¡PUM!
Belarmino me dijo que a él le sucedía siempre. Creía que saber escribir era simplemente saber ubicar una palabra detrás de la otra y poder agregarle a cada frase así conseguida un adjetivo original o un complemento de adorno, en fin, hacer crecer el texto como si quisiéramos convertirlo en una selva exuberante enmarañada de bejucos y de plantas colgantes y de malezas, pero no para impedir el paso del lector --¡todo lo contrario!—para darle consistencia al escrito y deslumbrarlo. ¡Que se sepa que lo escribió un escritor!.
A Belarmino le gustaba leer a los clásicos porque, según él, no sacrificaban detalle. La vida es todo, lo sustancial y lo accidental, y todo debe quedar reflejado en la obra literaria. Apuntar a la esencia y quedarse en ella es sacrificar parte del contenido, decía.
En cambio Benjamín era amigo de la brevedad, de la concisión. Sostenía que para decir rosa bastaba con escribir rosa y nada más. No había porqué hacer mención de la espina o de la fragancia, eso que se lo imagine el lector. ¿Acaso los escritores tenemos que darle todo masticado al lector?. ¡No faltaba más! A la gente –afirmaba—hay que obligarla a pensar, a descifrar la urdimbre por muy abstrusa que fuere.
Belarmino y Benjamín escribían cada uno, por esa época, un texto con los marcos de referencia anteriores. Yo les seguía de cerca el experimento, convencido de que ambos producirían, cada uno en su estilo, una buena obra en prosa. Eso ocurrió a finales de la década del cincuenta, lo recuerdo bien. Yo todavía permanecía en el cascarón en asuntos de creación literaria, era un buen lector y nada más.
Belarmino examinaba cada frase y cada palabra para ver que nueva agregación hacía. Había escrito: “En la encumbrada cima del mundo se encontraba el secreto de la inmortalidad”. Y dijo: “Aquí cabe agregar: En la encumbrada y majestuosa cima del mundo, en el lugar de residencia de los dioses. Metido dentro un cofre, se encontraba el secreto de la inmortalidad”. Pero no se satisfizo con la ampliación. Pensó enseguida. “Hay que explicar qué dioses. Cómo era el cofre y en qué consistía el secreto de la inmortalidad”. Y se dispuso a hacerlo.
Benjamín, por su parte, trabajaba su texto sobre la muerte del dictador. Había escrito: “Frente a frente, el heroico combatiente disparó sobre la soberbia del tirano y lo dejó tendido en medio de un charco de sangre”. Ese era el final del cuento. Pero como estaba decidido a narrar toda la historia con el menor número posible de palabras, procedió a quitar el “frente a frente”, la “soberbia” y “el charco”. Aún así no quedó contento.
Pasaron los años. Yo perdí de vista a los amigos porque mi familia se trasladó a esta ciudad de las golondrinas, y no supe el desarrollo del interesante experimento narrativo. Del final me enteré por intermedio de un artículo aparecido en un suplemento dominical. Supe entonces que Belarmino murió sin terminar de rellenar su obra cuando ya iba por el tomo veinticinco de la misma y que Benjamín convirtió su narración de la muerte del dictador en un monosílabo calificado por la crítica como modelo de síntesis conceptual.: ¡Pum! Se limitó a escribir debajo del título del cuento.
1978.
viernes 5 de febrero de 2010
domingo 10 de enero de 2010
A IMAGEN Y SEMEJANZA
Blanco estaba sentado al lado de una roca amarilla junto al hermoso lago azul que bordea la isla. Más allá, en los límites del bermellón formado por el horizonte de nubes bañadas por el sol, Verde bailaba alegre una danza ritual, agradecido porque había encontrado un recodo original y paradisíaco y el calor del cenit le entonaba el cuerpo.
A veces el aire se tornaba húmedo, imposible, y Verde se coloreaba de la ira pero se contenía, sabía que Blanco lo observaba y que no le toleraría la más mínima infracción al programa del día. Blanco se inclinaba con frecuencia para recoger hojas, raíces y pedruscos y Verde lo miraba y sonreía y decía para sí: Tan tonto él...¿sabrá acaso que las plantas y las piedras no piensan?. Pero lo seguía aguardando.
El planetoide era casi del tamaño de Titán, poseía atmósfera de nitrógeno y una fuerza de atracción inexplicable, como si estuviera formado de materia neutrónica. Verde lo había divisado con su láser de profundidad mientras se entretenía comparando los matices del negro cósmico. Blanco lo felicitó entonces y le dijo: Aquí podremos encontrar algunas cosas interesantes.
Habían transcurrido varios años náuticos desde ese momento. Blanco no se cansaba de recoger muestras de la superficie y Verde de observarlo, a prudente distancia siempre. A veces Verde se cansaba de hacerlo y se dedicaba a fantasear, a viajar con su mente casi perfecta por los más recónditos parajes del universo, pero bien pronto Blanco lo llamaba al orden con su click desesperante y monótono. Entonces Verde aplazaba sus ilusiones y encendía su foquito verde y comenzaba a filmar las tareas de Blanco y éste crujía de satisfacción. Así debe ser siempre --pensaba--, yo recojo y él conserva, yo analizo y el graba. Pero es tan distraído el Verde.
Todo el tiempo del recorrido había sido así. Blanco y Verde sabían ya los secretos de esa parte del cosmos situada en el límite del sistema solar, conocían perfectamente la naturaleza de los asteroides descubiertos en la órbita externa de Plutón, estaban sobre la pista de los extraños cuerpos vistos sobre Deimos y Fobos y pensaban en el retorno a casa, aunque con motivaciones diferentes.
Cuando Verde se ponía pensativo y Blanco le gritaba Click, la imagen ideada por aquél se vestía de nostalgia y se condensaba en el espacio en forma de filme siónico, mostrando el paisaje azul de La Tierra que los vio partir veinte años atrás. Entonces Verde filmaba a Blanco y a su entorno, aunque no dejaba de mirar "por el rabillo del ojo" --como decían los humanos-- la permanencia del paisaje.
Las veces que Verde montaba en cólera y trataba de rebelarse --y casi siempre ocurría cuando su compañero no le dejaba contemplar las formas de la naturaleza desde su perspectiva de poeta--, Blanco dejaba escuchar su click click y algo en el interior de Verde lo llamaba al orden. Entonces Blanco lo inspeccionaba un segundo, como para constatar que todo estaba bajo control, y luego continuaba analizando fragmentos, convencido de que Verde lo seguía filmando y almacenando los datos que le transmitía. Así debía ser siempre --pensaba--, yo recojo y él guarda, yo analizo y él graba.
La roca amarilla parecía un huevo gigantesco y Blanco no había detectado las líneas que semejaban un plano y que se diluían en su superficie. Al levantarse del suelo y apoyarse en la monumental roca, constató la presencia del dibujo y llamó a Verde.
-¡Observa, Verde. Parece un mensaje cifrado, como los animales de Nazca. Grábalo!
Verde observó detenidamente el enrejado de líneas rectas, sinuosas y parabólicas. Se coloreó con el color típico del desconcierto y no pudo articular palabra alguna.
-¿Qué te ocurre? -le preguntó Blanco, intrigado.
Verde miró a Blanco y volvió la mirada sobre la piedra.
-Aquí dice que el hombre estuvo aquí y que decidió continuar el viaje hasta la próxima estrella...
-¡Eso es imposible! -exclamó Blanco-. Todos ellos murieron cuando nosotros salimos.
Pero verde, que era un soñador y un optimista, pensó en la estela brillante que vio dividir en dos el cielo en una de sus noches de expectación y le dijo: El hombre no ha muerto, todavía existe. Y continúa volando, de planeta en planeta, de estrella en estrella. Como siempre.
Blanco y Verde eran un par de roboticos a la deriva, construidos por los técnicos de Ciudad Tayrona a imagen y semejanza de los hombres de entonces.
1.980
A veces el aire se tornaba húmedo, imposible, y Verde se coloreaba de la ira pero se contenía, sabía que Blanco lo observaba y que no le toleraría la más mínima infracción al programa del día. Blanco se inclinaba con frecuencia para recoger hojas, raíces y pedruscos y Verde lo miraba y sonreía y decía para sí: Tan tonto él...¿sabrá acaso que las plantas y las piedras no piensan?. Pero lo seguía aguardando.
El planetoide era casi del tamaño de Titán, poseía atmósfera de nitrógeno y una fuerza de atracción inexplicable, como si estuviera formado de materia neutrónica. Verde lo había divisado con su láser de profundidad mientras se entretenía comparando los matices del negro cósmico. Blanco lo felicitó entonces y le dijo: Aquí podremos encontrar algunas cosas interesantes.
Habían transcurrido varios años náuticos desde ese momento. Blanco no se cansaba de recoger muestras de la superficie y Verde de observarlo, a prudente distancia siempre. A veces Verde se cansaba de hacerlo y se dedicaba a fantasear, a viajar con su mente casi perfecta por los más recónditos parajes del universo, pero bien pronto Blanco lo llamaba al orden con su click desesperante y monótono. Entonces Verde aplazaba sus ilusiones y encendía su foquito verde y comenzaba a filmar las tareas de Blanco y éste crujía de satisfacción. Así debe ser siempre --pensaba--, yo recojo y él conserva, yo analizo y el graba. Pero es tan distraído el Verde.
Todo el tiempo del recorrido había sido así. Blanco y Verde sabían ya los secretos de esa parte del cosmos situada en el límite del sistema solar, conocían perfectamente la naturaleza de los asteroides descubiertos en la órbita externa de Plutón, estaban sobre la pista de los extraños cuerpos vistos sobre Deimos y Fobos y pensaban en el retorno a casa, aunque con motivaciones diferentes.
Cuando Verde se ponía pensativo y Blanco le gritaba Click, la imagen ideada por aquél se vestía de nostalgia y se condensaba en el espacio en forma de filme siónico, mostrando el paisaje azul de La Tierra que los vio partir veinte años atrás. Entonces Verde filmaba a Blanco y a su entorno, aunque no dejaba de mirar "por el rabillo del ojo" --como decían los humanos-- la permanencia del paisaje.
Las veces que Verde montaba en cólera y trataba de rebelarse --y casi siempre ocurría cuando su compañero no le dejaba contemplar las formas de la naturaleza desde su perspectiva de poeta--, Blanco dejaba escuchar su click click y algo en el interior de Verde lo llamaba al orden. Entonces Blanco lo inspeccionaba un segundo, como para constatar que todo estaba bajo control, y luego continuaba analizando fragmentos, convencido de que Verde lo seguía filmando y almacenando los datos que le transmitía. Así debía ser siempre --pensaba--, yo recojo y él guarda, yo analizo y él graba.
La roca amarilla parecía un huevo gigantesco y Blanco no había detectado las líneas que semejaban un plano y que se diluían en su superficie. Al levantarse del suelo y apoyarse en la monumental roca, constató la presencia del dibujo y llamó a Verde.
-¡Observa, Verde. Parece un mensaje cifrado, como los animales de Nazca. Grábalo!
Verde observó detenidamente el enrejado de líneas rectas, sinuosas y parabólicas. Se coloreó con el color típico del desconcierto y no pudo articular palabra alguna.
-¿Qué te ocurre? -le preguntó Blanco, intrigado.
Verde miró a Blanco y volvió la mirada sobre la piedra.
-Aquí dice que el hombre estuvo aquí y que decidió continuar el viaje hasta la próxima estrella...
-¡Eso es imposible! -exclamó Blanco-. Todos ellos murieron cuando nosotros salimos.
Pero verde, que era un soñador y un optimista, pensó en la estela brillante que vio dividir en dos el cielo en una de sus noches de expectación y le dijo: El hombre no ha muerto, todavía existe. Y continúa volando, de planeta en planeta, de estrella en estrella. Como siempre.
Blanco y Verde eran un par de roboticos a la deriva, construidos por los técnicos de Ciudad Tayrona a imagen y semejanza de los hombres de entonces.
1.980
lunes 4 de enero de 2010
EL ESCRITOR Y LA MÁQUINA
El escritor se sentó frente a su escritorio de madera tallada y tomó su vieja Remington con decisión. Contempló un instante el panorama del mar que se le metía por la ventana; la brisa impaciente le desordenaba los cabellos y las hojas de papel bond tamaño carta que había comprado el día anterior. Estaba alejado del ruido, en un cuartucho de mala muerte especialmente alquilado en El Cabrero para el disfrute de su soledad ruinosa. Sólo, con el mar y el crujir de la madera vieja.
El escritor tecleó: "El narrador se sentó frente a su escritorio de madera fina y arrimó su entrañable máquina Corona de museo con la idea del cuento ya resuelta en su mente. Contempló un segundo el panorama del mar salvaje que se le metía por la ventana de madera de su refugio playero. La brisa impetuosa le acariciaba el rostro y jugueteaba con las hojas de papel bond oficio que tenía reunidas y pisadas al lado derecho de la máquina. Estaba lejos del ruido. Solo. Con el mar y los recuerdos".
A esta altura del relato sintió la necesidad interior de su personaje y tuvo que dejarlo realizar su plan.
El escritor de la Corona tecleó: "El cuentista estaba sentado frente al mar, en el balcón de su pieza, la número l2 del Hotel Marbella, con la idea definida del cuento que le venía dando vueltas en la cabeza desde hacía dos o tres semanas. Atrajo su manoseada Olivetti de todos los días, contempló por un instante el mar que se le metía a borbotones por los ojos y trató de evitar la brisa que le desordenaba su melena de jipi y que le regaba las hojas de papel periódico que tenía colocadas dentro de la tapa de la máquina, sobre el piso".
A este escritor le ocurrió igual. Sintió que su personaje lo detenía para contar su propia historia.
El escritor de la Olivetti escribió: "El escritor estaba encerrado en su cuarto, frente a la ventana de hojas de bambú de su cabaña marina, tratando de amarrar la brisa que le desordenaba las hojas de papel block. Tomó su trajinada Royal y se dispuso a escribir el cuento de la espiral eterna que le había sugerido Borges en sus Ficciones".
Y lo mismo que el anterior, el cuentista de la Royal también quiso contar su historia, pero se detuvo al mirar que su silueta se centuplicaba, como en un filme, hacia su izquierda y hacia su derecha, alternadamente, en una especie de ballet de formas que se prolongaba hasta el infinito.
El escritor tecleó: "El narrador se sentó frente a su escritorio de madera fina y arrimó su entrañable máquina Corona de museo con la idea del cuento ya resuelta en su mente. Contempló un segundo el panorama del mar salvaje que se le metía por la ventana de madera de su refugio playero. La brisa impetuosa le acariciaba el rostro y jugueteaba con las hojas de papel bond oficio que tenía reunidas y pisadas al lado derecho de la máquina. Estaba lejos del ruido. Solo. Con el mar y los recuerdos".
A esta altura del relato sintió la necesidad interior de su personaje y tuvo que dejarlo realizar su plan.
El escritor de la Corona tecleó: "El cuentista estaba sentado frente al mar, en el balcón de su pieza, la número l2 del Hotel Marbella, con la idea definida del cuento que le venía dando vueltas en la cabeza desde hacía dos o tres semanas. Atrajo su manoseada Olivetti de todos los días, contempló por un instante el mar que se le metía a borbotones por los ojos y trató de evitar la brisa que le desordenaba su melena de jipi y que le regaba las hojas de papel periódico que tenía colocadas dentro de la tapa de la máquina, sobre el piso".
A este escritor le ocurrió igual. Sintió que su personaje lo detenía para contar su propia historia.
El escritor de la Olivetti escribió: "El escritor estaba encerrado en su cuarto, frente a la ventana de hojas de bambú de su cabaña marina, tratando de amarrar la brisa que le desordenaba las hojas de papel block. Tomó su trajinada Royal y se dispuso a escribir el cuento de la espiral eterna que le había sugerido Borges en sus Ficciones".
Y lo mismo que el anterior, el cuentista de la Royal también quiso contar su historia, pero se detuvo al mirar que su silueta se centuplicaba, como en un filme, hacia su izquierda y hacia su derecha, alternadamente, en una especie de ballet de formas que se prolongaba hasta el infinito.
lunes 28 de diciembre de 2009
EL ESCRITOR Y LA VENTANA
El escritor contempló la ventana de enfrente y vio la silueta de una mujer desnuda que pasó rauda a través de la alcoba. La cortina dejaba ver una cama doble con colchón de agua, arreglada y vacía. Y comenzó a esperar, pensando en el tema que buscaba para el relato erótico que debía enviar al periódico.
Al poco rato, la figura de un hombre entrado en años pero de buena apariencia, cruzó en la dirección de la mujer y ésta dejó escapar un no rotundo que al escritor le hizo suponer que se trataba de un diferendo conyugal que tenía como motivación el modo propuesto por el varón para el coito de esa noche.
El escritor esperó un poco y al rato sintió como si le cayera un balde de agua helada encima. Vio a la mujer desnuda en la cama pero sola y con una expresión de mujer complacida, las piernas cruzadas y con sus manos cubriéndose los senos.
El hombre, ahora de espaldas a la ventana, accionaba su cámara tratando de lograr la perspectiva perfecta.
--Así está mejor –le dijo ella--. Nada como una pose natural. Lo que tú
pretendías era morboso, artificial y antiestético.
Montería, 2008
Al poco rato, la figura de un hombre entrado en años pero de buena apariencia, cruzó en la dirección de la mujer y ésta dejó escapar un no rotundo que al escritor le hizo suponer que se trataba de un diferendo conyugal que tenía como motivación el modo propuesto por el varón para el coito de esa noche.
El escritor esperó un poco y al rato sintió como si le cayera un balde de agua helada encima. Vio a la mujer desnuda en la cama pero sola y con una expresión de mujer complacida, las piernas cruzadas y con sus manos cubriéndose los senos.
El hombre, ahora de espaldas a la ventana, accionaba su cámara tratando de lograr la perspectiva perfecta.
--Así está mejor –le dijo ella--. Nada como una pose natural. Lo que tú
pretendías era morboso, artificial y antiestético.
Montería, 2008
sábado 12 de diciembre de 2009
EL NIÑO DIOS
En memoria de Rosa Elena Vélez,
la amorosa y buena mujer que me dio la vida.
Durante la Navidad del año santo de 1950, y cuando apenas tenía ocho años de edad, descubrí que el Niño Dios era una hermosa historia que llevaba la buena intención de convencernos que los regalos de la Navidad no los entregaba el Papá Noel de las películas sino el niño Jesús, que amaba a todos los niños del mundo. Mis amigos mayores de la calle Larga me decían que no era así, que no creyera ese cuento, que el Niño Dios eran los padres de uno y que nos acostáramos pero que nos quedáramos despiertos, con los ojos cerrados durante toda la noche, para que los viéramos ponernos en el cuarto los juguetes bien entrada la madrugada. Y la verdad sea dicha, yo lo intenté una vez pero me quedé dormido y cuando desperté encontré que ya estaban a mi lado el trompo metálico y el clarinete de esas Navidades.
Por lo anterior sucedió que descubrí el misterio pero de otro modo y por mi mamá, que era muy católica y que no hubiera querido que lo desvelara tan temprano. Todo ocurrió así como se los cuento. En la tarde de esa Navidad mi madre me llevó al portal de la Gobernación para ver la Feria de los juguetes con la intención de comprobar cuál de los muchos que había exhibidos en el piso me gustaba. Y a mí me gustó un camioncito de bomberos, de color rojo, que tenía una manguerita enrollada y un par de escaleras metálicas a los lados, como los de verdad que yo observaba al otro lado de la bahía desde el balcón de la playa del Arsenal. Ella, al verme la luz de la ilusión en mis ojos, me dijo: Escríbele la carta al Niño Dios y le pides ese juguete, seguro que él te lo manda.
Mi madre se las ingenió para que el dueño del negocio le envolviera el camioncito en papel periódico mientras yo seguía mirando los demás juguetes en el suelo. Cuando regresé donde ella estaba ya tenía el camioncito envuelto y le pregunté qué era y para quién y ella me respondió que era un regalo que le iba a hacer a un ahijado hijo de una amiga pobre que ella quería mucho. Entonces me cogió de la mano y tomó la ruta de la calle Román hacia el camellón de Los Mártires.
Durante el recorrido no dejé de mirar el envoltorio que llevaba mi mamá debajo de su brazo izquierdo. Al pasar por el Mercado Público le pedí que me comprara un refresco de leche en uno de los kioscos de la entrada y ella accedió. Luego de tomarnos los refrescos, en el instante de pagar al quiosquero, el papel del regalo dejó salir por uno de los pliegues una manguerita exactamente igual a la del carro de bomberos que había visto en la feria de la gobernación y que me había gustado.
--Mami ¿qué es esa manguerita que sale del regalo? –le pregunté.
Mi madre me respondió que era el regalo del ahijado y que la mamá de él le había pedido que le comprara lo que a mí me gustara. Yo no le dije nada más aunque quedé con la duda de porqué el ahijado de ella no le pedía la navidad al Niño Dios, como todos los demás niños.
A la mañana siguiente amaneció en mi cama, a mis pies, el carrito de bomberos que habíamos visto en la feria, con la misma manguerita con la punta partida que le había observado en la refresquería del mercado.
Mi mamá estaba sentada a mi lado sonriente, observando mi reacción por el regalo. Yo lo cogí entre mis manos y después de manosearlo un rato y de aprender cómo se elevaba la escalera, cómo se tocaba la campanita y cómo se desenrollaba la manguera del agua, le dije:
--Mami: Los pelados grandes del barrio dicen que el Niño Dios es el papá de uno, pero como yo no tengo papá, ahora sé que mi Niño Dios eres tú. Porque fuiste tú la que me compró este carrito de bomberos.
A mi madre se le aguaron los ojos, me abrazó y me dijo: “Hijo, es verdad, no es el Niño Dios quien puso los juguetes hoy porque él apenas está recién nacido, es Papá Dios. Él hace, con su infinito amor, que nosotros los padres tengamos la plata para comprarlos”.
Montería, diciembre 10 de 2009
miércoles 9 de diciembre de 2009
EL ABOMINABLE HOMBRE DE LAS NIEVES
En la escarpada cumbre del Kinchinyinga, casi cegado por el brillo del sol reflejado sobre la nieve, el alpinista divisó la presencia de un ser extraño. "El abominable hombre de las nieves", dijo para sí y se dispuso a enfrentarlo. Había leído mucho sobre él y estaba preparado para hacerlo.
El alpinista se detuvo y aligeró su indumentaria. Tomó en sus manos su pistola de rayos láser por simple precaución y se puso los anteojos de contraste para verlo destacar mejor en el contorno blanco. El abominable hombre de las nieves se quitó las escarchas de su rostro barbudo, tomó un libro entre sus manos, una especie de cuaderno de bitácora, y se lo quedó mirando fijamente.
__¿What can I do for you? __le preguntó el alpinista luego de un instante de duda y temor.
El hombre de las nieves examinó al intruso de arriba a abajo y le contestó acremente.
__¡ Yanki son of a bitch, go home!
Entonces el alpinista guardó su arma, recogió sus alforjas y desanduvo el trayecto con soberbia. Primero llegó al monasterio del Karakorum y reprendió a los monjes por no saber nada del hombre de las nieves. Luego diría en una rueda de prensa en Bombay que el mítico personaje no era de este mundo, y finalmente se marcharía con rumbo a Washington. Allí comunicaría a sus superiores del Pentágono que la ciudad subterránea de Shambhala era inexpugnable y que ya nada se podía hacer para conquistarla.
1977
El alpinista se detuvo y aligeró su indumentaria. Tomó en sus manos su pistola de rayos láser por simple precaución y se puso los anteojos de contraste para verlo destacar mejor en el contorno blanco. El abominable hombre de las nieves se quitó las escarchas de su rostro barbudo, tomó un libro entre sus manos, una especie de cuaderno de bitácora, y se lo quedó mirando fijamente.
__¿What can I do for you? __le preguntó el alpinista luego de un instante de duda y temor.
El hombre de las nieves examinó al intruso de arriba a abajo y le contestó acremente.
__¡ Yanki son of a bitch, go home!
Entonces el alpinista guardó su arma, recogió sus alforjas y desanduvo el trayecto con soberbia. Primero llegó al monasterio del Karakorum y reprendió a los monjes por no saber nada del hombre de las nieves. Luego diría en una rueda de prensa en Bombay que el mítico personaje no era de este mundo, y finalmente se marcharía con rumbo a Washington. Allí comunicaría a sus superiores del Pentágono que la ciudad subterránea de Shambhala era inexpugnable y que ya nada se podía hacer para conquistarla.
1977
lunes 23 de noviembre de 2009
EL BOGA Y EL PAPA
Un día de abril de 1964 Montería amaneció con una escultura más. Una escultura que no había sido encargada ni por la Curia ni por el Gobierno local. Y que no tenía la firma de ninguno de los escultores famosos de Cartagena de Indias y de Bogotá, a quienes los voceros del Establecimiento les habían encomendado el busto del patricio conservador Miguel R. Méndez y la estatua del Papa Pío XII.
Ancho de espaldas, de facciones duras, estrecho de caderas, de piernas cortas y apenas cubierto en sus partes pudendas por el taparrabo usual de los canoeros, El Boga fue presentado como un homenaje artístico al pueblo trabajador que había contribuido con su sudor al engrandecimiento de toda la comarca. Su autor, el abogado, poeta, músico, actor, coreógrafo y escultor Guillermo Valencia Salgado, lo había vaciado en cemento en los patios del popular Tigre Pérez, un simpático empleado judicial quien tenía en su casa un taller artístico de fundición y que era amigo de aficiones culturales y de bohemias intelectuales del Compae Goyo.
El día de su inauguración en la avenida 20 de julio, a orillas del Río, estuvieron presentes casi todos los dirigentes del MRL y los profesores del Colegio Atenas. El docente de Historia Eduardo Pastrana fue el encargado de hacer el brindis. Con la parsimonia que le era característica alzó su copa de ron blanco, entrecerró los ojos y brindó porque con ese monumento se abrían las puertas del arte a las aspiraciones estéticas de los trabajadores, puertas que habían sido cerradas con la censura clerical y desmantelamiento de la parodia teatral Vivan los árboles, escrita y llevada a escena por él con los alumnos del colegio nacional José María Córdoba y en la que hacía una crítica al fanatismo y a la intolerancia reinantes en toda la provincia.
Los estudiantes del Atenas y del colegio nacional hacían de espectadores entusiastas y algunas –las quinceañeras-- sonreían con picardía cada vez que le miraban el bulto al boga y constataban que más que una fiel copia de le realidad parecía el deseo de su creador de convertirlo en paradigma de la felicidad. Otros, los aplicados discípulos del profesor de dibujo Antonio Martínez, criticaban las dimensiones descomedidas del tórax y de los hombros y la ostensible pequeñez de las extremidades inferiores.
El Boga duró setenta y dos horas en su base de concreto: una canoa truncada pegada en el centro de una alberca pequeña y rodeada de nenúfares y de algas. Un joven altanero, atrabiliario y fortachón pero de noble cuna, estimulado por el ron anisado que expendían en el cabaret El Palmar y por las palabras del cura Restrepo, dichas en la misa dominical en contra de la escultura (violación aberrante de la estética cristiana basada en el pudor), la destruyó a martillazos y para ello contó no solo con el silencio cómplice de los vigilantes sino de la prensa hablada, que se limitó a decir, al día siguiente, que un artista loco, émulo de Miguel Ángel, le había arrancado con un martillo de diez libras un pedazo a la rodilla, mientras le decía, en medio de su delirio: ¡Habla, corroncho de mierda, habla!.
El domingo siguiente, y en medio del estupor de las beatas de la primera misa, la estatua de mármol del Papa Pío XII amaneció sin la mano derecha. Así había sido decidido en una reunión realizada en el patio del Colegio Atenas el mismo día de la destrucción de El boga y a la cual asistieron los dirigentes más esclarecidos del MRL, los docentes del Colegio, dos o tres comunistas clandestinos y al menos un “maestro sublime” de la incipiente masonería pitagórica del Sinú, en una santa alianza que fue comparada por el padre Mercado con la figura del basilisco que usaba Laureano Gómez para asustar a los conservadores durante los años tenebrosos de la violencia. El visitador médico Maximiliano De la Hoz, famoso por su anticlericalismo, el profesor Nieto y el carpintero Uribe, fueron los encargados de ajustar la cabuya en la diestra de Eugenio Paccelli la noche del sacrilegio. El concejal dueño del jeep pisó el acelerador y la cabuya se puso tensa. Maximiliano le decía: ¡Acelera! ¡Acelera!... que no quede nada en pie de ese papa fascista, convencido de que los pobres de solemnidad anhelaban saborear el placer de la venganza por lo acontecido a la estatua de Valencia Salgado e irían a prorrogar las festividades del 20 de enero para explayar su alegría. El jeep aceleró y aceleró hasta que la mano cedió y la escultura de Su Santidad quedó manca, daño sacrílego que fue apañado por un tallista sacro de apellido Lombana, enviado por la Arquidiócesis de Cartagena de Indias.
Pero no hubo el jolgorio democrático que los catedráticos y amigos del Colegio Atenas deseaban y esperaban que se produjera. Pasó todo lo contrario. La Iglesia organizó una misa campal de desagravio a la que asistió casi toda la comunidad y en ella el señor obispo Pimiento excomulgó de forma innominada a los autores del sacrilegio, a quienes señaló como enemigos de Dios, de la Iglesia, de la Patria y de la civilización occidental. La estatua del Papa, una vez arreglada, fue cambiada de sitio y hoy se la puede admirar en el pórtico del palacio episcopal. El Boga, en cambio, fue arrinconado por decisión de su escultor en el cobertizo parrandero de la finca La nueva ola del abogado Rafael Espinosa, convertido en colgadero por su mucama. Y hoy, al cabo de tantos años, es apenas un pedazo de añoranza en el sentimiento de los intelectuales contestatarios de entonces.
Ancho de espaldas, de facciones duras, estrecho de caderas, de piernas cortas y apenas cubierto en sus partes pudendas por el taparrabo usual de los canoeros, El Boga fue presentado como un homenaje artístico al pueblo trabajador que había contribuido con su sudor al engrandecimiento de toda la comarca. Su autor, el abogado, poeta, músico, actor, coreógrafo y escultor Guillermo Valencia Salgado, lo había vaciado en cemento en los patios del popular Tigre Pérez, un simpático empleado judicial quien tenía en su casa un taller artístico de fundición y que era amigo de aficiones culturales y de bohemias intelectuales del Compae Goyo.
El día de su inauguración en la avenida 20 de julio, a orillas del Río, estuvieron presentes casi todos los dirigentes del MRL y los profesores del Colegio Atenas. El docente de Historia Eduardo Pastrana fue el encargado de hacer el brindis. Con la parsimonia que le era característica alzó su copa de ron blanco, entrecerró los ojos y brindó porque con ese monumento se abrían las puertas del arte a las aspiraciones estéticas de los trabajadores, puertas que habían sido cerradas con la censura clerical y desmantelamiento de la parodia teatral Vivan los árboles, escrita y llevada a escena por él con los alumnos del colegio nacional José María Córdoba y en la que hacía una crítica al fanatismo y a la intolerancia reinantes en toda la provincia.
Los estudiantes del Atenas y del colegio nacional hacían de espectadores entusiastas y algunas –las quinceañeras-- sonreían con picardía cada vez que le miraban el bulto al boga y constataban que más que una fiel copia de le realidad parecía el deseo de su creador de convertirlo en paradigma de la felicidad. Otros, los aplicados discípulos del profesor de dibujo Antonio Martínez, criticaban las dimensiones descomedidas del tórax y de los hombros y la ostensible pequeñez de las extremidades inferiores.
El Boga duró setenta y dos horas en su base de concreto: una canoa truncada pegada en el centro de una alberca pequeña y rodeada de nenúfares y de algas. Un joven altanero, atrabiliario y fortachón pero de noble cuna, estimulado por el ron anisado que expendían en el cabaret El Palmar y por las palabras del cura Restrepo, dichas en la misa dominical en contra de la escultura (violación aberrante de la estética cristiana basada en el pudor), la destruyó a martillazos y para ello contó no solo con el silencio cómplice de los vigilantes sino de la prensa hablada, que se limitó a decir, al día siguiente, que un artista loco, émulo de Miguel Ángel, le había arrancado con un martillo de diez libras un pedazo a la rodilla, mientras le decía, en medio de su delirio: ¡Habla, corroncho de mierda, habla!.
El domingo siguiente, y en medio del estupor de las beatas de la primera misa, la estatua de mármol del Papa Pío XII amaneció sin la mano derecha. Así había sido decidido en una reunión realizada en el patio del Colegio Atenas el mismo día de la destrucción de El boga y a la cual asistieron los dirigentes más esclarecidos del MRL, los docentes del Colegio, dos o tres comunistas clandestinos y al menos un “maestro sublime” de la incipiente masonería pitagórica del Sinú, en una santa alianza que fue comparada por el padre Mercado con la figura del basilisco que usaba Laureano Gómez para asustar a los conservadores durante los años tenebrosos de la violencia. El visitador médico Maximiliano De la Hoz, famoso por su anticlericalismo, el profesor Nieto y el carpintero Uribe, fueron los encargados de ajustar la cabuya en la diestra de Eugenio Paccelli la noche del sacrilegio. El concejal dueño del jeep pisó el acelerador y la cabuya se puso tensa. Maximiliano le decía: ¡Acelera! ¡Acelera!... que no quede nada en pie de ese papa fascista, convencido de que los pobres de solemnidad anhelaban saborear el placer de la venganza por lo acontecido a la estatua de Valencia Salgado e irían a prorrogar las festividades del 20 de enero para explayar su alegría. El jeep aceleró y aceleró hasta que la mano cedió y la escultura de Su Santidad quedó manca, daño sacrílego que fue apañado por un tallista sacro de apellido Lombana, enviado por la Arquidiócesis de Cartagena de Indias.
Pero no hubo el jolgorio democrático que los catedráticos y amigos del Colegio Atenas deseaban y esperaban que se produjera. Pasó todo lo contrario. La Iglesia organizó una misa campal de desagravio a la que asistió casi toda la comunidad y en ella el señor obispo Pimiento excomulgó de forma innominada a los autores del sacrilegio, a quienes señaló como enemigos de Dios, de la Iglesia, de la Patria y de la civilización occidental. La estatua del Papa, una vez arreglada, fue cambiada de sitio y hoy se la puede admirar en el pórtico del palacio episcopal. El Boga, en cambio, fue arrinconado por decisión de su escultor en el cobertizo parrandero de la finca La nueva ola del abogado Rafael Espinosa, convertido en colgadero por su mucama. Y hoy, al cabo de tantos años, es apenas un pedazo de añoranza en el sentimiento de los intelectuales contestatarios de entonces.
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