sábado, 18 de noviembre de 2017



TESIS DE GRADO
Por Antonio Mora Vélez
   La vieja Torre del Reloj conserva aún su altivez de reliquia consentida. El amplio Camellón de Los Mártires está plenamente cubierto de polvo añejo que apenas si se levanta con la suave brisa marina que se filtra por entre las ruinas de los alrededores. Los bustos de los héroes que murieron durante la gesta de la independencia han perdido la plenitud de sus formas, esquirlas de tiempo les han corroído  las siluetas, convirtiéndolos en masas de apariencia surrealista, mudos testigos de un pasado inexplicable pero vital.
   Desde lo alto de una pequeña colina, un joven astronauta filma el panorama. La cámara que acciona enfoca la orilla mediata del mar sobre un par de islas y capta las figuras escuetas de los viejos edificios, todos cubiertos de verdín y de malezas y sin la belleza arquitectónica de los tiempos en que los hombres transitaban por sus lados y entraban a sus locales y aposentos con seguridad.
   El joven astronauta rota un pequeño botón de su aparato rastreador del tiempo. Primero observa una calle larga atiborrada de gentes que se mueven raudas, con ansias y paquetes debajo de los brazos. Luego la interminable secuencia de los buses que recorren la ciudad de un extremo a otro. Y por la noche la algarabía de los fanáticos en un estadio de pelota, celebrando la jugada del infielder que cubre la tercera base.  O los espectadores en un cinema entregados a las caricias del amor, confeccionando como artesanos del oro la hermosa filigrana de la supervivencia.
    Pero al joven la interesa más el mar y lo contempla solo y melancólico, abandonando su orgullo sobre la arenilla de las costas solitarias.  Y lo mira en la pantalla del pasado, acompañado de sol y de radiantes mujeres al natural, brindándole al hombre no solo proteínas sino ilusiones. Y lo sigue en su aerogiro, siguiendo la ruta de las costas hacia el sur, hacia la desembocadura del río lleno de vida que hizo exclamar al Inca: “Pobrecito del Perú si se descubre el Sinú” y que ahora lucha por sobrevivir entre las arenas de un desierto en formación. Y más hacia el sur, hacia la vieja ciudad de sus ancestros y contempla de ella la famosa avenida primera, de la que solo quedaban pedazos de concreto sumergidos, apenas visibles en los estratos abiertos por la última creciente del río. 
   Con la emoción de quien encuentra parte de su origen, el joven, que ya ha descendido de su aerogiro, digita en la tabla de su aparato de rastreo del pasado y contempla extasiado un fandango frente a la vieja bonga de la calle 30 y a María Varilla danzando hasta el cansancio al compás de un enervante porro pelayero. Y en la terraza de una casa-quinta, sentados alrededor de una mesa, tomando té helado con limón, a los jóvenes del grupo literario que hizo historia con sus obras. A Leopoldo, a Nelson, a Soad, a Gustavo, a José Luis y a Guillermo, y a su tatarabuelo soñador de mundos diferentes.
   Eran los tiempos de la civilización terrestre en pleno desarrollo. El aire puro de las montañas derramaba generoso su aliento de vida sobre todos los seres. Todavía la asfixia por la escasez de oxígeno no había aparecido en el horizonte como la nube negra de presagios siniestros que sería más tarde. La fragancia de las flores y la caricia de la brisa vespertina no se habían convertido en nostalgia. La Tierra era vital, plena y hermosa.
   El joven investigador recordó entonces la vez que su abuelo le contó la historia del gran viaje que el creyó, por niño, un hermoso cuento de aventuras producto de la imaginación senil del narrador. Le dijo entonces: “Fueron como mil naves con cien hombres cada una escogidos entre los mejores para impedir que la llama de la vida inteligente se apagara en esta parte del cosmos. Las naves partieron un primero de mayo del año 2.124. Dos meses después comenzaron los trabajos en la inhóspita geografía marciana para tratar de reproducir el ambiente añorado de La Tierra, para convertir desiertos en bosques y abrirle cauces a las corrientes de agua”.
   Hoy, para rescatar ese fragmento de su historia y lograr ensamblar el recorrido de su raza, desde los primeros inmigrantes de Tau Ceti que llegaron a La Tierra y se desposaron con las hijas de los hombres del planeta, hasta la etapa actual de su asentamiento en Marte recobrado. Y para evitar que el olvido sepulte los rastros del ancestro, el joven de la cámara toma las vistas de la región. Lo golpea la nostalgia del terruño, saber que en todos esos lugares desolados, amaron y sufrieron, vivieron y murieron, sus antepasados. 
   Habla ahora en voz alta con la intención de grabar sus palabras en la cámara del tiempo.
   “En La Tierra no todo fue erróneo, absurdo y maléfico, también hubo naturaleza pródiga, amor y plenitud de ser. Si bien existieron estadistas que le rindieron culto al fuego de las armas en contra de la vida, también existieron poetas que le cantaron a las plantas y a la risa, al mar y al optimismo, al amor y a la solidaridad. Después de contemplar todo esto, estoy más convencido de la necesidad de revivir ese pasado en nuestras imágenes para aprender de sus experiencias. La vida no es una novela rosa, está hecha de rocío y de sudor, de estiércol y de pan, de cicatrices y de sueños. Los jóvenes antropólogos de Marte debemos fijar nuestros ojos en La Tierra. No podemos permitirnos el tremendo olvido de la amarga experiencia de La Atlántida que padecieron los terrícolas durante tanto tiempo. La gran odisea de las mil naves tiene que ser desmitificada y significar para nosotros algo más que una aventura de la especie humana en busca de nuevos horizontes”. 
   El joven astronauta guarda el pequeño micrófono en su faltriquera y deposita la cámara en el estuche integrado de su vestido espacial.  Ahora desciende lentamente sobre una sabana, frente a un golfo, en la que empieza a reverdecer la vida. Se posa sobre el césped de las ruinas de un antiguo parque, aspira el nuevo oxígeno de La Tierra y se queda mirando las nubes rojizas que tachonan el cielo, pensando en la aprobación de su tesis de grado.
   En Marte –entretanto- viven y festejan el sesquicentenario de la nueva morada.

1.982.





lunes, 22 de mayo de 2017

EL CONCIERTO DE RAÚL

En memoria
de Raúl Gómez Jattin y Emiliano Callejas Cantillo.

Emiliano y yo bebíamos un par de cervezas en la heladería y panadería Bon Bini del centro de la ciudad y hablábamos de literatura. Emiliano, poeta clásico, me decía que la poesía de Neruda dedicada al amor y a la mujer era la mejor, la trascendente, la que dejaba semillas en el alma. Yo reivindicaba el mensaje del Canto General y el valor de las Odas Elementales, en especial de las odas al aire, al vino y al pan.
Unos años antes Emiliano había publicado en la revista del grupo un soneto dedicado al béisbol y a los peloteros que ganaron la Serie Mundial del 49, titulado “No hay con quién”, y yo le decía que ese tipo de poesía me gustaba porque era un testimonio de admiración por las gestas del pasado y un nuevo aire para continuar en la brega de recomponer el presente.
Eran las cuatro de la tarde de un sábado monteriano de 1984 y una brisa serpenteaba por la callejuela en forma de ele que dejaban los tres edificios Garcés entre sus moles, con sus tres salidas, una –la de Pollos Chandys- hacia la calle 32, otra –la de la heladería- hacia la carrera segunda y una tercera, más estrecha, que daba hacia la pizzería de la avenida primera.
Al mirar hacia la carrera segunda vimos venir a Raúl, el poeta loco, sucio, barbado, descalzo, agitando sus manazas como si quisiera abofetear al mundo, y con la ya definida intención en su mirada de sentarse a nuestra mesa. 
-¡Mierda! –dije yo. Ese loco nos va a dañar la tarde.
-No te preocupes –me dijo Emiliano-. Él se las lleva bien conmigo.
-Pero conmigo no –le respondí--. Resulta que yo soy el paga platos de las actitudes sectarias de José Luís.
Raúl llegó, no me miró, dijo buenas tardes a Emiliano, se sentó en una de las sillas desocupadas, dándome la espalda, y le preguntó a mi compañero de mesa:
-Médico: ¿Qué es lo que se creen esos tipos de la Casa de la Cultura?
-¿Cómo así? –le dijo Emiliano, haciéndose el que no sabía nada-. ¿Es que te han hecho algo?
-¡Pues claro, su director me ha negado el espacio para un recital y he tenido que recurrir a la presidenta de la junta para conseguirlo! ¡Como si yo fuera un poeta cualquiera, médico! 
-Bueno pero ya vas a hacer el recital, y eso es lo que importa. 
-Sí, pero me molesta que unos cuenteros – ¡porque ninguno de ellos es poeta!—me ofendan de esa manera...
A propósito...—le interrumpió Emiliano y le hizo señas para que reparara en mi presencia temerosa, a pocos centímetros de su intimidante brazo izquierdo puesto sobre la mesa.
-¿Y quién es él? No lo conozco—contestó con una cómica y mal fingida indiferencia. Dirigió entonces su mirada alucinada hacia una de las vitrinas llenas de pan de la panadería y aspiró con fruición el olor fresco del pan que salía del horno.
Emiliano se desconcertó porque pensó que Raúl –noble como su poesía-- iría a reconsiderar su actitud de rechazo y desconocimiento hacia mí, y me iría, al menos, a reclamar mi colaboración para su recital de la Casa de la Cultura. Pero no, intentó levantarse con la intención de coger un pan del mostrador. 
Yo aproveché ese instante para jugarme un temerario lance, corriendo el riesgo de que Raúl me tratara de abofetear, como lo intentó con José Luis, frente a la cafetería Tosca, unos minutos después de concluir el programa dominical que el grupo hacía por la Emisora Sinú, y que ese día habíamos dedicado al cuento Chengue, de Guillermo, que Lecturas Dominicales de El Tiempo había publicado la semana anterior. 
-Poeta –le dije, poniendo mi mano derecha sobre su hombro-. ¿Usted por qué me odia? ¿Usted no sabe que la primera persona en Colombia que saludó su poemario fui yo?
Raúl dudó un instante antes de proceder.
-¿Eso es cierto, Emiliano? –preguntó enseguida con voz bronca y una expresión mezcla de resentimiento y de curiosidad.
- Sí, poeta, yo leí el comentario de Antonio en su columna.
-¿Y qué dijo? -le preguntó en tono áspero y todavía sin mirarme.
-Dije que su poesía era refrescante, hermosa, novedosa, auténtica, sinuana, dramática, un nuevo hálito de libertad para la poesía acartonada de Colombia—le contesté.
Al poeta se le iluminó el rostro y una sonrisa apareció en su boca, como si una "legión de ángeles clandestinos" saliera por ella. Entonces volvió su cuerpo hacia mí. Me miró fijamente pero con picardía, como queriéndome decir: ¡Te asusté! Y me dijo:
--Tú eres diferente, Toño. Definitivamente, tú eres diferente. Y óyeme lo que te voy a decir –sus ojos se agrandaron, frunció los labios y adoptó su característica pose de primer actor--: Glitza es un excelente cuento, un hermoso cuento de amor que he leído varias veces...
Y soltó una carcajada celebrando el elogio mutuo, una carcajada teatral que nos abrió las puertas de su alma atormentada. Y a Emiliano le vino el alma al cuerpo –y a mí también-- y mandó otra tanda de cervezas y un pan francés grande para Raúl que éste se comió en un santiamén. Y yo pensé con satisfacción que en adelante no tendría que eludir la presencia medrosa del poeta en las calles, y que le había ganado una batalla a la incomprensión y a la insolidaridad. 
Esa noche –me falta agregar- el poeta con "corazón de mango del Sinú" nos obligó a escucharle un concierto de canciones de Juan Manuel Serrat, que se sabía todas de memoria; en calidad de anticipo del que cantaría unos días después en la Casa de la Cultura, a capela, descalzo, sucio, descamisado, a la luz de unas velas y con las puertas cerradas para que no entrara José Luís.

Sincelejo, 2005


viernes, 23 de diciembre de 2016

La dimensión ética en la obra de Antonio Mora Vélez 1

Por Carlos Eduardo de Jesús Sierra Cuartas *       

Cada vez que se aborda la historia de la ciencia ficción en Colombia, suelen destacarse los nombres de dos escritores conspicuos del género: René Rebetez Cortes y Antonio Mora Vélez. Esto no es algo casual si leemos a ambos autores en clave bioética, esto es, si reparamos en la presencia de la dimensión ética en su obra escrita. Así las cosas, aunque no sea tan espectacular lo producido en este género en el seno del mundo hispano si hacemos la comparación con respecto a mundos como el anglosajón, el galo, el tudesco y el eslavo, no hay dudas en cuanto a que lo modesto de la producción hispana en lo que a la ciencia ficción concierne no ha sido óbice para la génesis de aportes en relación con el uso responsable del enorme poder otorgado al ser humano por la tecnociencia, un tema de apremiante actualidad como cabe apreciar, amén de la literatura propia del campo de la bioética y áreas afines, en la reciente carta encíclica del Papa Francisco, esto es, Laudato Si'.
Al pasar revista a los textos de Antonio Mora Vélez, la dimensión ética salta de inmediato a la vista en los títulos de algunos de ellos, como, por ejemplo, en sus ensayos titulados El humanismo de la ciencia ficción, La deshumanización de la función pública, Universidad y formación moral, y Filosofía y democracia. Por lo demás, los títulos de sus relatos de ciencia ficción no siempre sugieren a primera vista un trasfondo bioético, el cual aflora tras una lectura detenida de los mismos, como en sus relatos Glitza, El juicio de los dioses, La duda de un ángel, Diez de plata, Ejercicios fílmicos, y Error de apreciación. En todo caso, no queda duda en cuanto a que la obra de Mora Vélez ha incorporado la indispensable reflexión ética a propósito de los usos responsables de la tecnociencia. En general, los cuentos, ensayos y poemas de él han merecido la publicación en diversas revistas de América y Europa. Quizás el mejor punto de partida para adentrarnos en esta dimensión de la obra de Mora Vélez su ensayo El humanismo de la ciencia ficción, el cual aborda una característica que han destacado así mismo otros de sus cultivadores en diversos países a lo largo del tiempo. En tal ensayo, síntesis de una conferencia dada por el autor en la Hemeroteca de la sede Bogotá de la Universidad Nacional de Colombia, Antonio Mora Vélez, filósofo de formación, comienza por señalar la unidad que tenemos con el universo, que somos uno con la naturaleza, una verdad harto conocida desde la Antigüedad, pero que, por desgracia, el hombre actual ha olvidado. En la actualidad, como apunta Mora Vélez, las ciencias han aportado un conjunto de datos que respaldan este aserto. Así las cosas, tan nefasto olvido ha conducido a nuestra civilización a destruir la naturaleza. En otras palabras, se ha perdido el sentido del religare. En este punto, Mora Vélez concluye que la ciencia ficción debe retomar este principio filosófico con el fin de defender a natura. La segunda parte de esta conferencia de Mora Vélez tiene un título demasiado preciso como para pasarlo por alto: La ciencia destructora. En efecto, citando a Freeman Dyson, señala que, a menos que el progreso de la ciencia esté acompañado por el de la ética, desemboca de manera ineluctable en una enorme confusión y miseria para la humanidad. Además, le enrostra a las ciencias mal llamadas puras que están alejadas de los problemas cotidianos dado su enclaustramiento en campos esotéricos como los que más. De esta suerte, las ciencias, dado su uso irresponsable, han acarreado una destrucción considerable de la naturaleza y la vida. En este escenario, la ética ha quedado como uno de los temas fundamentales de la ciencia ficción, máxime por ocuparse ésta del futuro. Esto significa que el género ha ampliado el papel de la imaginación y reorientado su norte hacia el humanismo. En palabras de Mora Vélez, plasmadas en su ensayo El mar en la ciencia ficción: "La ciencia ficción es un género de literatura que se ocupa de mostrarle al hombre perspectivas, siniestras o paradisíacas, y de criticar con su imaginario las tendencias nocivas que degradan al hombre y colocan a la humanidad en la línea del desastre". En lo que a sus cuentos atañe, comencemos por resaltar la dimensión ética del relato que lleva por título Diez de plata, cuyo motivo principal es la segregación social entre ricos y pobres según podemos apreciar en estas palabras, casi al inicio: "Los ciudadanos de oro no usaban monedas de plata y los ciudadanos de plata no tenían con qué pagar el cambio de las monedas de oro". Todo transcurre en un mundo en el cual escasea el oxígeno en general, por lo que, para respirar, es menester proveerse del mismo a cambio de una tarifa. Así, el protagonista del relato fallece ante la imposibilidad de inhalar el precioso gas al no contar con las monedas necesarias. Por su parte, Error de apreciación trata de la llegada de una misión alienígena a la Tierra, cuya nave se posó sobre un paraje del gran desierto norteamericano. A corta distancia, estaba un viejo indio que fumaba y contaba las estrellas. Al llegar hasta donde él estaba, los astronautas extraterrestres le preguntaron al indio si había otros como él en la Tierra, a lo cual respondió que todos estaban muertos y, luego, añadió: "Todos murieron de soberbia. Quisieron llegar más lejos de sus límites y lo destruyeron todo y se destruyeron ellos mismos". He aquí unas palabras que, en forma lapidaria, expresan el destino de las civilizaciones que usan la tecnociencia en forma irresponsable. Si hay un cuento conocido de nuestro escritor, es Glitza, quizás muy optimista al plantear una sociedad en la que priman la hermandad y la solidaridad, una repetición en un nivel superior del lema de los mosqueteros: "Todos para uno y uno para todos". En lo tecnocientífico, Glitza brinda una concepción del buen uso de la ingeniería genética, usada por su protagonista femenina, que le da el nombre al cuento, para cumplirle a su amado, Vernon, una promesa de matrimonio, pese a que él se dispone a viajar a un mundo extrasolar a varios años luz de distancia, de manera que, al volver él a la Tierra, Glitza ha fallecido hace mucho tiempo. Pero, quien aguarda a Vernon en el cosmódromo es una descendiente de Glitza justo igual a ella. Y le dice a él: "Todo es obra del amor, del más grande y universal de los sentimientos de la evolución cósmica. Gracias a él pudo la Glitza que usted amó revolucionar la ciencia de los genes con un solo propósito: cumplirle una promesa". En El juicio de los dioses, tenemos de nuevo el motivo principal del uso irresponsable de la tecnociencia. En tal relato, los dioses del Olimpo, que no son otra cosa que miembros de una expedición alienígena venida a la Tierra, poseen conocimientos tecnocientíficos sumamente avanzados. Botón de muestra, Apolo es el experto en energía atómica; Poseidón, en la estación submarina del Caspio; Demeter, en injertología. Y así por el estilo. En fin, el quid del relato estriba en las infidencias de Atenea con Prometeo, lo cual le ha permitido a éste la adquisición de conocimientos tecnocientíficos de avanzada, gracias a los cuales ha construido un robot bastante sofisticado. A raíz de esto, Zeus decide enjuiciar a Atenea dada la violación del respectivo estatuto de seguridad. En suma, la discusión durante el juicio gira en torno a si se puede o no confiar en los mortales en materia de transferencia de conocimiento tecnocientífico. Atenea resume la situación como sigue: "¿Es malo esto? ¿Es malo que un mortal logre aprender nuestra ciencia y se coloque a nuestra altura intelectual? (…) ¡Yo no creo que eso sea malo! ¡Hemos venido aquí a enseñar, a hacer progresar esta raza, no a dominarla, a conquistarla como cualquier vulgar atrida!". A esto, Zeus responde que, si bien no han venido a conquistar, tampoco deben darles herramientas de conquista a otros. Del mismo modo, Zeus está preocupado por las consecuencias del cruce racial entre dioses y terrestres dadas las consecuencias para el desarrollo histórico de la Tierra. Otro relato sugerente de Antonio Mora Vélez es Yusty, que trata de un ser extraordinario con apariencia de lémur, dotado con una inteligencia fuera de serie y que gusta vivir en paz con la naturaleza. La acción correspondiente transcurre en el lejano futuro, caracterizado por una civilización dominada por la cibernética. Casi al final del relato, en medio de un brindis, Yusty les dice lo siguiente a los humanos presentes: "Hoy, no va a ser una catástrofe sideral ni un accidente en el manejo de la energía, como en los casos anteriores. El fin de la humanidad vendrá como consecuencia de la automatización que convierte al hombre en un animal peor que los gigantes mitológicos que devoraban a sus propios hijos". Esta afirmación de Yusty dejó pensativos a los circunstantes, quienes no pudieron evitar la recordación de los años de la dependencia biológica y la reflexión acerca del porvenir de los modernos chips neuronales, máxime que los humanos del relato, dada la preponderancia del homo cibernético, son, en realidad, androides, cyborgs. Como vemos, este cuento trae un motivo principal de palpitante actualidad dado el entusiasmo desbordante e irreflexivo en relación con la biotecnología y la nanotecnología. Por supuesto, hay más relatos salidos de la pluma galana de Antonio Mora Vélez que abordan la problemática inherente a los malos usos de la tecnociencia y sus consecuencias. Por mencionar unos cuantos más en este sentido, señalemos Ejercicios fílmicos, Los ejecutores y La duda de un ángel, junto con otro de sus ensayos: Universidad y formación moral. En todo caso, duda no cabe en cuanto a que la obra literaria de Antonio Mora Vélez se ha ocupado de la reflexión acerca de las consecuencias derivadas del uso irresponsable del enorme poder dado al ser humano por la moderna tecnociencia, lo cual connota una reflexión-­acción que no puede faltar en el mundo hispano por nada del mundo, sobre todo cuando éste no ha incorporado a lo largo de su historia la cosmovisión inherente a la ciencia en tanto cultura, esto es, que debe preocuparnos un mundo hispano que todavía insiste en relacionarse con la tecnociencia en calidad de colectivos de consumidores, cuestión harto más cuestionable cuando, en sentido estricto, la tecnología tiene que ver con la reflexión moral y filosófica en torno a la técnica.

*Profesor Asociado, Universidad Nacional de Colombia Ex Miembro del Comité de Ética de la Investigación, Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín.
       (1)“La dimensión ética en la obra de Antonio Mora Vélez.” In:Bioética & Debat: Tribuna abierta del Institut Borja de Bioética, Universitat Ramon Llull. (Febrero 2016). (Spain).

FUENTES:
2016­12­21 bioetica & debat http://www.bioetica­debat.org/modules/news/print.php?storyid=1326 4/4 Fuentes S.S. FRANCISCO. (2015). Laudato Si': "Alabado Seas". Bogotá: Paulinas. MORA VÉLEZ, Antonio. (2004). Filosofía y democracia. Extraído el 19 de septiembre de 2015 desde http://www.rodelu.net/mora/mora096.html. MORA VÉLEZ, Antonio. (2006). El mar en la ciencia ficción. Extraído el 20 de septiembre de 2015 desde http://axxon.com.ar/rev/168/c­168ensayo3.htm. MORA VÉLEZ, Antonio. (2007). El humanismo de la ciencia ficción. Extraído el 19 de septiembre de 2015 desde http://www.rodelu.net/mora/mora096.html. MORA VÉLEZ, Antonio. (2008). Yusty. Extraído el 22 de septiembre de 2015 desde http://axxon.com.ar/rev/191/c­191cuento5.htm. MORA VÉLEZ, Antonio. (2010). Diez de plata. Extraído el 20 de septiembre de 2015 desde http://www.literareafantastica.com.ar/diez.html. MORA VÉLEZ, Antonio. (2010). Error de apreciación. Extraído el 20 de septiembre de 2015 desde http://www.literareafantastica.com.ar/diez.html. SAPARIN, Víctor et al. (1988). Ciencia ficción. Bogotá: Cooperativa Editorial Magisterio. Este artículo proviene de bioetica & debat http://www.bioetica­debat.org La URL para este Artículo es: http://www.bioetica­debat.org/article.php?storyid=1326



miércoles, 23 de marzo de 2016

LO QUE FALTA AL PROCESO DE PAZ.


LO QUE FALTA AL PROCESO DE PAZ

Por Antonio Mora Vélez*



   A diferencia de quienes creen que la paz se va a lograr con la firma de los acuerdos que se negocian en La Habana y de quienes creen que es, además, necesario construir un país con verdadera democracia y justicia social para refrendarla, yo creo que el pacto necesario para alcanzar la paz política inicial es el de cancelar de una vez por todas la estrategia de la “combinación de las formas de lucha” para alcanzar o para mantenerse en el poder.

  

   Esta estrategia de la combinación de las formas de lucha política, es bueno aclararlo, no es colombiana ni ha tenido origen en la historia contemporánea.  Casi se puede afirmar que ha sido utilizada por muchos partidos y gobiernos del mundo –de todas las tendencias y matices y en todas las épocas—para tratar de ganar o para defender el poder. En Colombia –para no ir muy lejos- la pusieron en práctica en el inmediato pasado  los liberales y los conservadores, durante los años aciagos de la violencia partidista. Los liberales apoyando a las guerrillas liberales después del asesinato de Gaitán, de una de las cuales surgió Pedro Antonio Marín, alias Tiro Fijo, el fundador de las FARC. Y los conservadores con su policía “chulavita” y sus llamados “pájaros” del Valle del Cauca. (1)



  

Antecedentes de esta política.



   Son muchos los ejemplos en la historia universal que se pueden contar sobre el tema. En la Edad Media eran frecuentes los asesinatos de los rivales políticos y la búsqueda del reconocimiento al triunfo así conseguido bien en el papado o en el trono imperial. Del rey merovingio francés Clodoveo (481-511) por ejemplo,  se dice que mandó matar a todos los príncipes vecinos que le pudieran disputar el trono –forma armada-, que se convirtió al cristianismo –forma de lucha ideológica-, y que se hizo reconocer rey por el Papa –forma de lucha política-.



   En la Italia del siglo XVI César Borgia se hizo famoso porque no desdeñó ninguna forma de lucha ilegal para alcanzar y mantenerse en el poder. “El engaño, el perjurio, la espada o el veneno eran sus métodos habituales”. De esta época es Maquiavelo, quien lo tomó como modelo para escribir su célebre libro El Príncipe, en el cual sostiene que el gobernante no debe vacilar en los medios –formas de lucha—para alcanzar los fines. En esta obra, que es lectura obligada en las escuelas de formación política de occidente,  se lee: “vencer por la fuerza o por el fraude, hacerse amar o temer de los habitantes, (hacerse) respetar y obedecer por los soldados, matar a los que puedan perjudicarlo, reemplazar con nuevas las leyes antiguas, ser severo y amable, magnánimo y liberal, disolver las milicias infieles, crear nuevas, conservar la amistad de reyes y príncipes de modo que lo favorezcan de buen grado o lo ataquen con recelos…”  conductas que Maquiavelo señala como propias del gobernante de su época (2).



   Unos siglos más tarde, el partido fascista de Mussolini combinaba la demagogia republicana y populista con la represión violenta contra los partidos y sindicatos de izquierda. Al tiempo que adelantaba una actividad legal en las instituciones democrático-burguesas, armaba  grupos de sus militantes para que cometieran asesinatos en contra de sus opositores revolucionarios y de quienes suponía los apoyaban. Una vez obtuvo el apoyo popular con planteamientos tales como la participación de los sindicatos en los beneficios de la empresa, las libertades de opinión, de asociación y de prensa, el respeto a la independencia de los demás pueblos y la organización cooperativa de la producción, no vaciló en renunciar a todos esos propósitos y adoptar los contrarios con tal de calmar a la burguesía y a los terratenientes, quienes se encontraban asustados por la inminencia de la revolución socialista. Una vez en el poder disolvió los sindicatos, las cooperativas, los partidos de izquierda, invadió otros pueblos e instauró una dictadora totalitaria que no permitía otra expresión diferente a la del Duce.



   Esos tres ejemplos nos sirven para afirmar que la combinación de las formas de lucha es una estrategia política usada hace muchos años por la nobleza feudal francesa del siglo VI y la burguesía italiana de los siglos XVI y XX con la misma finalidad de resolver sus conflictos en torno al poder. (3)



La formulación de Lenin.



   Vladimir Ilich Lenin, líder de la revolución socialista en Rusia, formuló una conocida teoría sobre las formas de lucha. Para él tales formas eran parte de la estrategia del partido bolchevique para alcanzar el poder. Dijo el estratega revolucionario ruso que el partido debía utilizar todas las formas de lucha de masas en consonancia con el momento histórico, según la coyuntura política, y que debía estar preparado para pasar de las formas de lucha legales a las ilegales, esto es, de la legalidad a la clandestinidad, cuando la situación política lo determine. No supuso que se pudieran combinar simultáneamente las formas de lucha legales con las ilegales, que un partido pudiera estar en la legalidad y en la clandestinidad al mismo tiempo. (4)



   Los comunistas colombianos, en su XV Congreso partidario, dijeron con la voz de su entonces Secretario General, Gilberto Vieira que “la lucha armada ha surgido en Colombia como respuesta a la política de sangre y fuego institucionalizada contra el pueblo oficialmente desde 1949. La combinación de las diversas formas de lucha la adoptaron las grandes masas populares para enfrentarse a la violencia oligárquica. Nuestro partido sintetizó teóricamente esta experiencia en relación con las peculiaridades de la situación nacional” (5). Y convirtió tal síntesis teórica en un “aporte del partido comunista colombiano al marxismo-leninismo y al movimiento comunista internacional” según expresó el citado dirigente en uno de los congresos realizados en Moscú por esos años. Por tales razones, no obstante la situación creada por el ataque del Ejército Nacional a Marquetalia en 1964 –que marca el inicio de la actual etapa del movimiento guerrillero en Colombia- decidieron continuar en la lucha legal participando en los procesos electorales y haciendo presencia en el sindicalismo y demás movimientos de masas. Esto es, a combinar en el mismo tiempo histórico, las formas legales y armadas de lucha, justificando el derecho de los campesinos de Marquetalia (casi todos militantes comunistas) a convertirse en guerrilleros con el argumento de defender sus vidas pero sin asumir la autoría del proceso como partido para evitar ser ilegalizados. Con el paso de los años y de la lucha, se produciría un distanciamiento entre el PCC y las FARC y éstas se verían obligadas a crear un partido comunista clandestino, el llamado PC3.  



LA OTRA COMBINACIÓN DE LAS FORMAS DE LUCHA.



   Frente a la escalada guerrillera y las varias derrotas militares de los años 90, lo que hacía presagiar la pérdida del poder, los sectores de extrema derecha de las clases dominantes y sus partidos decidieron hacer lo mismo que hizo Mussolini en Italia e hicieron los conservadores con su policía “chulavita” o con “los pájaros” en nuestro pasado; y crearon cuerpos armados con la misión de exterminar a los izquierdistas, a los sindicalistas rebeldes, y a todos los que siguieran parecidas posiciones subversivas en contra del gobierno y del sistema. Surgen las llamadas AUC y el paramilitarismo en general. Es borrado del mapa un partido político, la UP, con influencia comunista, al que le asesinan miles de sus militantes. La clase política es permeada por esta insurgencia armada de extrema-derecha y el narcotráfico termina por permearlas a ambas. Y los partidos tradicionales continúan haciendo elecciones pero en un medio cada vez más contaminado de corrupción, con una guerra que parecía no tener fin. Y el mundo se estremece con los informes que dan cuenta de la mayor represión sangrienta y el mayor desplazamiento de sus tierras a que ha sido sometido un pueblo en aparentes tiempos de normalidad política y de democracia.





EL GRAN LUNAR DE LAS DEMOCRACIAS.

  

   Esa estrategia de combinar la democracia y la represión criminal se origina en una razón de Estado que justifica todos los procedimientos, legales y no legales, para defender el poder. Norberto Bobbio la ha explicado magistral y certeramente: “todo poder –bajo cualquier forma, dice—es instrumento de opresión, de coacción, de dominio ciego y arbitrario (y) es, por definición, obtuso (enemigo de la inteligencia), inhumano (enemigo de la liberación del hombre), y despótico (enemigo de la libertad)” (6). Esa razón de estado en la que creen casi todos los dirigentes del mundo de todas las ideologías, justifica la razón política de apelar a la persecución, al crimen y al fraude cuando la democracia falla o no es suficiente, con tal de ganar o de mantener el poder. Y es el gran lunar de las democracias de todos los colores y tamaños, incluidas las llamadas “democracias populares” en las que –cuando de defender el poder se trataba- entraba en acción la “dictadura del proletariado”. Y explica la doble moral de quienes, como por ejemplo la burguesía venezolana, les exigieron a los revolucionarios dejar las armas y competir en el terreno electoral, cuando  intentaron tomarse el poder por ese medio, pero le organizan hoy golpes de estado, actos terroristas, asonadas, desabastecimiento de mercancías, con el fin de derrocarlos como hicieron sus congéneres con Allende. Y la conducta de quienes en Colombia decidieron que la Unión Patriótica no podía prosperar como movimiento político que surgía de una guerrilla que había decidido abandonar la lucha armada para incorporarse al debate democrático. Y optaron por eliminarla, con lo cual eliminaron de un tajo la posibilidad de un acuerdo de paz que nos hubiera evitado treinta años de guerra sangrienta. Y el aprovechamiento de esos 30 años en programas de desarrollo social en un país que carga la mala fama de tener una de las desigualdades sociales más grandes del planeta.  



EL GRAN INTERROGANTE.



   Después de lo anterior dicho, cabe preguntarnos: ¿puede estar seguro el país de que no se va a repetir con los líderes actuales de las FARC incorporados al debate político lo mismo que le ocurrió a los gaitanistas después del asesinato del caudillo liberal el 9 de abril de 1949, o a los comunistas durante las dictaduras de Ospina, Gómez y Rojas, o a los miles de militantes de la Unión Patriótica? ¿Que se va a respetar, como lo han hecho las burguesías y las fuerzas militares salvadoreñas, ecuatorianas, bolivianas, argentinas, uruguayas y brasileñas, un hipotético gobierno de izquierda? ¿O tan siquiera, senadores, representantes, diputados, concejales, gobernadores y alcaldes elegidos por esa vertiente política? De esta garantía y de que la firma del acuerdo de paz en La Habana concluya con reformas al Estado que hagan posible la convivencia democrática, depende la paz política en nuestro país. Si los llamados “enemigos agazapados de la paz” de que hablara el maestro Otto Morales Benítez insisten en su práctica criminal en contra de los dirigentes sindicales, populares y de izquierda, y se imponen a las corrientes pacifistas y reformistas que se mueven dentro del poder, la paz no va a ser posible por mucho que se firme el acuerdo de La Habana.



LA GRAN DECISIÓN.



   Por todo lo anterior estimo que el gran tema garante de un sostenible acuerdo de paz es la decisión de no volver a utilizar las armas en la lucha política. Si la soberanía reside en el pueblo según nuestra Constitución y estamos en una democracia, es el pueblo con su voto y no las armas, los que deben decidir el futuro del país. Lo cual significa en nuestro caso que deben desaparecer todos los grupos armados al margen de la ley, y no solo  los guerrilleros de las FARC sino los integrantes de las diferentes bandas criminales que aún delinquen en Colombia con la complicidad de algunas instituciones del Estado y de algunos políticos. Y reservar a las FFAA y de Policía el uso exclusivo de las armas pero para la defensa de la soberanía y para preservar el orden público. Y acompañar esa medida con la creación de una democracia más participativa y de un sistema electoral moderno que excluya la influencia degradante de los poderes económicos y de la corrupción. Con un régimen político que le dé plenas garantías a todos los partidos y movimientos, que respete el derecho a la protesta y a la manifestación pública pacíficas de todos los colombianos, que le devuelva al pueblo la gratuidad de los servicios de salud que le arrebató la Ley 100. Con una justicia libre de la influencia tendenciosa de politiqueros, gobernantes corruptos y  empresarios electorales. Y un Congreso sin tacha, con congresistas sin prontuario, para que la democracia liberal y la división tripartita del Poder sean una realidad y no la farsa que soportamos los colombianos.

  

  

   *Abogado, escritor y profesor de filosofía política.



      Obras consultadas:

    

(1)  Nueva Historia de Colombia, Editorial Planeta.

(2)  El Príncipe de Nicolás Maquiavelo,

(3)  Historia Universal de Jacques Pirenne.

(4)  La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo de Vladimir I. Lenin,

(5)  Combinación de todas las formas de lucha, Entrevista a Gilberto Vieira por Martha Harnecker. Ediciones Suramérica.

(6)  La duda y la elección de Norberto Bobbio. Editorial Paidós.



Marzo de 2016.

miércoles, 28 de octubre de 2015



“EN LA ORILLA DEL MAR”



Por ANTONIO MORA VÉLEZ



En el trabajo mío titulado “Su Majestad el Porro”, publicado en el boletín web Cronopios de Colombia, en la revista web La casa de Asterión y en la revista del Festival Nacional de Bandas de Sincelejo (2006) me referí a la confusión existente en torno a la canción “En la orilla del mar”, que José Barros reclamó como suya y que algunos investigadores musicales y la mayor parte de las casas que lo han prensado se la han asignado a un cubano de nombre José Berroa. En respuesta a las inquietudes planteadas por mí en ese artículo, doña Ofelia Pérez de Medellín me dijo que ese era un tema finiquitado por Álvaro Ruiz Hernández, investigador barranquillero, y por los autores de libros sobre el bolero como el mejicano Pablo Dueñas, el colombiano Hernán Restrepo Duque y el cubano Cristóbal Díaz Ayala. Todos le atribuyen a José Berroa la autoría del bolero “En la orilla del mar”. Como quien dice: Magister dixit, lo dijeron los maestros y no hay nada más que hablar.


Pero sucede que todos ellos escriben del tema como si se tratara de un solo bolero en disputa y de allí mi duda sobre la contundencia de los argumentos que descalifican a nuestro compositor banqueño y le asignan la autoría al cubano. He llegado a la conclusión de que los historiadores señalados arriba no se tomaron el trabajo de averiguar por las diferentes grabaciones del bolero y escucharlas. Porque ocurre que no hay un bolero “En (o A) la orilla del mar” sino dos, totalmente distintos, y ambos atribuidos a Berroa. El grabado por Bienvenido Granda con la Sonora Matancera, con el título En la orilla del mar, y que Nelson Pinedo, según Ofelia Pérez, asegura es de Berroa porque vio a este autor en los estudios de grabación en La Habana el día en que se grabó (15 de julio de 1951) y que a la letra dice:


“Luna, ruégale que vuelva y dile que la espero, muy solo y muy triste, a la orilla del mar. Luna, tu que la conoces y sabes que en las noches, muy juntos pasamos a la orilla del mar. Recuerdos muy tristes me quedan al verte en la noche alumbrar. Recuerdo sus labios sensuales y su dulce mirar, mi gran amor. Luna, ruégale que vuelva y dile que la quiero, que solo la espero en la orilla del mar”.


Y otro titulado A la orilla del mar, grabado por Olga Rivero y que también se le atribuye a José Berroa, y que debió haber sido grabado antes de 1950 porque la historia de la Rivero registra que se mudó para Méjico a finales de la década del 40. Y que tiene otra música y otra letra que les transcribo a continuación:


“Aquí, a la orilla del mar, donde cantan las olas, hoy te vuelvo a besar. Aquí, a la orilla del mar escuché tus palabras que no puedo olvidar. Te quiero, me dijiste muy quedo, tus besos, olvidarlos no puedo. Aquí a la orilla del mar, donde cantan las olas hoy te vuelvo a besar.”(1)


Sobre el testimonio de Nelson Pinedo que le sirvió a doña Ofelia para dictar sentencia en favor del cubano Berroa, traigo a colación una comunicación de José Portacio Fontalvo autor de los libros "La música cubana en Colombia y la música colombiana en Cuba" y "Ochenta años de la Sonora Matancera" quien me escribió: “Acabo de leer su especial para el Dominical "En la orilla del mar" .Al respecto me permito manifestarle lo siguiente en lo referente a Ofelia Peláez y el tema del bolero de José Barros disputado a José Berroa de Cuba. Yo conocí el bolero en 1951, año de su grabación y me permití corregirle amablemente a Ofelia Peláez el lapsus de Nelson Pinedo quien afirmó que él junto con José Berroa asistió a la grabación del mencionado tema. Y yo me pregunto: ¿Cómo pudo ser eso posible si Nelson Pinedo en el año 51 ni siquiera había pensado en viajar a Cuba? Escasamente había hecho una primera grabación en Venezuela después de ese año y a principio del 53 se lanzó en sello Vergara un 78RPM que en una cara contenía "Qué es la cosa?" y al respaldo "Cumbia del Caribe" en donde lo acompaña la orquesta de don Américo y sus Caribes, grabación realizada en Bogotá. Después de muchos avatares viaja invitado a La Habana pero esto sucede más o menos a mediados de 1953 y grabará en ese año "El ermitaño", "Momposina", etc. Y dese cuenta, es en 1953. Entonces cómo pudo estar él presente acompañado del presunto autor José Berroa para ver a Bienvenido Granda con la Sonora Matancera grabando en 1951 el mencionado bolero?” (2)


Aparte de lo anterior, investigué por el señor José Berroa y no aparecen sino dos canciones de trascendencia grabadas por él, y en Cuba no se destacó como un gran músico. Es casi un desconocido. De él solo se sabe que nació el año 1925 en La Habana y que fue cantante del conjunto Los hijos de la Sonora en 1954. Los diccionarios musicales de Helio Orovio y de Radamés Giró (3) ni siquiera lo mencionan y se hizo famoso cuando ocurrió que por equivocación le atribuyeron el bolero En la orilla del mar grabado por Bienvenido Granda con la Sonora Matancera. Un bolero, no sobra decirlo, al cual, en su primera grabación ocurrida el 15 de julio de 1951, la casa disquera cubana Seeco le atribuyó la autoría a nuestro compositor José Barros. (4) Y por cuya razón le pagó derechos de autor por un tiempo. Pero que inexplicablemente en las posteriores grabaciones pusieron a José Berroa a figurar como autor.

Pero si José Berroa, antes del éxito del bolero grabado por Bienvenido Granda, era casi un desconocido como compositor en su país, otra trayectoria bien diferente es la que muestra nuestro compositor José Barros Palomino, quien desde los años 40s, graba sus canciones con orquestas y cantantes de renombre y cuya lista sería muy extensa y además conocida, razón por la cual no repito en este recinto.

 Así las cosas. Si José Berroa es el autor de En la orilla del mar y es también el autor de otro bolero con el título de A la orilla del mar, como dicen las disqueras que han prensado ambas grabaciones y como lo paso a demostrar con los CDs en mi poder en donde aparece su nombre. Pregunto: ¿tiene lógica que un autor al cual no se le conocen más de dos o tres composiciones le haya puesto a dos boleros suyos distintos, casi el mismo título? ¿No da pie ese equívoco –además del parecido de los nombres y apellidos-- para pensar que al cubano José Berroa le asignaron por confusión la autoría del bolero que reclama nuestro maestro José Barros, por el antecedente del bolero grabado por Olga Rivero unos años antes que posiblemente generó la confusión? ¿No será que Berroa es el autor del primero, A la orilla del mar, el grabado por Olga Rivero, que tiene una estructura melódica y letra de los boleros añejos de los años 40. ¿Y que José Barros es el autor del grabado por Bienvenido Granda en 1951, varios años después? Yo lo creo así. Y así lo han creído muchas personas.

 Entre ellas estas que dialogaron en un blog de Internet: 

Jairo Fernando Diaz dijo: Siempre ha habido una gran confusión, con el nombre de José Barros [Jose Benito Barros Palomino] nacido en El Banco Magdalena Colombia y el de otro compositor caribeño, el cubano José Berroa. Cabe anotar, que los dos son autores de dos boleros distintos pero con el mismo nombre. A LA ORILLA DEL MAR.
Estimado señor Jairo Fernando Diaz bienvenido a nuestro blog y gracias por su amable participación en el mismo. Nos complace que se nos ratifique que el maestro José Barros (José Benito Barros Palomino) nació en Magdalena, Colombia, y no en Puerto Rico, como equivocadamente lo habíamos asentado en este segmento. Igualmente compartimos con usted el que a este gran compositor se le confunda con el de origen cubano de nombre José Berroa, pero ello se debe precisamente a que compusieron una canción de igual título, “A la orilla del mar”, tal y como usted tan acertadamente lo señala. Gracias nuevamente y reciba nuestras palabras de salutación con la mayor consideración y estima. Atentamente: Oswaldo Páez (5)


Pero he aquí, para finalizar, otra perla que le nace al lío. Supe, pero no tengo los documentos, que José Barros demandó en México la autoría de su bolero y que ganó el pleito, con lo cual José Berroa salió del litigio en torno al bolero grabado por Granda. Pero no sé en que terminó esa demanda, parece como si el bolero hubiera quedado huérfano de dueño después de que Berroa, que estaba en Méjico para esa fecha, aceptó que ese no era su bolero sino el anterior titulado A la orilla del mar y grabado por Olga Rivero. Y lo digo porque, para sorpresa mía, en un último CD titulado Los señores del Bolero, aparece el mejicano Manuel Esperón como autor de En la orilla del mar de José Barros, el bolero grabado por Bienvenido Granda. (6) Quisicosas de las casas de grabación, especialistas en cambiar autorías de canciones caprichosamente.



(1) Álbum Los años maravillosos del bolero cubano, disco 1.


(2) Carta dirigía al autor de estas líneas.


(3) Obras citadas, Ediciones de 1991 y 2007.

 (4) Disco en acetato de 78 RPM.

 (5) Internet, Blog del autor citado.

(6) Álbum Los señores del Bolero, disco Uno. 2012.



 Montería, abril de 2015



Nota: Para mayor información consultar en Internet este link: