jueves, 30 de marzo de 2017



TRASPLANTE DE CABEZA
Antonio Mora Vélez

Mi nombre es Carlos Lince y soy un ciudadano común y corriente de este país. Trabajo en un colegio de secundaria como docente de mandarín, idioma que aprendí de niño en Shanghái durante los años que estuvo mi padre en esa ciudad haciendo parte del cuerpo diplomático de Colombia en la República Oriental China. Vivo en una ciudad intermedia de clima templado y bastantes parques y avenidas arborizadas, fiel copia de las recientemente construidas en los Estados Unidos del Este para descongestionar las antiguas metrópolis. Estoy casado con una mujer menudita de cabellos rubios que me ha parido tres hijos: una hembrita y dos varones que ya están en la universidad. Resido en un barrio de forma circular que tiene como eje un gran centro comercial en donde se encuentran todas las oficinas, tiendas y servicios. Voy a mi lugar de trabajo todos los días en mi automóvil marca Lada.
            En mi misma calle reside mi amigo Juan Cruz, también casado y con hijos pero mecánico de profesión; Juan —a diferencia mía— va todos los días a su taller en una motocicleta de alto cilindraje con la que despierta a todo el mundo por las mañanas con su ruido. Su esposa no es rubia sino morena y tiene el mejor cuerpo de la vecindad; trabaja como cajera en una tienda de víveres. La misma que mi señora y yo visitamos casi todos los días para comprar jamón de pavo, lonjas de queso dietético y un pan francés con ajo, para la cena.
            La historia de este cuento comenzó cuando supe que tenía un cáncer de riñón con varias metástasis y que ya nada se podía hacer distinto de prolongarme la vida unos años más. “Que sean cinco, doctor —le dije al urólogo—, para poner en orden todos mis asuntos de familia”. Y así me propuse hacerlo con la ayuda y comprensión de mi esposa. Primero redacté el testamento de los bienes muebles y de los bonos y acciones, y traspasé la propiedad de los inmuebles, que no eran muchos, a mis hijos. Después me dediqué a hacer lo que antes había aplazado por mis ocupaciones o mis achaques de salud, como por ejemplo: comer todo lo que me había sido prohibido por los médicos, ir al teatro de conciertos con la familia, jugar ajedrez con los dos varones, ir al campo nudista con mi esposa y visitar a los amigos, en especial a Juan, a quien poco visitaba aunque lo saludaba todos los días cuando salíamos para el trabajo y lo veía salir disparado como alma que lleva el diablo con su Yamaha de alta potencia.
            —Un día de estos te vas a matar con esa moto —le gritaba a ratos para censurarle su velocidad por las calles.
            No sobra decirles que surgió entonces entre ellos, los Cruz, y nosotros, los Lince, una comunicación permanente de calle de por medio y una gran ayuda de puerta a puerta, que me hizo sobrellevar la tortura de saber que en contados años o tal vez meses, entregaría mi cuerpo a la madre tierra y mi alma al gran espíritu universal que según el cerebro conservado de Stephen Hawking, habita en el mega universo que nos envuelve, el cual filtra a través del Big Bang la energía sutil que después se transforma en las partículas de nuestro mundo y dan origen a las galaxias y planetas que conocemos.
            Pero ocurrió algo inesperado pero previsible. Un día, que resultó ser el día menos pensado, Juan Cruz, aficionado a la velocidad, murió estrellado contra un árbol de una de las avenidas circulares exteriores. Su moto tropezó con un pequeño obstáculo de la vía y él salió disparado en dirección al tronco grueso de la ceiba que se encontraba al fondo de la curva. Eso dijeron los periodistas que tuvieron acceso al filme grabado por una de las cámaras de velocidad del sector. 
            Afirman quienes los vieron —yo no me atreví a hacerlo—, que su cabeza quedó destrozada y que en cambio su cuerpo quedó intacto sin rasguño alguno, tirado contra el piso con los brazos y piernas abiertos.    
            Aquí debo contarles que los urólogos del Hospital Oncológico me habían dicho que existía la probabilidad de prolongar mi vida y de acabar con el cáncer si encontraba quien me donara un cuerpo sano, proceso éste que tenía el visto bueno de la ciencia y de las autoridades pero que enfrentaba la resistencia de los familiares de donante y donatario. Y por eso exclamé: ¡Eureka! al saber que el cuerpo de mi amigo había quedado sano, porque era un cuerpo de apenas cuarenta años y el mejor conservado del barrio no solo por obra y gracia del trabajo de Juan como mecánico automotriz sino porque era un aficionado a la gimnasia y a las pesas.
            Como lo deben suponer, antes de que lo pudiesen cremar, puse en conocimiento de sus deudos mi aspiración de contar con ese cuerpo por el resto de mis días para así sacar el cáncer de mi pensamiento y de mi vida, y vivir más años dedicados a mi hogar y mi trabajo y ver progresar a mis hijos y crecer a mis nietos. A Sara –la viuda- no le pareció descabellada la idea. “Si se lo hubieras propuesto en vida con seguridad lo habría aceptado, enamorado como estaba de su físico”, me dijo. “Además, lo que menos le servía era la cabeza, tan loco como era”, agregó. Pero a mi esposa no le gustó tanto. “Oye ¿no has pensado que si eso ocurre yo tendría que acostarme en adelante con tu cara y tu cerebro pero con el resto de Juan? ¿ Que Sara podría alegar derecho de uso sobre el órgano de su marido muerto?” ¿Y que sus hijos querrán verte todos los días en el gimnasio para sentir que tienen todavía a su padre vivo?
            —¡Mierda!... la verdad no había pensado en todo eso... pero es el precio que hay que pagar por la vida —le respondí.
            Y así fue. Se hizo el trasplante del cuerpo de mi amigo a mi cabeza o de mi cabeza al cuerpo del amigo —como quieran— (cirugía complicada pero que fue bien realizada por los cirujanos con la nueva tecnología quirúrgica y la utilización del polietilenglicol (PEG) para pegar las dos secciones de la médula espinal, que era lo más difícil) y se procedió a la cremación de mi cuerpo invadido por el cáncer y de la cabeza muerta de Juan. Una ceremonia que presentó el dilema de definir dos cosas: Primero: si Juan moría no obstante quedar vivo su cuerpo o si el muerto era yo por haber sido cremado el mío. Lo que se resolvió de manera obvia al dejar constancia de que una parte de los dos moría y que la otra parte quedaba con vida pero que para efectos de la ley el fallecido era Juan Cruz porque ya no podía pensar más y yo sí. Y segundo: definir ¿qué primaba, si la identidad de las huellas dactilares supérstites, que seguían siendo las de Juan, o el pensamiento del nuevo ser que continuaba siendo el mío? Asunto que también se resolvió con el cambio de huellas en mis documentos, previa constancia de la cirugía de trasplante y demás pruebas conducentes aportadas por el Hospital y por nuestras familias.
            Pero el conflicto ideológico mayor fue el teológico. Si el alma está unida al cuerpo en vida y sale de éste con la muerte ¿Cuál alma salió y cuál se quedó en el nuevo ser? ¿Salió solo una parte del alma de Juan —la de la cabeza— y la otra se quedó en su cuerpo ahora mío, y también, en mi caso, salió una parte de mi alma al cremar mi cuerpo y la otra quedó en mi cabeza? ¿O lo que es lo mismo,  coexistían en mi nuevo ser dos almas diferentes? El debate se abrió y en él, durante varios días, participaron por las redes sociales los más eminentes teólogos del mundo, algunos partidarios de la tesis del alma múltiple según cada parte del cuerpo humano, que fue considerada una burda tergiversación de la tesis aristotélica; y los otros, radicales defensores de la unidad del alma humana, quienes afirmaban que el alma reside en algún lugar de la corteza del cerebro aún no descubierto y que su origen se remonta a los cromosomas que nuestros antepasados del cielo dejaron sembrados en nuestra memoria genética. “El alma que te acompaña es la tuya, la de Juan se fue con su cabeza”, me decía mi mujer para quitarme esa duda de mi pensamiento.
            Para no alargarles el relato les cuento que esta gran discusión solo fue cancelada cuando el nonagenario Papa Francisco, haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, apareció ante miles de fieles congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano, y ante el asombro de ortodoxos y cristianos y en especial de los llamados obispos masones, caracterizados defensores de las viejas tradiciones amenazadas, exclamó: “¡El alma no existe!” y le explicó a los azorados y atónitos espectadores de todo el mundo, las razones teológicas, filosóficas y científicas de semejante afirmación.
            Pero, la verdad, nada de lo anterior fue problema. Como no lo fue el posible rechazo biológico de mi nuevo cuerpo a mi cabeza o viceversa, los cuales se entendieron muy bien desde el principio. Los problemas vinieron después, como paso a relatarles, y espero que no se escandalicen con las situaciones que les voy a narrar. Antes, no está demás decirles que estaba orgulloso de mi nuevo cuerpo. En comparación con el famélico que fue consumido por el cáncer y por el fuego, ahora podía presumir de tener unos bíceps de miedo, unos hombros como los del titán Atlas, un abdomen musculoso y plano y unas manos que parecían de piedra, capaces de tumbar con un solo golpe al más pintado de los bravucones de la comuna. A mis hijos también les gustaba verme haciendo cincuenta lagartijas, levantando ochenta kilogramos de peso y trotando cinco kilómetros todas las mañanas. “¡Estás hecho un toro!, papi”, me decía mi hija.
            Pero a mi esposa no le hizo mucha gracia sentir que no era mi viejo físico de setenta kilogramos sino otro de cien el que se subía sobre ella con la, desde luego, loable intención de cumplir con eso que los juristas llaman “el débito conyugal”. Y sentir que, como decían los antiguos narradores de las fantasías orientales, no eran catorce sino veinte centímetros de mi anatomía los que entraban en su integridad desnuda. “Siento que estoy haciendo el amor con una aplanadora” me dijo una vez. Y no dejaba de quejarse por el maltrato que padecía en cada uno de nuestros encuentros íntimos y de pedirme que fuéramos a un consejero matrimonial para ventilar el asunto.
            En honor a la verdad, a Sara tampoco le hacía mucha gracia saber que el cuerpo que ella tanto disfrutó en la cama estaba ahora en la casa de enfrente y al servicio de otra mujer que no parecía tener la resistencia suficiente para gozarlo a plenitud. Y en más de una ocasión, siempre en reuniones sociales, aprovechaba el momento del saludo para acariciar el pecho y los brazos que antes fueron suyos y hasta juntar su pelvis a alguna de mis piernas en una actitud abiertamente provocadora que no pasó desapercibida, sobre todo en mi mujer, quien me celaba con ella y por esa razón no le quitaba los ojos de encima.
            Al principio no le di mayor importancia al asunto porque pensaba que era yo —mi cabeza, mi pensamiento— y no el cuerpo de Juan, quien tenía la sartén por el mango. Sara no dejaba de espiarme por la ventana cuando salía en pantaloneta a hacer mis ejercicios sobre el césped de la entrada y a caminar por el hermoso bulevar circundante. Y en más de una ocasión salió con su trusa bien ceñida al cuerpo para acompañarme pero en verdad para que le viera sus atractivos resaltados por la prenda. No les miento si les digo que, aparte de contemplarle sus admirables senos y su excitante trasero, lo que siempre hacía cuando tenía mi anterior cuerpo, no sentí en esos momentos nada distinto, acostumbrado como estaba a ver cuerpos de mujeres hermosas en el lago con olas del campo nudista. 
            Empecé a sentir que las cosas no iban a seguir igual. Un par de años después. La noche del baile de grado de una de las hijas del difunto Juan, Sara me sacó a bailar un bolero interpretado por la centenaria Orquesta Aragón y apretó su cuerpo sobre el mío como seguramente lo hacía siempre que bailaba con su marido cuya memoria por fortuna descansa en paz. Y yo, vale decir el cuerpo de Juan, identificó el roce, el olor, el ritmo, las vibraciones del cuerpo de Sara, que conocía muy bien, y el miembro de Juan empezó a responder al llamado de la querencia y a pedir pista, y mi esposa, presa de la ira, se levantó de su silla y salió con dirección a nosotros para pedirme que bailara con ella y dejáramos el espectáculo erótico y penoso que estábamos exhibiendo. Pero antes de que eso ocurriera, Sara alcanzó a decirme: “Te espero  mañana domingo en la noche en mi casa…mis hijos se van para una excursión y quedo sola”. Y se retiró sonriente y sin protestar mientras mi mujer se aferraba a mi cuerpo como tabla de salvación y yo sentía que no era ella la que bailaba conmigo sino la gitana de Cien años de soledad que José Arcadio poseyó en una carpa, porque en ese instante del baile sus huesos empezaron a sonar como “el crujido desordenado de un fichero de dominó”.
            Aunque lo pensé mucho, la verdad sea dicha, no pude resistir esa invitación de Sara. Algo más allá de mi mente me decía que debía ir,  y al día siguiente como a las 8 de la noche, no sin antes echar mano de toda la astucia posible para despistar a mi esposa, me fui en autobús para el centro recreacional pero con la intención de regresar a la casa de Sara por otra de las rutas circulares. “Voy a jugar bolos con mis amigos”, creo que le dije.
            Para no alargarles la historia les cuento que en la vieja alcoba en la que durmió mi cuerpo por muchos años, estuve dos horas dedicado al disfrute mixto más antiguo del mundo y con la mujer mejor dotada de encantos de todo el vecindario. Y que mi mente disfrutó el cuerpo de esa mujer como nunca antes había disfrutado cuerpo de mujer alguna.
            Finalizada la faena, que alcanzó hasta el segundo orgasmo, le dije a Sara que me marchaba y ella simplemente me respondió pero dirigiéndose al tronco y a mis extremidades: “No has cambiado nada, parece que fue ayer la última vez que nos acostamos pero con tu cabeza anterior”, frase que acompañó con una caricia de mi bajo vientre. Luego de contemplar esa escena -que seguí con una sonrisa- me despedí con un beso que mi boca —para serle sincero— no sintió tan placentero como el resto de mi cuerpo sintió de placentero el de ella.
            Eran como las diez y veinte cuando salí de la casa de Sara por la puerta del patio, di un rodeo y llegué a la mía como si viniera de la esquina de la parada transversal de los buses.
            Al entrar encontré a mi esposa sentada en la antesala, esperándome, pero no con un bate ni con una pistola sino con una maleta al parecer llena de ropa. Y con cara de pocos amigos.
            —Ya sé de dónde vienes y mejor te regresas con tu ropa al mismo lugar- me dijo con la voz distorsionada por el resentimiento.
            Al principio intenté negarlo —lo que hacen todos los maridos infieles— pero mi esposa había constatado que no estaba con mis amigos ni jugando bolos sino en la casa de enfrente con Sara, jugando a otra cosa, todo lo cual me lo explicó con el lujo de detalles de un investigador privado. Y opté por justificarme.
            —Mi amor, debes entender que este cuerpo que yo tengo ahora lo disfrutó ella durante sus muchos años de matrimonio y que ambos cuerpos recuerdan lo bien que pasaron juntos. Como tú lo dijiste acertadamente, Sara está reclamando el derecho al uso de su viejo pene. Mi cabeza nada tiene que ver…
            —¿Ah sí? ¿Y no dicen que el cerebro lo maneja todo?
            —Pues sí, mi amor, pero pasa que en este caso, por obra y gracia de esa memoria que tienen los órganos y tejidos del ser vivo, mi cuerpo no me obedece y está empecinado en volver a transitar por los caminos y honduras del cuerpo de Sara. ¿Qué quieres que haga?
            —Mírate en el espejo —replicó Sara, mientras comenzaba a llorar y me miraba como si contemplara a otra persona.
            Me giré y observé mi rostro en el espejo de la sala.
            Vi claramente la amplia sonrisa y su mirada de picardía.
            Era Juan, sin duda.
            Era un típico gesto de Juan, reproducido por mis labios y por mis ojos.


  

viernes, 23 de diciembre de 2016

La dimensión ética en la obra de Antonio Mora Vélez 1

Por Carlos Eduardo de Jesús Sierra Cuartas *       

Cada vez que se aborda la historia de la ciencia ficción en Colombia, suelen destacarse los nombres de dos escritores conspicuos del género: René Rebetez Cortes y Antonio Mora Vélez. Esto no es algo casual si leemos a ambos autores en clave bioética, esto es, si reparamos en la presencia de la dimensión ética en su obra escrita. Así las cosas, aunque no sea tan espectacular lo producido en este género en el seno del mundo hispano si hacemos la comparación con respecto a mundos como el anglosajón, el galo, el tudesco y el eslavo, no hay dudas en cuanto a que lo modesto de la producción hispana en lo que a la ciencia ficción concierne no ha sido óbice para la génesis de aportes en relación con el uso responsable del enorme poder otorgado al ser humano por la tecnociencia, un tema de apremiante actualidad como cabe apreciar, amén de la literatura propia del campo de la bioética y áreas afines, en la reciente carta encíclica del Papa Francisco, esto es, Laudato Si'.
Al pasar revista a los textos de Antonio Mora Vélez, la dimensión ética salta de inmediato a la vista en los títulos de algunos de ellos, como, por ejemplo, en sus ensayos titulados El humanismo de la ciencia ficción, La deshumanización de la función pública, Universidad y formación moral, y Filosofía y democracia. Por lo demás, los títulos de sus relatos de ciencia ficción no siempre sugieren a primera vista un trasfondo bioético, el cual aflora tras una lectura detenida de los mismos, como en sus relatos Glitza, El juicio de los dioses, La duda de un ángel, Diez de plata, Ejercicios fílmicos, y Error de apreciación. En todo caso, no queda duda en cuanto a que la obra de Mora Vélez ha incorporado la indispensable reflexión ética a propósito de los usos responsables de la tecnociencia. En general, los cuentos, ensayos y poemas de él han merecido la publicación en diversas revistas de América y Europa. Quizás el mejor punto de partida para adentrarnos en esta dimensión de la obra de Mora Vélez su ensayo El humanismo de la ciencia ficción, el cual aborda una característica que han destacado así mismo otros de sus cultivadores en diversos países a lo largo del tiempo. En tal ensayo, síntesis de una conferencia dada por el autor en la Hemeroteca de la sede Bogotá de la Universidad Nacional de Colombia, Antonio Mora Vélez, filósofo de formación, comienza por señalar la unidad que tenemos con el universo, que somos uno con la naturaleza, una verdad harto conocida desde la Antigüedad, pero que, por desgracia, el hombre actual ha olvidado. En la actualidad, como apunta Mora Vélez, las ciencias han aportado un conjunto de datos que respaldan este aserto. Así las cosas, tan nefasto olvido ha conducido a nuestra civilización a destruir la naturaleza. En otras palabras, se ha perdido el sentido del religare. En este punto, Mora Vélez concluye que la ciencia ficción debe retomar este principio filosófico con el fin de defender a natura. La segunda parte de esta conferencia de Mora Vélez tiene un título demasiado preciso como para pasarlo por alto: La ciencia destructora. En efecto, citando a Freeman Dyson, señala que, a menos que el progreso de la ciencia esté acompañado por el de la ética, desemboca de manera ineluctable en una enorme confusión y miseria para la humanidad. Además, le enrostra a las ciencias mal llamadas puras que están alejadas de los problemas cotidianos dado su enclaustramiento en campos esotéricos como los que más. De esta suerte, las ciencias, dado su uso irresponsable, han acarreado una destrucción considerable de la naturaleza y la vida. En este escenario, la ética ha quedado como uno de los temas fundamentales de la ciencia ficción, máxime por ocuparse ésta del futuro. Esto significa que el género ha ampliado el papel de la imaginación y reorientado su norte hacia el humanismo. En palabras de Mora Vélez, plasmadas en su ensayo El mar en la ciencia ficción: "La ciencia ficción es un género de literatura que se ocupa de mostrarle al hombre perspectivas, siniestras o paradisíacas, y de criticar con su imaginario las tendencias nocivas que degradan al hombre y colocan a la humanidad en la línea del desastre". En lo que a sus cuentos atañe, comencemos por resaltar la dimensión ética del relato que lleva por título Diez de plata, cuyo motivo principal es la segregación social entre ricos y pobres según podemos apreciar en estas palabras, casi al inicio: "Los ciudadanos de oro no usaban monedas de plata y los ciudadanos de plata no tenían con qué pagar el cambio de las monedas de oro". Todo transcurre en un mundo en el cual escasea el oxígeno en general, por lo que, para respirar, es menester proveerse del mismo a cambio de una tarifa. Así, el protagonista del relato fallece ante la imposibilidad de inhalar el precioso gas al no contar con las monedas necesarias. Por su parte, Error de apreciación trata de la llegada de una misión alienígena a la Tierra, cuya nave se posó sobre un paraje del gran desierto norteamericano. A corta distancia, estaba un viejo indio que fumaba y contaba las estrellas. Al llegar hasta donde él estaba, los astronautas extraterrestres le preguntaron al indio si había otros como él en la Tierra, a lo cual respondió que todos estaban muertos y, luego, añadió: "Todos murieron de soberbia. Quisieron llegar más lejos de sus límites y lo destruyeron todo y se destruyeron ellos mismos". He aquí unas palabras que, en forma lapidaria, expresan el destino de las civilizaciones que usan la tecnociencia en forma irresponsable. Si hay un cuento conocido de nuestro escritor, es Glitza, quizás muy optimista al plantear una sociedad en la que priman la hermandad y la solidaridad, una repetición en un nivel superior del lema de los mosqueteros: "Todos para uno y uno para todos". En lo tecnocientífico, Glitza brinda una concepción del buen uso de la ingeniería genética, usada por su protagonista femenina, que le da el nombre al cuento, para cumplirle a su amado, Vernon, una promesa de matrimonio, pese a que él se dispone a viajar a un mundo extrasolar a varios años luz de distancia, de manera que, al volver él a la Tierra, Glitza ha fallecido hace mucho tiempo. Pero, quien aguarda a Vernon en el cosmódromo es una descendiente de Glitza justo igual a ella. Y le dice a él: "Todo es obra del amor, del más grande y universal de los sentimientos de la evolución cósmica. Gracias a él pudo la Glitza que usted amó revolucionar la ciencia de los genes con un solo propósito: cumplirle una promesa". En El juicio de los dioses, tenemos de nuevo el motivo principal del uso irresponsable de la tecnociencia. En tal relato, los dioses del Olimpo, que no son otra cosa que miembros de una expedición alienígena venida a la Tierra, poseen conocimientos tecnocientíficos sumamente avanzados. Botón de muestra, Apolo es el experto en energía atómica; Poseidón, en la estación submarina del Caspio; Demeter, en injertología. Y así por el estilo. En fin, el quid del relato estriba en las infidencias de Atenea con Prometeo, lo cual le ha permitido a éste la adquisición de conocimientos tecnocientíficos de avanzada, gracias a los cuales ha construido un robot bastante sofisticado. A raíz de esto, Zeus decide enjuiciar a Atenea dada la violación del respectivo estatuto de seguridad. En suma, la discusión durante el juicio gira en torno a si se puede o no confiar en los mortales en materia de transferencia de conocimiento tecnocientífico. Atenea resume la situación como sigue: "¿Es malo esto? ¿Es malo que un mortal logre aprender nuestra ciencia y se coloque a nuestra altura intelectual? (…) ¡Yo no creo que eso sea malo! ¡Hemos venido aquí a enseñar, a hacer progresar esta raza, no a dominarla, a conquistarla como cualquier vulgar atrida!". A esto, Zeus responde que, si bien no han venido a conquistar, tampoco deben darles herramientas de conquista a otros. Del mismo modo, Zeus está preocupado por las consecuencias del cruce racial entre dioses y terrestres dadas las consecuencias para el desarrollo histórico de la Tierra. Otro relato sugerente de Antonio Mora Vélez es Yusty, que trata de un ser extraordinario con apariencia de lémur, dotado con una inteligencia fuera de serie y que gusta vivir en paz con la naturaleza. La acción correspondiente transcurre en el lejano futuro, caracterizado por una civilización dominada por la cibernética. Casi al final del relato, en medio de un brindis, Yusty les dice lo siguiente a los humanos presentes: "Hoy, no va a ser una catástrofe sideral ni un accidente en el manejo de la energía, como en los casos anteriores. El fin de la humanidad vendrá como consecuencia de la automatización que convierte al hombre en un animal peor que los gigantes mitológicos que devoraban a sus propios hijos". Esta afirmación de Yusty dejó pensativos a los circunstantes, quienes no pudieron evitar la recordación de los años de la dependencia biológica y la reflexión acerca del porvenir de los modernos chips neuronales, máxime que los humanos del relato, dada la preponderancia del homo cibernético, son, en realidad, androides, cyborgs. Como vemos, este cuento trae un motivo principal de palpitante actualidad dado el entusiasmo desbordante e irreflexivo en relación con la biotecnología y la nanotecnología. Por supuesto, hay más relatos salidos de la pluma galana de Antonio Mora Vélez que abordan la problemática inherente a los malos usos de la tecnociencia y sus consecuencias. Por mencionar unos cuantos más en este sentido, señalemos Ejercicios fílmicos, Los ejecutores y La duda de un ángel, junto con otro de sus ensayos: Universidad y formación moral. En todo caso, duda no cabe en cuanto a que la obra literaria de Antonio Mora Vélez se ha ocupado de la reflexión acerca de las consecuencias derivadas del uso irresponsable del enorme poder dado al ser humano por la moderna tecnociencia, lo cual connota una reflexión-­acción que no puede faltar en el mundo hispano por nada del mundo, sobre todo cuando éste no ha incorporado a lo largo de su historia la cosmovisión inherente a la ciencia en tanto cultura, esto es, que debe preocuparnos un mundo hispano que todavía insiste en relacionarse con la tecnociencia en calidad de colectivos de consumidores, cuestión harto más cuestionable cuando, en sentido estricto, la tecnología tiene que ver con la reflexión moral y filosófica en torno a la técnica.

*Profesor Asociado, Universidad Nacional de Colombia Ex Miembro del Comité de Ética de la Investigación, Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín.
       (1)“La dimensión ética en la obra de Antonio Mora Vélez.” In:Bioética & Debat: Tribuna abierta del Institut Borja de Bioética, Universitat Ramon Llull. (Febrero 2016). (Spain).

FUENTES:
2016­12­21 bioetica & debat http://www.bioetica­debat.org/modules/news/print.php?storyid=1326 4/4 Fuentes S.S. FRANCISCO. (2015). Laudato Si': "Alabado Seas". Bogotá: Paulinas. MORA VÉLEZ, Antonio. (2004). Filosofía y democracia. Extraído el 19 de septiembre de 2015 desde http://www.rodelu.net/mora/mora096.html. MORA VÉLEZ, Antonio. (2006). El mar en la ciencia ficción. Extraído el 20 de septiembre de 2015 desde http://axxon.com.ar/rev/168/c­168ensayo3.htm. MORA VÉLEZ, Antonio. (2007). El humanismo de la ciencia ficción. Extraído el 19 de septiembre de 2015 desde http://www.rodelu.net/mora/mora096.html. MORA VÉLEZ, Antonio. (2008). Yusty. Extraído el 22 de septiembre de 2015 desde http://axxon.com.ar/rev/191/c­191cuento5.htm. MORA VÉLEZ, Antonio. (2010). Diez de plata. Extraído el 20 de septiembre de 2015 desde http://www.literareafantastica.com.ar/diez.html. MORA VÉLEZ, Antonio. (2010). Error de apreciación. Extraído el 20 de septiembre de 2015 desde http://www.literareafantastica.com.ar/diez.html. SAPARIN, Víctor et al. (1988). Ciencia ficción. Bogotá: Cooperativa Editorial Magisterio. Este artículo proviene de bioetica & debat http://www.bioetica­debat.org La URL para este Artículo es: http://www.bioetica­debat.org/article.php?storyid=1326



miércoles, 23 de marzo de 2016

LO QUE FALTA AL PROCESO DE PAZ.


LO QUE FALTA AL PROCESO DE PAZ

Por Antonio Mora Vélez*



   A diferencia de quienes creen que la paz se va a lograr con la firma de los acuerdos que se negocian en La Habana y de quienes creen que es, además, necesario construir un país con verdadera democracia y justicia social para refrendarla, yo creo que el pacto necesario para alcanzar la paz política inicial es el de cancelar de una vez por todas la estrategia de la “combinación de las formas de lucha” para alcanzar o para mantenerse en el poder.

  

   Esta estrategia de la combinación de las formas de lucha política, es bueno aclararlo, no es colombiana ni ha tenido origen en la historia contemporánea.  Casi se puede afirmar que ha sido utilizada por muchos partidos y gobiernos del mundo –de todas las tendencias y matices y en todas las épocas—para tratar de ganar o para defender el poder. En Colombia –para no ir muy lejos- la pusieron en práctica en el inmediato pasado  los liberales y los conservadores, durante los años aciagos de la violencia partidista. Los liberales apoyando a las guerrillas liberales después del asesinato de Gaitán, de una de las cuales surgió Pedro Antonio Marín, alias Tiro Fijo, el fundador de las FARC. Y los conservadores con su policía “chulavita” y sus llamados “pájaros” del Valle del Cauca. (1)



  

Antecedentes de esta política.



   Son muchos los ejemplos en la historia universal que se pueden contar sobre el tema. En la Edad Media eran frecuentes los asesinatos de los rivales políticos y la búsqueda del reconocimiento al triunfo así conseguido bien en el papado o en el trono imperial. Del rey merovingio francés Clodoveo (481-511) por ejemplo,  se dice que mandó matar a todos los príncipes vecinos que le pudieran disputar el trono –forma armada-, que se convirtió al cristianismo –forma de lucha ideológica-, y que se hizo reconocer rey por el Papa –forma de lucha política-.



   En la Italia del siglo XVI César Borgia se hizo famoso porque no desdeñó ninguna forma de lucha ilegal para alcanzar y mantenerse en el poder. “El engaño, el perjurio, la espada o el veneno eran sus métodos habituales”. De esta época es Maquiavelo, quien lo tomó como modelo para escribir su célebre libro El Príncipe, en el cual sostiene que el gobernante no debe vacilar en los medios –formas de lucha—para alcanzar los fines. En esta obra, que es lectura obligada en las escuelas de formación política de occidente,  se lee: “vencer por la fuerza o por el fraude, hacerse amar o temer de los habitantes, (hacerse) respetar y obedecer por los soldados, matar a los que puedan perjudicarlo, reemplazar con nuevas las leyes antiguas, ser severo y amable, magnánimo y liberal, disolver las milicias infieles, crear nuevas, conservar la amistad de reyes y príncipes de modo que lo favorezcan de buen grado o lo ataquen con recelos…”  conductas que Maquiavelo señala como propias del gobernante de su época (2).



   Unos siglos más tarde, el partido fascista de Mussolini combinaba la demagogia republicana y populista con la represión violenta contra los partidos y sindicatos de izquierda. Al tiempo que adelantaba una actividad legal en las instituciones democrático-burguesas, armaba  grupos de sus militantes para que cometieran asesinatos en contra de sus opositores revolucionarios y de quienes suponía los apoyaban. Una vez obtuvo el apoyo popular con planteamientos tales como la participación de los sindicatos en los beneficios de la empresa, las libertades de opinión, de asociación y de prensa, el respeto a la independencia de los demás pueblos y la organización cooperativa de la producción, no vaciló en renunciar a todos esos propósitos y adoptar los contrarios con tal de calmar a la burguesía y a los terratenientes, quienes se encontraban asustados por la inminencia de la revolución socialista. Una vez en el poder disolvió los sindicatos, las cooperativas, los partidos de izquierda, invadió otros pueblos e instauró una dictadora totalitaria que no permitía otra expresión diferente a la del Duce.



   Esos tres ejemplos nos sirven para afirmar que la combinación de las formas de lucha es una estrategia política usada hace muchos años por la nobleza feudal francesa del siglo VI y la burguesía italiana de los siglos XVI y XX con la misma finalidad de resolver sus conflictos en torno al poder. (3)



La formulación de Lenin.



   Vladimir Ilich Lenin, líder de la revolución socialista en Rusia, formuló una conocida teoría sobre las formas de lucha. Para él tales formas eran parte de la estrategia del partido bolchevique para alcanzar el poder. Dijo el estratega revolucionario ruso que el partido debía utilizar todas las formas de lucha de masas en consonancia con el momento histórico, según la coyuntura política, y que debía estar preparado para pasar de las formas de lucha legales a las ilegales, esto es, de la legalidad a la clandestinidad, cuando la situación política lo determine. No supuso que se pudieran combinar simultáneamente las formas de lucha legales con las ilegales, que un partido pudiera estar en la legalidad y en la clandestinidad al mismo tiempo. (4)



   Los comunistas colombianos, en su XV Congreso partidario, dijeron con la voz de su entonces Secretario General, Gilberto Vieira que “la lucha armada ha surgido en Colombia como respuesta a la política de sangre y fuego institucionalizada contra el pueblo oficialmente desde 1949. La combinación de las diversas formas de lucha la adoptaron las grandes masas populares para enfrentarse a la violencia oligárquica. Nuestro partido sintetizó teóricamente esta experiencia en relación con las peculiaridades de la situación nacional” (5). Y convirtió tal síntesis teórica en un “aporte del partido comunista colombiano al marxismo-leninismo y al movimiento comunista internacional” según expresó el citado dirigente en uno de los congresos realizados en Moscú por esos años. Por tales razones, no obstante la situación creada por el ataque del Ejército Nacional a Marquetalia en 1964 –que marca el inicio de la actual etapa del movimiento guerrillero en Colombia- decidieron continuar en la lucha legal participando en los procesos electorales y haciendo presencia en el sindicalismo y demás movimientos de masas. Esto es, a combinar en el mismo tiempo histórico, las formas legales y armadas de lucha, justificando el derecho de los campesinos de Marquetalia (casi todos militantes comunistas) a convertirse en guerrilleros con el argumento de defender sus vidas pero sin asumir la autoría del proceso como partido para evitar ser ilegalizados. Con el paso de los años y de la lucha, se produciría un distanciamiento entre el PCC y las FARC y éstas se verían obligadas a crear un partido comunista clandestino, el llamado PC3.  



LA OTRA COMBINACIÓN DE LAS FORMAS DE LUCHA.



   Frente a la escalada guerrillera y las varias derrotas militares de los años 90, lo que hacía presagiar la pérdida del poder, los sectores de extrema derecha de las clases dominantes y sus partidos decidieron hacer lo mismo que hizo Mussolini en Italia e hicieron los conservadores con su policía “chulavita” o con “los pájaros” en nuestro pasado; y crearon cuerpos armados con la misión de exterminar a los izquierdistas, a los sindicalistas rebeldes, y a todos los que siguieran parecidas posiciones subversivas en contra del gobierno y del sistema. Surgen las llamadas AUC y el paramilitarismo en general. Es borrado del mapa un partido político, la UP, con influencia comunista, al que le asesinan miles de sus militantes. La clase política es permeada por esta insurgencia armada de extrema-derecha y el narcotráfico termina por permearlas a ambas. Y los partidos tradicionales continúan haciendo elecciones pero en un medio cada vez más contaminado de corrupción, con una guerra que parecía no tener fin. Y el mundo se estremece con los informes que dan cuenta de la mayor represión sangrienta y el mayor desplazamiento de sus tierras a que ha sido sometido un pueblo en aparentes tiempos de normalidad política y de democracia.





EL GRAN LUNAR DE LAS DEMOCRACIAS.

  

   Esa estrategia de combinar la democracia y la represión criminal se origina en una razón de Estado que justifica todos los procedimientos, legales y no legales, para defender el poder. Norberto Bobbio la ha explicado magistral y certeramente: “todo poder –bajo cualquier forma, dice—es instrumento de opresión, de coacción, de dominio ciego y arbitrario (y) es, por definición, obtuso (enemigo de la inteligencia), inhumano (enemigo de la liberación del hombre), y despótico (enemigo de la libertad)” (6). Esa razón de estado en la que creen casi todos los dirigentes del mundo de todas las ideologías, justifica la razón política de apelar a la persecución, al crimen y al fraude cuando la democracia falla o no es suficiente, con tal de ganar o de mantener el poder. Y es el gran lunar de las democracias de todos los colores y tamaños, incluidas las llamadas “democracias populares” en las que –cuando de defender el poder se trataba- entraba en acción la “dictadura del proletariado”. Y explica la doble moral de quienes, como por ejemplo la burguesía venezolana, les exigieron a los revolucionarios dejar las armas y competir en el terreno electoral, cuando  intentaron tomarse el poder por ese medio, pero le organizan hoy golpes de estado, actos terroristas, asonadas, desabastecimiento de mercancías, con el fin de derrocarlos como hicieron sus congéneres con Allende. Y la conducta de quienes en Colombia decidieron que la Unión Patriótica no podía prosperar como movimiento político que surgía de una guerrilla que había decidido abandonar la lucha armada para incorporarse al debate democrático. Y optaron por eliminarla, con lo cual eliminaron de un tajo la posibilidad de un acuerdo de paz que nos hubiera evitado treinta años de guerra sangrienta. Y el aprovechamiento de esos 30 años en programas de desarrollo social en un país que carga la mala fama de tener una de las desigualdades sociales más grandes del planeta.  



EL GRAN INTERROGANTE.



   Después de lo anterior dicho, cabe preguntarnos: ¿puede estar seguro el país de que no se va a repetir con los líderes actuales de las FARC incorporados al debate político lo mismo que le ocurrió a los gaitanistas después del asesinato del caudillo liberal el 9 de abril de 1949, o a los comunistas durante las dictaduras de Ospina, Gómez y Rojas, o a los miles de militantes de la Unión Patriótica? ¿Que se va a respetar, como lo han hecho las burguesías y las fuerzas militares salvadoreñas, ecuatorianas, bolivianas, argentinas, uruguayas y brasileñas, un hipotético gobierno de izquierda? ¿O tan siquiera, senadores, representantes, diputados, concejales, gobernadores y alcaldes elegidos por esa vertiente política? De esta garantía y de que la firma del acuerdo de paz en La Habana concluya con reformas al Estado que hagan posible la convivencia democrática, depende la paz política en nuestro país. Si los llamados “enemigos agazapados de la paz” de que hablara el maestro Otto Morales Benítez insisten en su práctica criminal en contra de los dirigentes sindicales, populares y de izquierda, y se imponen a las corrientes pacifistas y reformistas que se mueven dentro del poder, la paz no va a ser posible por mucho que se firme el acuerdo de La Habana.



LA GRAN DECISIÓN.



   Por todo lo anterior estimo que el gran tema garante de un sostenible acuerdo de paz es la decisión de no volver a utilizar las armas en la lucha política. Si la soberanía reside en el pueblo según nuestra Constitución y estamos en una democracia, es el pueblo con su voto y no las armas, los que deben decidir el futuro del país. Lo cual significa en nuestro caso que deben desaparecer todos los grupos armados al margen de la ley, y no solo  los guerrilleros de las FARC sino los integrantes de las diferentes bandas criminales que aún delinquen en Colombia con la complicidad de algunas instituciones del Estado y de algunos políticos. Y reservar a las FFAA y de Policía el uso exclusivo de las armas pero para la defensa de la soberanía y para preservar el orden público. Y acompañar esa medida con la creación de una democracia más participativa y de un sistema electoral moderno que excluya la influencia degradante de los poderes económicos y de la corrupción. Con un régimen político que le dé plenas garantías a todos los partidos y movimientos, que respete el derecho a la protesta y a la manifestación pública pacíficas de todos los colombianos, que le devuelva al pueblo la gratuidad de los servicios de salud que le arrebató la Ley 100. Con una justicia libre de la influencia tendenciosa de politiqueros, gobernantes corruptos y  empresarios electorales. Y un Congreso sin tacha, con congresistas sin prontuario, para que la democracia liberal y la división tripartita del Poder sean una realidad y no la farsa que soportamos los colombianos.

  

  

   *Abogado, escritor y profesor de filosofía política.



      Obras consultadas:

    

(1)  Nueva Historia de Colombia, Editorial Planeta.

(2)  El Príncipe de Nicolás Maquiavelo,

(3)  Historia Universal de Jacques Pirenne.

(4)  La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo de Vladimir I. Lenin,

(5)  Combinación de todas las formas de lucha, Entrevista a Gilberto Vieira por Martha Harnecker. Ediciones Suramérica.

(6)  La duda y la elección de Norberto Bobbio. Editorial Paidós.



Marzo de 2016.

miércoles, 28 de octubre de 2015



“EN LA ORILLA DEL MAR”



Por ANTONIO MORA VÉLEZ



En el trabajo mío titulado “Su Majestad el Porro”, publicado en el boletín web Cronopios de Colombia, en la revista web La casa de Asterión y en la revista del Festival Nacional de Bandas de Sincelejo (2006) me referí a la confusión existente en torno a la canción “En la orilla del mar”, que José Barros reclamó como suya y que algunos investigadores musicales y la mayor parte de las casas que lo han prensado se la han asignado a un cubano de nombre José Berroa. En respuesta a las inquietudes planteadas por mí en ese artículo, doña Ofelia Pérez de Medellín me dijo que ese era un tema finiquitado por Álvaro Ruiz Hernández, investigador barranquillero, y por los autores de libros sobre el bolero como el mejicano Pablo Dueñas, el colombiano Hernán Restrepo Duque y el cubano Cristóbal Díaz Ayala. Todos le atribuyen a José Berroa la autoría del bolero “En la orilla del mar”. Como quien dice: Magister dixit, lo dijeron los maestros y no hay nada más que hablar.


Pero sucede que todos ellos escriben del tema como si se tratara de un solo bolero en disputa y de allí mi duda sobre la contundencia de los argumentos que descalifican a nuestro compositor banqueño y le asignan la autoría al cubano. He llegado a la conclusión de que los historiadores señalados arriba no se tomaron el trabajo de averiguar por las diferentes grabaciones del bolero y escucharlas. Porque ocurre que no hay un bolero “En (o A) la orilla del mar” sino dos, totalmente distintos, y ambos atribuidos a Berroa. El grabado por Bienvenido Granda con la Sonora Matancera, con el título En la orilla del mar, y que Nelson Pinedo, según Ofelia Pérez, asegura es de Berroa porque vio a este autor en los estudios de grabación en La Habana el día en que se grabó (15 de julio de 1951) y que a la letra dice:


“Luna, ruégale que vuelva y dile que la espero, muy solo y muy triste, a la orilla del mar. Luna, tu que la conoces y sabes que en las noches, muy juntos pasamos a la orilla del mar. Recuerdos muy tristes me quedan al verte en la noche alumbrar. Recuerdo sus labios sensuales y su dulce mirar, mi gran amor. Luna, ruégale que vuelva y dile que la quiero, que solo la espero en la orilla del mar”.


Y otro titulado A la orilla del mar, grabado por Olga Rivero y que también se le atribuye a José Berroa, y que debió haber sido grabado antes de 1950 porque la historia de la Rivero registra que se mudó para Méjico a finales de la década del 40. Y que tiene otra música y otra letra que les transcribo a continuación:


“Aquí, a la orilla del mar, donde cantan las olas, hoy te vuelvo a besar. Aquí, a la orilla del mar escuché tus palabras que no puedo olvidar. Te quiero, me dijiste muy quedo, tus besos, olvidarlos no puedo. Aquí a la orilla del mar, donde cantan las olas hoy te vuelvo a besar.”(1)


Sobre el testimonio de Nelson Pinedo que le sirvió a doña Ofelia para dictar sentencia en favor del cubano Berroa, traigo a colación una comunicación de José Portacio Fontalvo autor de los libros "La música cubana en Colombia y la música colombiana en Cuba" y "Ochenta años de la Sonora Matancera" quien me escribió: “Acabo de leer su especial para el Dominical "En la orilla del mar" .Al respecto me permito manifestarle lo siguiente en lo referente a Ofelia Peláez y el tema del bolero de José Barros disputado a José Berroa de Cuba. Yo conocí el bolero en 1951, año de su grabación y me permití corregirle amablemente a Ofelia Peláez el lapsus de Nelson Pinedo quien afirmó que él junto con José Berroa asistió a la grabación del mencionado tema. Y yo me pregunto: ¿Cómo pudo ser eso posible si Nelson Pinedo en el año 51 ni siquiera había pensado en viajar a Cuba? Escasamente había hecho una primera grabación en Venezuela después de ese año y a principio del 53 se lanzó en sello Vergara un 78RPM que en una cara contenía "Qué es la cosa?" y al respaldo "Cumbia del Caribe" en donde lo acompaña la orquesta de don Américo y sus Caribes, grabación realizada en Bogotá. Después de muchos avatares viaja invitado a La Habana pero esto sucede más o menos a mediados de 1953 y grabará en ese año "El ermitaño", "Momposina", etc. Y dese cuenta, es en 1953. Entonces cómo pudo estar él presente acompañado del presunto autor José Berroa para ver a Bienvenido Granda con la Sonora Matancera grabando en 1951 el mencionado bolero?” (2)


Aparte de lo anterior, investigué por el señor José Berroa y no aparecen sino dos canciones de trascendencia grabadas por él, y en Cuba no se destacó como un gran músico. Es casi un desconocido. De él solo se sabe que nació el año 1925 en La Habana y que fue cantante del conjunto Los hijos de la Sonora en 1954. Los diccionarios musicales de Helio Orovio y de Radamés Giró (3) ni siquiera lo mencionan y se hizo famoso cuando ocurrió que por equivocación le atribuyeron el bolero En la orilla del mar grabado por Bienvenido Granda con la Sonora Matancera. Un bolero, no sobra decirlo, al cual, en su primera grabación ocurrida el 15 de julio de 1951, la casa disquera cubana Seeco le atribuyó la autoría a nuestro compositor José Barros. (4) Y por cuya razón le pagó derechos de autor por un tiempo. Pero que inexplicablemente en las posteriores grabaciones pusieron a José Berroa a figurar como autor.

Pero si José Berroa, antes del éxito del bolero grabado por Bienvenido Granda, era casi un desconocido como compositor en su país, otra trayectoria bien diferente es la que muestra nuestro compositor José Barros Palomino, quien desde los años 40s, graba sus canciones con orquestas y cantantes de renombre y cuya lista sería muy extensa y además conocida, razón por la cual no repito en este recinto.

 Así las cosas. Si José Berroa es el autor de En la orilla del mar y es también el autor de otro bolero con el título de A la orilla del mar, como dicen las disqueras que han prensado ambas grabaciones y como lo paso a demostrar con los CDs en mi poder en donde aparece su nombre. Pregunto: ¿tiene lógica que un autor al cual no se le conocen más de dos o tres composiciones le haya puesto a dos boleros suyos distintos, casi el mismo título? ¿No da pie ese equívoco –además del parecido de los nombres y apellidos-- para pensar que al cubano José Berroa le asignaron por confusión la autoría del bolero que reclama nuestro maestro José Barros, por el antecedente del bolero grabado por Olga Rivero unos años antes que posiblemente generó la confusión? ¿No será que Berroa es el autor del primero, A la orilla del mar, el grabado por Olga Rivero, que tiene una estructura melódica y letra de los boleros añejos de los años 40. ¿Y que José Barros es el autor del grabado por Bienvenido Granda en 1951, varios años después? Yo lo creo así. Y así lo han creído muchas personas.

 Entre ellas estas que dialogaron en un blog de Internet: 

Jairo Fernando Diaz dijo: Siempre ha habido una gran confusión, con el nombre de José Barros [Jose Benito Barros Palomino] nacido en El Banco Magdalena Colombia y el de otro compositor caribeño, el cubano José Berroa. Cabe anotar, que los dos son autores de dos boleros distintos pero con el mismo nombre. A LA ORILLA DEL MAR.
Estimado señor Jairo Fernando Diaz bienvenido a nuestro blog y gracias por su amable participación en el mismo. Nos complace que se nos ratifique que el maestro José Barros (José Benito Barros Palomino) nació en Magdalena, Colombia, y no en Puerto Rico, como equivocadamente lo habíamos asentado en este segmento. Igualmente compartimos con usted el que a este gran compositor se le confunda con el de origen cubano de nombre José Berroa, pero ello se debe precisamente a que compusieron una canción de igual título, “A la orilla del mar”, tal y como usted tan acertadamente lo señala. Gracias nuevamente y reciba nuestras palabras de salutación con la mayor consideración y estima. Atentamente: Oswaldo Páez (5)


Pero he aquí, para finalizar, otra perla que le nace al lío. Supe, pero no tengo los documentos, que José Barros demandó en México la autoría de su bolero y que ganó el pleito, con lo cual José Berroa salió del litigio en torno al bolero grabado por Granda. Pero no sé en que terminó esa demanda, parece como si el bolero hubiera quedado huérfano de dueño después de que Berroa, que estaba en Méjico para esa fecha, aceptó que ese no era su bolero sino el anterior titulado A la orilla del mar y grabado por Olga Rivero. Y lo digo porque, para sorpresa mía, en un último CD titulado Los señores del Bolero, aparece el mejicano Manuel Esperón como autor de En la orilla del mar de José Barros, el bolero grabado por Bienvenido Granda. (6) Quisicosas de las casas de grabación, especialistas en cambiar autorías de canciones caprichosamente.



(1) Álbum Los años maravillosos del bolero cubano, disco 1.


(2) Carta dirigía al autor de estas líneas.


(3) Obras citadas, Ediciones de 1991 y 2007.

 (4) Disco en acetato de 78 RPM.

 (5) Internet, Blog del autor citado.

(6) Álbum Los señores del Bolero, disco Uno. 2012.



 Montería, abril de 2015



Nota: Para mayor información consultar en Internet este link:












domingo, 17 de mayo de 2015


EL ESCRITOR Y LA JINETERA

 

 

   Ese día anterior al del retorno a su país, y luego de hacer las maletas, el veterano escritor se acostó en la cama, sintonizó la radio Reloj y se dedicó a repasar las experiencias de cinco días de reuniones con colegas de la Isla y de otros países hablando de literatura, recordando sus palabras en el panel en el que participó en el Centro Cultural Guillén y sus caminatas por las calles de La Habana, tratando de identificar  las que fueron descritas por Cabrera Infante en su novela La Habana para un infante difunto…  Minutos después cambió de emisora para escuchar música, mirando el techo del segundo piso de la vieja pero cómoda mansión del barrio El Vedado de La Habana en la que se encontraba hospedado y que sus dueños –una economista de nombre Marcela y su esposo, un chef especialista en postres y tortas- habían convertido en casa-hotel para turistas pero sin servicio de alimentación.

   Hacia las doce del meridiano el escritor pensó  en su almuerzo    Decidió entonces salir a buscar un restaurante y de paso respirar el aire marino de las calles habaneras y le pidió a Fernando, un pensionado ex conductor de “guagua”, dueño de un coche negro con muchos años de viaje y quien vivía en un piso vecino, el favor de que lo llevara al paladar de la avenida G que le había recomendado Marcela y que estaba  en el amplio garaje de una de las mansiones de El Vedado que aún conserva la imponencia, la belleza y la sana armazón de sus mejores épocas.

   Fernando, quien ya lo había llevado a bajo costo a varios sitios turísticos de la ciudad, le dijo  que esperara un rato mientras le ajustaba una bujía al motor de su viejo Oldsmobile 58.

   -Creo que queda en una esquina de la Avenida de Los Presidentes pero no recuerdo cuál- le dijo al salir y el conductor dobló por la siguiente calle para regresar por la vía arteria denominada Línea y continuar hacia el amplio y hermoso bulevar que termina en el Malecón, frente al mar, a pocos metros de ese edificio en forma de templo evangélico en donde están las oficinas de la Casa de las Américas.

   -Lo que sí sé es que está a  pocas cuadras del Centro Guillén-agregó el sexagenario escritor.

   Fernando siguió sus instrucciones y cruzó la Avenida de Los presidentes, también llamada G, dobló hacia la calle 11 y comenzó a buscar la esquina en donde el escritor creía quedaba el citado paladar. Pasaron por los cruces de G con 13, con 15, con 17, con 19 (curiosamente las calles se numeran evitando los números pares) y no encontraron el mentado restaurante privado que su hospedera le dijo era de propiedad de uno de los accionistas de una compañía de turismo española.

   -Oye chico, no sigamos dando vueltas y vámonos a una Paladar, muy barata y buenísima- dijo el conductor luego de la infructuosa búsqueda. Dobló entonces por la calle 19 y siguió derecho hacia la zona comercial y hotelera de la ciudad pasando por las esquinas de las calles G hasta la M. Durante el recorrido pudo nuestro escritor contemplar la variada arquitectura habanera y constatar que el tiempo parecía haberse detenido en muchas de esas calles, que sus mansiones y palacetes se veían como partes de un museo en vivo que guardaba los recuerdos de la señorial Habana de los años cincuenta.

   Una vez llegaron al lugar pensado para el almuerzo por Fernando, éste aparcó su “cacharrito” en una amplia bahía de arena y condujo al escritor a la casa de una mujer que ofrecía alimentación a turistas del tercer mundo.

    A esa hora del día, Línea tenía pocos vehículos en circulación y casi ningún transeúnte. La Habana era una ciudad solitaria y nuestro personaje dedujo entonces que la causa era que todo el mundo almorzaba en su lugar de trabajo.

   Al llegar al paladar situado en la parte trasera de una vetusta casona que había perdido parte de la cancela de la entrada, entraron por un corto y angosto corredor cercado con arbustos y encontraron, en lo que parecía ser la antesala de la residencia familiar, a un par de mulatas jóvenes que departían alegremente y escuchaban música por la radio.

      Ya en la antesala, que más bien era un amplio corredor cubierto con el alar del techo, Fernando entró en materia con la dueña.

   -Tía: Aquí le traigo a un socio colombiano para que me lo atienda bien…

   -Recomendado por usted, Fernán, delo por seguro -le contestó la mujer morena, cincuentona, bajita, gordita y con pocos encantos.

   Enseguida se dieron un abrazo e intercambiaron unas cuantas palabras sobre sus rutinas de familia y de trabajo, dando a entender que entre ambos había más de una razón para sentirse solidarios en sus afanes de todos los días. 

    Antes de despedirse de su amiga, Fernando le indicó a nuestro personaje la forma de regresar a pie a la casa-hotel de Marcela y se marchó con dirección a su automóvil. La dueña del paladar, de nombre Odalys, lo vio partir y luego invitó al escritor a que entrara en la salita que tenía destinada para el negocio y en la cual había, además de las dos mesas con sus sillas, un abanico de pedestal que sonaba como una matraca y una ventana por donde entraban la claridad del día y la brisa del mar.

   -Hoy tenemos solamente arroz con frijolito negro, pollo deshuesado, boniato, ensalada de tomate verde y cebolla y chicharritas- le dijo.  Y qué son las chicharritas, preguntó Guillermo. Unas tajaditas redondas de banano verde… ¿Y qué es el boniato? Un tubérculo como la malanga pero dulce y más pequeño. ¿Y cuánto vale todo eso? Cinco cucs.

   -Está bien, sírvame cuanto antes por favor que ya se me pasó la hora del almuerzo –dijo Guillermo (era la una en punto) y recordó que en el Paladar del español la cena de arroz blanco con pescado, papa al vapor, ensalada verde, dulce y jugo de guayaba, le había costado diez cucs.  

   Se dispuso entonces a leer lo que alcanzara de la antología de cuentos titulada Hijos de Korad, que había comprado en la Feria del Libro. Y comenzó por el cuento Detector de intrusos de Yoss en el que dos personajes, Karlo y Karla, se van a la cama apenas conociéndose, impulsados por la idea de haber sido amantes en otro de los mundos paralelos que existen en el multiverso. Pero no alcanzó a leer mucho  porque a cada rato las mulatas de la entrada le llamaban la atención con sus risas y sus caminatas de exhibición, contoneando las caderas con sandunguería, y también porque más rápido de lo que pensó, apenas el tiempo necesario para calentar la comida,  Odalys fue sirviendo uno a uno cinco platos: el primero con el arroz  y los populares frijolitos negros, el segundo con el pollo deshuesado, el tercero con cuatro pedazos de boniato,  el cuarto con la ensalada y el quinto lleno de chicharritas, en cantidades tales que le hicieron exclamar:

   -¡Señora, por Dios. Yo no me como todo eso…!

   -Bueno, caballero, eso es lo que se sirve aquí por los cinco cucs que le dije…ahora que si es mucho, lo que no le quepa lo deja…no faltará quien se lo coma.

   Guillermo puso entonces la antología al lado derecho de la mesa, recostada a la pared, miró hacia la antesala de la residencia, vio a las jóvenes mulatas practicando un pase de reguetón y sin segundas intenciones le pidió a Odalys que invitara a la más espigada a que lo acompañara a almorzar y le ayudara con todo esa comida servida…

   Odalys sonrió y se dirigió al lugar en el que las muchachas movían con sabrosura las caderas, como las movía la Sabrosona del célebre son montuno grabado por Roberto Faz por los años cincuenta. Le transmitió el mensaje a la señalada por el comensal y ella, como si lo hubiera ensayado varias veces, caminó hacia el comedor con la elegancia de una modelo en pasarela y se sentó a la mesa, regalándole una sonrisa que era más que un coqueteo de presentación, un gesto de gratitud por la invitación.

   La chica le pidió a Odalys los platos y los cubiertos y esperó a que su anfitrión le dijera qué podía compartir de su comida. Y él le dijo que la mitad de todo y ella, con buenos modales  tomó de cada uno de los servicios lo que  creyó necesario, acomodó las porciones en los platos que había solicitado. Y empezaron a comer.

       El pollo guisado en hilachas y adobado con ají dulce y cebolla picada, estaba delicioso; lo mismo el boniato cocido -que resultó ser nuestra batata- y también el arroz con frijolitos, y en especial las crocantes chicharritas, no así la ensalada, a la que le hacían falta los sabores del limón o del vinagre, un punto de sal y dos vegetales más, como por ejemplo, el pepino y la lechuga. 

   Después de haber comido dos o tres porciones e intercambiado unas cuantas miradas y sonrisas, Guillermo le preguntó en qué trabajaba y ella le respondió que no trabajaba sino que estudiaba inglés en un instituto. ..”Usted sabe, por el turismo y la oportunidad de ser guía, bien con el Estado o por la izquierda”…Luego de que le aclarara que la expresión “por la izquierda” quería decir, de forma particular, por fuera del Estado, le preguntó cómo se llamaba y le contestó que Yanieska…

   -Un nombre ruso, como muchos que he escuchado en la Isla…  ¿Señor y usted cómo se llama y de dónde es?... Me llamo Guillermo y soy de Colombia, más exactamente de su región caribe… ¿Y en qué plan usted vino a Cuba? Vine como panelista invitado a la Feria Internacional del Libro...  

   La joven de piel morena observó detenidamente el rostro rosado y con algunas arrugas y el cabello cenizo y ralo del señor entrado en años que tenía delante de ella y sonrió.

   -Usted se ve de lejos que es un filtro y un abuelo muy querido.

   Guillermo no entendió lo que le quiso decir con la palabra “filtro”  (luego sabría que era sinónimo de intelectual) y optó por responderle que era escritor y que tenía dos nietas muy lindas…

   -¿Y vive con su esposa? Sí, pero ella se quedó en Colombia...

   Yanieska suspendió la ingesta de un trozo de boniato que se llevaba a la boca con el tenedor, lo miró con picardía, sonrió y le dijo, despacio, como si quisiera recalcar cada palabra:

   -Pero ahora usted está solito en La Habana, hablando con una mulata joven también sola y que no tiene nada qué hacer esta noche… ¿Cómo le cae?

   La insinuación no pudo ser más directa y él la miró y vio en el brillo de sus ojos no la pasión sino la oportunidad de una noche productiva, tal vez lo suficiente para comprar varias prendas de mujer en alguna de las “turistiendas” del centro habanero.

   -Así es la vida, no estaba en mis planes venir a almorzar a este paladar ni mucho menos conocerte…

   Odalys encendió en ese momento su radio y en la emisora sonaba el chá-chá-chá Rico vacilón que nuestro personaje bailó tantas veces en su juventud.  Viendo Yanieska que su “filtro” movía el torso siguiendo el ritmo de la música y que repetía la letra haciendo dúo con el cantante, le preguntó mientras movía sus hombros con coquetería y sabor.

   -¿Y ya echaste un pasillito con una cubana?  Aquí no, en Colombia sí, con una escritora joven de nombre Yanelis que estaba de visita y bailó toda una noche conmigo en una taberna salsera de Cartagena… O sea que te gusta la gozadera, sabes bailar y no tienes con quién– le concluyó la joven, sin poder ocultar la alegría que le produjo el saberlo. Y él le respondió que sí, que le gustaba bailar y que era un gran aficionado a la música cubana desde los tiempos en que escuchaba en su pequeño radio de onda corta los programas musicales en vivo de la Radio Progreso.

   -Entonces vayamos a bailar esta noche al Malecón…hay unos sitios con buena música, buena comida y un buen ron, especiales para “yumas”. (¿Yumas?) Sí chico, así le decimos a los turistas latinos -le aclaró sonriente.

    A estas alturas del relato ya nuestro escritor y creo que ustedes también, sospechaba que la joven Yanieska era una de las llamadas jineteras que merodean por los hoteles y paladares de La Habana en busca de clientes. Y guardó silencio un par de minutos que ocupó en pensar, mientras avanzaba con la comida, en los sueños de reivindicación de la mujer de los primeros años de la gesta heroica y en cuentos magistrales como Tiempo de cambio de Manuel Cofiño, que reflejaban esa nueva visión de la vida.  

   -Se ha quedado usted callado… ¿No le gusta la idea del baile? Bueno, la verdad sí, pero ocurre que yo no vine solo a Cuba, vine con un amigo también colombiano que se hospedó en una casa-hotel vecina a la mía y me gustaría que fuéramos con él, porque solo, para serte franco, no querría ir.

    Yanieska recibió esa respuesta con algo de desconcierto, bajó la cabeza como avergonzada y le dedicó unos minutos a la comida, pensando tal vez en lo difícil que resultaba convencer a un viejo resabiado y en tierra extraña.  Luego se repuso de su turbación y atacó de nuevo preguntándole si su amigo era joven y él le respondió que era menor que él, “es un cincuentón” le dijo. ¿Y es blanquito y delgado así como tú? No. Tiene tu color de piel y es más alto y más acuerpado que yo. Bueno, dígale entonces que le tengo una mulata de fuego que lo va a poner a gozar esta noche…que cancele cualquier otro compromiso que seguro no va ser mejor que éste…

   La joven jinetera lo miró, esta vez con picardía y le preguntó al tiempo que recogía la última porción de pollo que quedaba sobre su plato: ¿Usted nunca se ha acostado con una cubana? Para serte sincero, no. Bien, entonces prepárese porque esta noche es la primera –concluyó ella.

   Y entonces la duda se le convirtió en preocupación porque en sus planes no estaba acostarse con una jinetera; pensaba en lo ridículo que se vería con su cuerpo envejecido frente a la escultural belleza de la mulata. Y principalmente por el temor al Sida, la enfermedad que lo pondría en la ruta del olvido si la mala suerte lo arropaba con su manto.

   Yanieska, al notar su desconcierto le dijo enseguida, para justificar su actitud: Después del baile no nos vamos a sentar en un escaño del parque como dos noviecitos, a agarrarnos de las manos y a besarnos; si es así, como decimos en Cuba, no sirvió. Tenemos que ir a algún sitio a dormir y a hacer el amor siquiera un par de veces…a tu hotel, por ejemplo.

    Frente a la contundencia de la argumentación el escritor guardó silencio un rato y disimuló terminando con el resto del pollo y del arroz, luego la miró y le dije: esto está delicioso. Ella volvió a preguntar pero con la mirada, un arqueo de cejas y un fruncimiento de labios que parecían decirle, como en la vieja guaracha de Daniel Santos: ¿Y qué mi socio? ¿Y qué mi hermano? lo que lo obligó a buscar una respuesta convincente. 

   -Lo que pasa es que estoy hospedado en una casa de familia y no creo que me acepten ese tipo de visitas. ¡Claro que sí mi amigo, ellos son cubanos y saben que estoy en la lucha! –ripostó ella inmediatamente-, las casas autorizadas para prestar el servicio de hotel tienen que aceptarle al turista la visita que él quiera. Si tú me das la dirección yo llego a la hora que me digas…Pero en este caso es diferente porque yo soy amigo de la dueña y además tiene un hijo adolescente, y me da pena, mejor vamos a un lugar que tú escojas, a tu piso por ejemplo -le replicó sin estar convencido de lo que decía.

   Odalys, quien había estado escuchando en la sala, notó la inseguridad del viejo y la debilidad de sus argumentos y se introdujo en la conversación:

   -¡Chica, muéstrale lo que tienes para que el hombre vea de lo que se pierde si no se decide!

   Y la estudiante de inglés, como si siguiera un libreto, se levantó de su silla, comenzó a mover su cuerpo con la voluptuosidad de una bailarina de cabaret, a desabrocharse la blusa para que le viera sus senos bien erectos que eran como dos peras de color miel y a bajarse el jean hasta la altura del deseo para que le contemplara su espectacular cola bantú,  su vientre de gimnasta  y el abultado lugar del placer que le ofrecía en ese momento por obra y gracia de la casualidad.

   En ese instante desfilaron por su mente las imágenes de su juventud con todo su caudal de ilusiones políticas y sintió pesar por ver a una chica con esa belleza y buenos modales, convertida en jinetera; pero más le dolió constatar que la venta de sexo seguía existiendo en Cuba a pesar de los cambios, pero que las mujeres que lo hacían tenían otro nombre gracias a esa manera peculiar del cubano para manejar los eufemismos. Entonces la contempló de arriba a abajo, como si estuviera frente a la estatua viva de una orischa implorándole la protección de sus poderes ancestrales y le dijo:

   -Eres preciosa. Tu cuerpo parece haber sido tallado por algún dios yoruba y tus ojos tienen el embrujo del mar Caribe… Vaya, caballero, me resultó poeta el señor…-le interrumpió Yanieska. Y soltó una risotada al tiempo que se arreglaba sus prendas de vestir y se sentaba a la mesa nuevamente.

   Luego de una larga pausa en la conversación, que aprovecharon para terminar de consumir el agua servida, y él para pensar en los años juveniles durante los cuales le rindió culto a la utopía, le aclaró:

   -Pero con todo y eso que te he dicho, que lo creo una verdad del porte de una catedral, debo repetirte que tengo que consultar con mi amigo Lalo para ver si podemos hacer el programa de esta noche con ustedes.

   Yanieska lo miró con algo de duda pero asintió con un gesto. Luego él se levantó de su silla y le pidió a ella que lo hiciera igual, entonces la abrazó, le estampó un beso sonoro en cada mejilla que la hermosa acompañante festejó con una risa incompleta; se separó de su seductor cuerpo, la miró con una mezcla de cariño y de pesadumbre y se dirigió a la dueña del Paladar:

   -Tenga este billete de 20 CUCs. Cinco son para pagarle el almuerzo, que estuvo abundante y delicioso, y los otros quince se los da a la joven por haberme acompañado en la mesa.

   Y diciendo esto se despidió de las dos, más adelante lo hizo de la otra mulata del corredor, y comenzó a cubrir la distancia hacia la avenida. La cara de sorpresa de Yanieska frente a la jugosa propina se le quedó grabada a nuestro escritor en su mente y aún hoy, pasados varios meses de la anécdota, la reproduce nítida en ese lugar de la memoria en el que se almacenan las tristezas.

   Cuando ya estaba para alcanzar el pretil, la jinetera le gritó “¿Asere, qué volá?”. Él se volvió hacia su estampa de mujer bonita, y supuso la pregunta por el gesto que hizo con las manos y le respondió que Lalo y él estarían a las 8 de la noche en la esquina del parque Coppelia frente al Cine Yara y entonces decidían qué hacer y a dónde ir.

   Guillermo caminó varios metros por Línea hasta J, pasó por un viejo y descuidado parque en el que había un busto que recordaba las glorias de un patricio olvidado de la vieja República  y luego dobló a la derecha hasta encontrarse con Calzada, siempre buscando la sombra de los árboles. Por esta calle caminó varios metros hasta llegar al edificio sin pintar de la casa-hotel, abrió la verja oxidada que conducía a lo que parecía fue años atrás el garaje de una limusina, abrió la puerta del segundo piso, subió las escaleras, que tenían unas barandas negras de hierro torneado, con pasamanos de madera recién pintada, abrió el pequeño candado de su habitación y se acostó en la cama con la intención de hacer su aplazada siesta.

   Eran las dos de la tarde de ese lunes de febrero y una vez cayó en la cama, la brisa fresca del mar que se metía por la ventana lo durmió hasta las cuatro y media. Minutos antes del sueño pensó en sus años juveniles, en las interminables reuniones del centro Comuneros de la Juco en el que estudiaba la teoría del socialismo; en los bailes a los que invitaba a su novia Maruja para tratar de reclutarla para las filas y la reticencia de ella no obstante que le dio para su lectura el folleto Lenin y la emancipación de la mujer y que le insistió que solo en el socialismo la mujer alcanzaba la igualdad frente al hombre y el pleno respeto a su libertad y a su dignidad.

   Cuando despertó, el hijo de los caseros había llegado del colegio y miraba en el televisor de su alcoba un programa de dibujos animados. Se sentó entonces en una mecedora de bambú de la sala con la intención de continuar leyendo la antología de cuentos. En la pared había una serigrafía de la célebre foto del rostro del Che Guevara y al lado de la mesa del televisor una biblioteca casi espectral con un centenar de libros ennegrecidos por el polvo y el moho a los que casi no se les podía tocar porque se desmenuzaban. El escritor alcanzó a leer dos o tres cuentos de la antología que había comprado, siguiendo su vieja costumbre de leer un libro de cuentos alterando el orden establecido en el índice. Después del primero de Yoss, leyó el último titulado El hambre y la bestia de Elaine Vilar, un cuento fantástico por el género y por su calidad literaria, que le gustó por el tremendo contraste que propone entre el horror y el odio provocados por la bestia y la resignación y el conformismo simulado de la cazadora que se propuso matarla y no pudo…

   Aproximadamente una hora después, cuando leía el cuento de terror Al asecho, de Iris Rosales, en el que una aparente jinetera habanera era en verdad una mujer araña que se alimentaba de turistas, llegó Lalo, quien se había hospedado en el piso de Fernando, y mientras ambos hablaban sobre la experiencia vivida en el paladar de Línea, y sobre los cuentos leídos, llegaron los dueños de la residencia.

   Justo en ese instante el viejo reloj de pared marcó las 5 y 45 de la tarde. Lalo y Guillermo se levantaron de sus mecedoras, se trasladaron al comedor, sitio de las tertulias de todas las noches, y se sentaron a esperarlos. A los cinco minutos salieron los esposos, de la habitación del hijo. Marcela, enfundada en su pijama de seda china y con la misma cara porque no usaba labial ni colorete, y su marido con una camiseta blanca y una bermuda descolorida. Marcela les dijo -una vez enterada de la anécdota con la jinetera y de festejarla con picardía-, que mejor no fueran a la cita porque si los del DTI los veían caminando con ellas por las calles de La Habana, los llevaban a una estación policial y los hacían pasar un mal rato.

      -Además, en Cuba hay Sida y no obstante los esfuerzos de la revolución, no ha sido posible erradicarlo…-agregó Marcela-. Mejor dejen el plan con las jineteras de ese tamaño y nos quedamos charlando esta noche sobre los problemas de Cuba y de América Latina y nos comemos esta torta de ciruelas que hizo Miguel en la repostería donde trabaja y que les brindamos con mucho cariño.

   Lalo miró la torta y a su amigo y le ratificó con la mirada lo que ya le había dicho al llegar, después de escucharle la anécdota de la jinetera y la reseña de los cuentos de la antología que había leído. Le dijo entonces: Guillo, nosotros no sabemos qué clase de mujeres son esas, si tienen amigos malandros y si éstos las utilizan para atracar a sus turistas como le pasó a Teo con el travesti que lo abordó en el bar  al cual fuimos en un descanso de la jornada literaria del viernes. ¿Recuerdas todo el lío que se armó con la policía por ese episodio? ¿Y qué tal que tus mulatas tengan Sida? ¿O que sean mujeres arañas como la del relato de la escritora cubana que me acabas de contar? (Esto último lo dijo sonriente)…Yo creo que mejor cenamos la comida que vende la vecina de la calle J con siete, que es muy buena y barata, nos quedamos a tertuliar con Marcela y su marido y dejas con las ganas al par de jineteras que entusiasmaste con la propina de quince cucs que le regalaste a la Yanieska.

   Luego de cenar y de comerse la torta de ciruelas que les brindó Miguel y acompañarla con Tropicola y de hablar largo y tendido sobre la realidad política del mundo, el escritor le canceló a Marcela los cinco días de hospedaje a razón de 25 cucs por día, dinero con el cual ella le había dicho arreglaría los otros dos cuartos del piso para ampliar el negocio.

   Al mediodía siguiente partiría en el “cacharrito” de Fernando hacia el Aeropuerto José Martí.  Pero Marcela le había dicho que no se fuera sin despedirse de ella porque le tenía un regalito que se le había quedado en su oficina. Y la esperaron un largo rato en la puerta del edificio, y estaban ya casi para irse cuando apareció Marcela bañada en sudor por la caminata que tuvo que hacer desde  su lugar de trabajo. Al llegar y ver que Fernando embarcaba en el baúl de su coche las dos maletas, se acercó al escritor, le deseó un buen viaje y pronto retorno y le obsequió un libro titulado SIDA: Confesiones a un médico, en el cual su autor: Jorge Pérez Ávila, cuenta los conflictos humanos de sus pacientes y el trabajo que tuvieron que hacer los salubristas cubanos con el apoyo del estado para evitar que la enfermedad alcanzara niveles de pandemia. Luego lo abrazó y le dio un beso en la mejilla y aprovechó el instante para susurrarle al oído que lamentaba lo que le había sucedido con la jinetera.

   Él sonrió, le agradeció sus atenciones. Y diciendo esto se embarcó en el automóvil de Fernando, que salió directamente por Calzada hacia la Avenida de los Presidentes. Al doblar por ésta hacia el sur y pasar por la calle 7 vieron en la esquina el paladar del español que no pudieron encontrar el día anterior. “Lo que son las cosas de la vida –dijo-. Si lo hubiéramos encontrado ayer, no hubiera conocido a Yanieska”.

      Varias cuadras adelante en la autopista hacia el aeropuerto y al pasar cerca de la famosa Plaza de la Revolución, el escritor le contó a Fernando, con todos sus detalles, su encuentro con la jinetera…

   - ¿Estudiante de inglés? –Exclamó Fernando, sonriente, luego de escucharle con atención su historia-. No chico, ella habla inglés perfectamente, es una buena muchacha, sana, correcta, hija de familia, revolucionaria y trabaja por turnos en una de las tiendas del aeropuerto…ahora tú la vas a ver -le dijo finalmente.

   Un par de horas después, dentro del avión y mientras éste sobrevolaba el tapiz verde de las nuevas provincias de Artemisa y Mayabeque, nuestro escritor se lamentaría de no haber podido ver a su hermosa jinetera, por mucho que la buscó en las tiendas de la sala internacional de espera del Aeropuerto.

     

   Mayo-diciembre de 2014.