lunes, 18 de junio de 2012

RAY BRADBURY



Para empezar, esta verdad: los cuentos y novelas de Ray Bradbury  tienen un espacio especial en mi memoria. Y la razón es que nadie como él ha podido plasmar en un relato la tristeza del hombre frente al futuro incierto que le espera, sin necesidad de recurrir a las imágenes truculentas y terroríficas de algunas corrientes modernas de la ciencia-ficción. Cuentos como Vendrán lluvias suaves y El peatón son suficientes para hacernos entender que el hombre está condenado a la extinción si persiste en su afán de acabar con la naturaleza -que es su madre- en aras del progreso de los hornos y de las turbinas. En el primero de esos cuentos, una casa inteligente que subsiste después de un cataclismo, sigue sirviendo a sus huéspedes ya muertos como si nada hubiera ocurrido, hasta que un incendio la destruye. En el segundo, un escritor -el último peatón de una ciudad deshabitada- es descubierto por un carro policía automático y llevado a un centro siquiátrico para curarle sus “tendencias regresivas”, que por tales entiende las de escribir y las de pasear para coger el aire de las calles solitarias. O las Crónicas Marcianas, una colección de relatos elegíacos en los que Bradbury reafirma su esperanza de salvación de la vida humana muy a pesar de la destrucción de La Tierra y en los cuales Marte es un símbolo del cual se vale al autor para mostrarnos todo lo bello y bueno que perdimos en nuestro planeta. 
Pero la joya de la corona es tal vez Fahrenheit 451, novela en la que Bradbury nos previene del poder alienante y desorientador de los medios de  comunicación -lo que hoy es una realidad-  y  del papel nefasto de los fundamentalismos ideológicos y de los totalitarismos políticos, hoy de sobra conocido. Montag, el personaje –“uno de los tipos más puros de la literatura universal” según Charles Dobzinky-, descubre que leer y memorizar libros es mucho mejor que quemarlos porque en cada uno de ellos hay alguien que dedicó parte de sus sueños y de sus energías para escribirlos y porque en sus palabras tiene que haber algo para que una mujer se deje quemar viva por el delito de poseerlos. Y Montag cambia de bando y se une a los perseguidos del sistema, todos ellos conservadores en el mejor sentido de la palabra, de las obras clásicas de la literatura y del pensamiento.
La ciencia-ficción tiene dos líneas aparentemente antagónicas: la distopía (mostrar un futuro nada bueno para la especie humana) y la utopía (que propone todo lo contrario). Bradbury tiene el mérito de haber superado esos límites otrora rígidos del género y haber optado por su combinación.  Por eso en su obra, al tiempo que el hombre enfrenta realidades desconcertantes y apabullantes, siempre hay una salida. Como lo dice uno de los personajes de Fahrenheit 451: “eso es lo maravilloso del hombre; nunca se descorazona o disgusta tanto como para no empezar de nuevo”. Además del lenguaje poético y de la fantasía desbordante que hay en varios de sus relatos (Las doradas manzanas del sol y Calidoscopio, por ejemplo), ese optimismo humanista es uno de sus grandes aportes al género y una de sus enseñanzas a sus discípulos. Con él aprendimos que el peor de los futuros posibles no puede cerrarnos las puertas de la esperanza; esa esperanza bradburiana que transita por todos mis libros de cuentos y poemas, empezando por Glitza y que es el gran mensaje de mi novela Los nuevos iniciados. Por eso, perdónenme si les digo que en Colombia nadie como yo ha lamentado tanto su muerte.

Antonio Mora Vélez.


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