilindraje con la que despierta a todo el mundo por las mañanas con su ruido. Su esposa no es rubia sino morena y tiene el mejor cuerpo de la vecindad; trabaja como cajera en una tienda de víveres. La misma que mi señora y yo visitamos casi todos los días para comprar jamón de pavo, lonjas de queso dietético y un pan francés con ajo, para la cena.
            La historia de este cuento comenzó cuando supe que tenía un cáncer de riñón con varias metástasis y que ya nada se podía hacer distinto de prolongarme la vida unos años más. “Que sean cinco, doctor —le dije al urólogo—, para poner en orden todos mis asuntos de familia”. Y así me propuse hacerlo con la ayuda y comprensión de mi esposa. Primero redacté el testamento de los bienes muebles y de los bonos y acciones, y traspasé la propiedad de los inmuebles, que no eran muchos, a mis hijos. Después me dediqué a hacer lo que antes había aplazado por mis ocupaciones o mis achaques de salud, como por ejemplo: comer todo lo que me había sido prohibido por los médicos, ir al teatro de conciertos con la familia, jugar ajedrez con los dos varones, ir al campo nudista con mi esposa y visitar a los amigos, en especial a Juan, a quien poco visitaba aunque lo saludaba todos los días cuando salíamos para el trabajo y lo veía salir disparado como alma que lleva el diablo con su Yamaha de alta potencia.
            —Un día de estos te vas a matar con esa moto —le gritaba a ratos para censurarle su velocidad por las calles.
            No sobra decirles que surgió entonces entre ellos, los Cruz, y nosotros, los Lince, una comunicación permanente de calle de por medio y una gran ayuda de puerta a puerta, que me hizo sobrellevar la tortura de saber que en contados años o tal vez meses, entregaría mi cuerpo a la madre tierra y mi alma al gran espíritu universal que según el cerebro conservado de Stephen Hawking, habita en el mega universo que nos envuelve, el cual filtra a través del Big Bang la energía sutil que después se transforma en las partículas de nuestro mundo y dan origen a las galaxias y planetas que conocemos.
            Pero ocurrió algo inesperado pero previsible. Un día, que resultó ser el día menos pensado, Juan Cruz, aficionado a la velocidad, murió estrellado contra un árbol de una de las avenidas circulares exteriores. Su moto tropezó con un pequeño obstáculo de la vía y él salió disparado en dirección al tronco grueso de la ceiba que se encontraba al fondo de la curva. Eso dijeron los periodistas que tuvieron acceso al filme grabado por una de las cámaras de velocidad del sector. 
            Afirman quienes los vieron —yo no me atreví a hacerlo—, que su cabeza quedó destrozada y que en cambio su cuerpo quedó intacto sin rasguño alguno, tirado contra el piso con los brazos y piernas abiertos.    
            Aquí debo contarles que los urólogos del Hospital Oncológico me habían dicho que existía la probabilidad de prolongar mi vida y de acabar con el cáncer si encontraba quien me donara un cuerpo sano, proceso éste que tenía el visto bueno de la ciencia y de las autoridades pero que enfrentaba la resistencia de los familiares de donante y donatario. Y por eso exclamé: ¡Eureka! al saber que el cuerpo de mi amigo había quedado sano, porque era un cuerpo de apenas cuarenta años y el mejor conservado del barrio no solo por obra y gracia del trabajo de Juan como mecánico automotriz sino porque era un aficionado a la gimnasia y a las pesas.
            Como lo deben suponer, antes de que lo pudiesen cremar, puse en conocimiento de sus deudos mi aspiración de contar con ese cuerpo por el resto de mis días para así sacar el cáncer de mi pensamiento y de mi vida, y vivir más años dedicados a mi hogar y mi trabajo y ver progresar a mis hijos y crecer a mis nietos. A Sara –la viuda- no le pareció descabellada la idea. “Si se lo hubieras propuesto en vida con seguridad lo habría aceptado, enamorado como estaba de su físico”, me dijo. “Además, lo que menos le servía era la cabeza, tan loco como era”, agregó. Pero a mi esposa no le gustó tanto. “Oye ¿no has pensado que si eso ocurre yo tendría que acostarme en adelante con tu cara y tu cerebro pero con el resto de Juan? ¿ Que Sara podría alegar derecho de uso sobre el órgano de su marido muerto?” ¿Y que sus hijos querrán verte todos los días en el gimnasio para sentir que tienen todavía a su padre vivo?
            —¡Mierda!... la verdad no había pensado en todo eso... pero es el precio que hay que pagar por la vida —le respondí.
            Y así fue. Se hizo el trasplante del cuerpo de mi amigo a mi cabeza o de mi cabeza al cuerpo del amigo —como quieran— (cirugía complicada pero que fue bien realizada por los cirujanos con la nueva tecnología quirúrgica y la utilización del polietilenglicol (PEG) para pegar las dos secciones de la médula espinal, que era lo más difícil) y se procedió a la cremación de mi cuerpo invadido por el cáncer y de la cabeza muerta de Juan. Una ceremonia que presentó el dilema de definir dos cosas: Primero: si Juan moría no obstante quedar vivo su cuerpo o si el muerto era yo por haber sido cremado el mío. Lo que se resolvió de manera obvia al dejar constancia de que una parte de los dos moría y que la otra parte quedaba con vida pero que para efectos de la ley el fallecido era Juan Cruz porque ya no podía pensar más y yo sí. Y segundo: definir ¿qué primaba, si la identidad de las huellas dactilares supérstites, que seguían siendo las de Juan, o el pensamiento del nuevo ser que continuaba siendo el mío? Asunto que también se resolvió con el cambio de huellas en mis documentos, previa constancia de la cirugía de trasplante y demás pruebas conducentes aportadas por el Hospital y por nuestras familias.
            Pero el conflicto ideológico mayor fue el teológico. Si el alma está unida al cuerpo en vida y sale de éste con la muerte ¿Cuál alma salió y cuál se quedó en el nuevo ser? ¿Salió solo una parte del alma de Juan —la de la cabeza— y la otra se quedó en su cuerpo ahora mío, y también, en mi caso, salió una parte de mi alma al cremar mi cuerpo y la otra quedó en mi cabeza? ¿O lo que es lo mismo,  coexistían en mi nuevo ser dos almas diferentes? El debate se abrió y en él, durante varios días, participaron por las redes sociales los más eminentes teólogos del mundo, algunos partidarios de la tesis del alma múltiple según cada parte del cuerpo humano, que fue considerada una burda tergiversación de la tesis aristotélica; y los otros, radicales defensores de la unidad del alma humana, quienes afirmaban que el alma reside en algún lugar de la corteza del cerebro aún no descubierto y que su origen se remonta a los cromosomas que nuestros antepasados del cielo dejaron sembrados en nuestra memoria genética. “El alma que te acompaña es la tuya, la de Juan se fue con su cabeza”, me decía mi mujer para quitarme esa duda de mi pensamiento.
            Para no alargarles el relato les cuento que esta gran discusión solo fue cancelada cuando el nonagenario Papa Francisco, haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, apareció ante miles de fieles congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano, y ante el asombro de ortodoxos y cristianos y en especial de los llamados obispos masones, caracterizados defensores de las viejas tradiciones amenazadas, exclamó: “¡El alma no existe!” y le explicó a los azorados y atónitos espectadores de todo el mundo, las razones teológicas, filosóficas y científicas de semejante afirmación.
            Pero, la verdad, nada de lo anterior fue problema. Como no lo fue el posible rechazo biológico de mi nuevo cuerpo a mi cabeza o viceversa, los cuales se entendieron muy bien desde el principio. Los problemas vinieron después, como paso a relatarles, y espero que no se escandalicen con las situaciones que les voy a narrar. Antes, no está demás decirles que estaba orgulloso de mi nuevo cuerpo. En comparación con el famélico que fue consumido por el cáncer y por el fuego, ahora podía presumir de tener unos bíceps de miedo, unos hombros como los del titán Atlas, un abdomen musculoso y plano y unas manos que parecían de piedra, capaces de tumbar con un solo golpe al más pintado de los bravucones de la comuna. A mis hijos también les gustaba verme haciendo cincuenta lagartijas, levantando ochenta kilogramos de peso y trotando cinco kilómetros todas las mañanas. “¡Estás hecho un toro!, papi”, me decía mi hija.
            Pero a mi esposa no le hizo mucha gracia sentir que no era mi viejo físico de setenta kilogramos sino otro de cien el que se subía sobre ella con la, desde luego, loable intención de cumplir con eso que los juristas llaman “el débito conyugal”. Y sentir que, como decían los antiguos narradores de las fantasías orientales, no eran catorce sino veinte centímetros de mi anatomía los que entraban en su integridad desnuda. “Siento que estoy haciendo el amor con una aplanadora” me dijo una vez. Y no dejaba de quejarse por el maltrato que padecía en cada uno de nuestros encuentros íntimos y de pedirme que fuéramos a un consejero matrimonial para ventilar el asunto.
            En honor a la verdad, a Sara tampoco le hacía mucha gracia saber que el cuerpo que ella tanto disfrutó en la cama estaba ahora en la casa de enfrente y al servicio de otra mujer que no parecía tener la resistencia suficiente para gozarlo a plenitud. Y en más de una ocasión, siempre en reuniones sociales, aprovechaba el momento del saludo para acariciar el pecho y los brazos que antes fueron suyos y hasta juntar su pelvis a alguna de mis piernas en una actitud abiertamente provocadora que no pasó desapercibida, sobre todo en mi mujer, quien me celaba con ella y por esa razón no le quitaba los ojos de encima.
            Al principio no le di mayor importancia al asunto porque pensaba que era yo —mi cabeza, mi pensamiento— y no el cuerpo de Juan, quien tenía la sartén por el mango. Sara no dejaba de espiarme por la ventana cuando salía en pantaloneta a hacer mis ejercicios sobre el césped de la entrada y a caminar por el hermoso bulevar circundante. Y en más de una ocasión salió con su trusa bien ceñida al cuerpo para acompañarme pero en verdad para que le viera sus atractivos resaltados por la prenda. No les miento si les digo que, aparte de contemplarle sus admirables senos y su excitante trasero, lo que siempre hacía cuando tenía mi anterior cuerpo, no sentí en esos momentos nada distinto, acostumbrado como estaba a ver cuerpos de mujeres hermosas en el lago con olas del campo nudista. 
            Empecé a sentir que las cosas no iban a seguir igual. Un par de años después. La noche del baile de grado de una de las hijas del difunto Juan, Sara me sacó a bailar un bolero interpretado por la centenaria Orquesta Aragón y apretó su cuerpo sobre el mío como seguramente lo hacía siempre que bailaba con su marido cuya memoria por fortuna descansa en paz. Y yo, vale decir el cuerpo de Juan, identificó el roce, el olor, el ritmo, las vibraciones del cuerpo de Sara, que conocía muy bien, y el miembro de Juan empezó a responder al llamado de la querencia y a pedir pista, y mi esposa, presa de la ira, se levantó de su silla y salió con dirección a nosotros para pedirme que bailara con ella y dejáramos el espectáculo erótico y penoso que estábamos exhibiendo. Pero antes de que eso ocurriera, Sara alcanzó a decirme: “Te espero  mañana domingo en la noche en mi casa…mis hijos se van para una excursión y quedo sola”. Y se retiró sonriente y sin protestar mientras mi mujer se aferraba a mi cuerpo como tabla de salvación y yo sentía que no era ella la que bailaba conmigo sino la gitana de Cien años de soledad que José Arcadio poseyó en una carpa, porque en ese instante del baile sus huesos empezaron a sonar como “el crujido desordenado de un fichero de dominó”.
            Aunque lo pensé mucho, la verdad sea dicha, no pude resistir esa invitación de Sara. Algo más allá de mi mente me decía que debía ir,  y al día siguiente como a las 8 de la noche, no sin antes echar mano de toda la astucia posible para despistar a mi esposa, me fui en autobús para el centro recreacional pero con la intención de regresar a la casa de Sara por otra de las rutas circulares. “Voy a jugar bolos con mis amigos”, creo que le dije.
            Para no alargarles la historia les cuento que en la vieja alcoba en la que durmió mi cuerpo por muchos años, estuve dos horas dedicado al disfrute mixto más antiguo del mundo y con la mujer mejor dotada de encantos de todo el vecindario. Y que mi mente disfrutó el cuerpo de esa mujer como nunca antes había disfrutado cuerpo de mujer alguna.
            Finalizada la faena, que alcanzó hasta el segundo orgasmo, le dije a Sara que me marchaba y ella simplemente me respondió pero dirigiéndose al tronco y a mis extremidades: “No has cambiado nada, parece que fue ayer la última vez que nos acostamos pero con tu cabeza anterior”, frase que acompañó con una caricia de mi bajo vientre. Luego de contemplar esa escena -que seguí con una sonrisa- me despedí con un beso que mi boca —para serle sincero— no sintió tan placentero como el resto de mi cuerpo sintió de placentero el de ella.
            Eran como las diez y veinte cuando salí de la casa de Sara por la puerta del patio, di un rodeo y llegué a la mía como si viniera de la esquina de la parada transversal de los buses.
            Al entrar encontré a mi esposa sentada en la antesala, esperándome, pero no con un bate ni con una pistola sino con una maleta al parecer llena de ropa. Y con cara de pocos amigos.
            —Ya sé de dónde vienes y mejor te regresas con tu ropa al mismo lugar- me dijo con la voz distorsionada por el resentimiento.
            Al principio intenté negarlo —lo que hacen todos los maridos infieles— pero mi esposa había constatado que no estaba con mis amigos ni jugando bolos sino en la casa de enfrente con Sara, jugando a otra cosa, todo lo cual me lo explicó con el lujo de detalles de un investigador privado. Y opté por justificarme.
            —Mi amor, debes entender que este cuerpo que yo tengo ahora lo disfrutó ella durante sus muchos años de matrimonio y que ambos cuerpos recuerdan lo bien que pasaron juntos. Como tú lo dijiste acertadamente, Sara está reclamando el derecho al uso de su viejo pene. Mi cabeza nada tiene que ver…
            —¿Ah sí? ¿Y no dicen que el cerebro lo maneja todo?
            —Pues sí, mi amor, pero pasa que en este caso, por obra y gracia de esa memoria que tienen los órganos y tejidos del ser vivo, mi cuerpo no me obedece y está empecinado en volver a transitar por los caminos y honduras del cuerpo de Sara. ¿Qué quieres que haga?
            —Mírate en el espejo —replicó Sara, mientras comenzaba a llorar y me miraba como si contemplara a otra persona.
            Me giré y observé mi rostro en el espejo de la sala.
            Vi claramente la amplia sonrisa y su mirada de picardía.
            Era Juan, sin duda.
            Era un típico gesto de Juan, reproducido por mis labios y por mis ojos.