jueves, 9 de diciembre de 2010

EL ÚLTIMO PASEO

I
Mi osamenta está atada con una cuerda a una lata de cemento que aparece cubierta por la arena del fondo de la bahía. Los peces que se comieron mi carne desde el mismo momento en el que mis secuestradores arrojaron mi cuerpo ya sin vida al mar, aún merodean por mi alrededor como si esperaran verlo de nuevo cubierto con mis encantos de reina. Mis sueños truncados también miran esos restos pero vestidos de fandanguera, con unas polleras con canesú y una blusa con cuello de campana, bailando alegre el fandango por las calles de la ciudad tras la banda de viento y haciendo parte del gran torrente de las fiestas patronales de ese año. Y la ceremonia de coronación en el fastuoso Club Social, sentada en un trono y con una decoración de fantasía que me parecía como si estuviera en el reinado nacional de la belleza.

Mi alma aún se resiste a volar hacia el mundo de las almas, a acompañar a los otros muertos que han sido aserrados y enterrados en las fincas de los asesinos y permanece aquí, anclada en esta posta del camino, no lamentándose de la muerte sino de las oportunidades que perdió con ella en apenas unos momentos de equivocación. Y se resiste a irse también porque no se repone del horror vivido y aguarda a que nuestras familias encuentren nuestros restos, el mío y el de mi amiga y condiscípula y el de los dos jóvenes turistas que nos invitaron a un paseo de playa ese domingo nefasto sin saber que los asesinos los estaban esperando, porque para algo los asesinos tienen ojos y oídos en todas las oficinas y en los taxis y en los parques de la pequeña ciudad.

Ese día mi amiga me dijo que le “hiciera el cuarto” en un día de playa con ellos, dos chicos atractivos y lo más de simpáticos que estaban recién llegados de la capital y que querían conocer el mar y el ambiente del Caribe. Me dijo que ella no sabía quiénes eran, que acababa de conocerlos pero que tenían una pinta de ser jóvenes con buenos ingresos y buenas costumbres. Yo le dije al principio que no me gustaba el lugar que ellos querían visitar porque sabía que era una región en la que los llamados paramilitares se habían apoderado de las mejores tierras y de los organismos del estado y hacían la ley con sus armas por encima de la timorata presencia de los funcionarios del gobierno. Pero ella me calmó diciéndome que no me preocupara, que los muchachos nada tenían que ver con política y que más bien parecían periodistas interesados en escribir sobre las bellezas naturales de nuestra provincia.

II
- Yo estudio Licenciatura en Español y Literatura –le dije al más joven de los dos. Íbamos rumbo a la playa en un campero que nos dijeron les habían prestado para el paseo. Ernesto –que así se llamaba—se había vestido con bermudas, camiseta y zapatos tenis y una gorra de un equipo de béisbol de las Grandes Ligas.

- Vas a ser una profesora con éxito porque además de inteligente eres hermosa y los estudiantes se van a enamorar de ti—me dijo.

- Ella fue la reina de la semana cultural de la universidad—dijo mi amiga, como para corroborar la afirmación de Ernesto.

El campero devoró la distancia de la ciudad a la playa y en menos de una hora estábamos contemplando el mar de Las Carabelas y las cabañas de veraneo construidas por adinerados del interior del país para pasar las temporadas de semana santa y de fin de año. Antes disfrutamos el paisaje de las arboledas y de las haciendas hermosas y prósperas que vimos al lado y lado de la carretera; sus casas que parecían hoteles de cinco estrellas y sus corrales llenos de ganado fino de exportación.

En el poblado había hoteles, llamados de mala muerte, que servían para guardar la ropa y si se quería, pasar una noche incómoda. En uno de esos hoteles nos alojamos, en una pieza que carecía de ventilador y que tenía una ventanita que daba para un patio enmontado y una cama de tablas apenas cubierta por una colchoneta de poco grosor, sin sábanas, y una mesa de noche descolorida y rota.

- Eso es lo que hay—nos dijo un morocho mal trajeado que hizo las veces de recepcionista. Dejamos la ropa de calle en la habitación y salimos con tanga e hilo dental a disfrutar del mar y del sol. La mañana estaba tachonada por unos nubarrones que sombreaban la playa y en el agua no había muchos bañistas. Por la orilla aún no aparecía el desfile de vendedores de flotadores y mariscos, ni de negras ofreciendo trenzar el cabello de las turistas, pero en el quiosco bar de enfrente empezó a sonar un disco de “salsa” que me hizo evocar los días del reinado y la alegría de la fiesta de camisetas mojadas que organizamos con Marta – la coordinadora del reinado-- en la discoteca La Pagoda y en la cual mi novio recién llegado de la Escuela de Medicina –hermosura de gesto—colaboró en la taquilla.

Por esos días soñaba con un contrato de modelaje en la capital y la representación de la provincia en el reinado del Corozo, cuya franquicia había conseguido Marta para nuestra semana cultural, y con la promesa de matrimonio de mi novio casi médico, de buena familia y con mi título de licenciada en Español y Literatura que estaba próximo a recibir. De ese modo --pensaba—le cumplo a mis padres y empiezo a labrarme el futuro profesional que ellos deseaban. Pero pudo más la tentación de un domingo de playa con amigos y unas cuantas cervezas que la prudencia y el debido respeto al novio que estaba a doscientos kilómetros de distancia haciendo su caminata dominical por la avenida de la playa. Aunque él me había dicho que me divirtiera cuando tuviera la oportunidad de hacerlo y yo no tenía la intención de hacer nada malo con los cachacos.
Todo marchaba bien hasta que el repetitivo y lento transitar de una Trooper por nuestro pedazo de playa empezó a decirle a los moradores que algo malo iba a pasar esa mañana en Las Carabelas. A la tercera pasada, Ernesto le dijo a su compañero, que tenía entre sus brazos a mi amiga: ¡Nos descubrieron!

--Tenemos que montar en el campero y salir ya del pueblo –me dijo enseguida.

--¿Qué pasa? – pregunté asustada.

--¡Salgamos de aquí! Después te explico–me contestó.

Siguiendo sus instrucciones salimos sin prisa y sin mirar hacia la camioneta en movimiento, como si fuéramos a comprar algo en el quiosco pero seguimos derecho hacia la puerta de la pieza en donde estaba parqueado el campero. Y no entramos por la ropa y los zapatos sino que montamos en el vehículo y arrancamos con rumbo a la carretera de salida del pueblo.

--Nosotros somos de la Fiscalía y estamos tras la pista de los autores de la masacre de Pasacaballo.

-- Los de la Trooper han estado pasando y mirándonos desde hace ratos y no nos cabe duda de que ellos son y que ya saben de nuestro objetivo en este lugar –nos aclaró el otro cuando encendía el campero.

--¿Y porqué carajo no nos dijeron quiénes eran ustedes y a qué venían? –les grité airada mientras doblábamos la esquina final del pueblo y tomábamos la carretera.

Ernesto y su compañero guardaron silencio y miraban ansiosos hacia atrás, buscando la presencia de la Trooper. Pero no estaba detrás de nosotros sino adelante, esperándonos. El joven detective, al notarlo, aminoró la velocidad pensando en salir de la carretera y entrar al pueblo por otra calle pero fue inútil, la calle estaba también taponada por otra camioneta. Entonces miró hacia atrás, pensando en devolverse y vio que una Ranger se atravesaba en la mitad de la vía.

- Bajémonos y tratemos de huir por entre el manglar –dijo Ernesto. Los manglares estaban al lado del pueblo, carretera de por medio.

-¡Yo me quedo, nosotras no tenemos velas en este entierro! – dije yo -. El asunto es con ustedes.

Mi amiga no dijo nada, me miró con cara de no estar de acuerdo pero no se movió de su puesto. Estaba paralizada por el miedo porque sabía, lo que me dijo poco antes de la muerte, que nosotras también íbamos a correr la misma suerte de los detectives. Los tres vehículos de los bandidos se fueron acercando hacia nosotras mientras Ernesto y su compañero trataban de meterse en el manglar para salvarse, desesperada acción que bien pronto fue cortada por los perseguidores con un helicóptero y varios francotiradores que empezaron a dispararles desde todas partes.

III
La finca está ubicada a pocos kilómetros del lugar del secuestro y más parece un hotel de turismo que una guarida de asesinos sin entrañas. El mar está al frente, después de la carretera y de un par de cabañas; y se puede acceder a él por un camino empedrado que los bandidos le quitaron a los vecinos, quienes hacía meses habían abandonado el lugar. Los cuatro fuimos arrojados, después de la golpiza, en una cabaña de dos habitaciones con un salón de entrada en el que quedaban la sala y la cocina, divididas por una mesa tablón que servía de comedor. Las piezas tenían aire acondicionado, dos abanicos, un baño situado entre las dos habitaciones y una terraza para disfrutar de la brisa marinera en una hamaca. En comparación con la pieza del hotelucho estábamos más cómodos, pero en la antesala del infierno del Dante y en modo alguno de ese cielo que Dios nos tiene prometido según Santa Teresa. Mi amiga y yo estábamos en una pieza y los dos detectives en la otra. Como si nuestros secuestradores hubieran tenido la intención de evitarnos el acoso sexual de nuestros compañeros de aventura o la de impedirles a éstos el último polvo de sus vidas, una especie de consuelo erótico a las puertas de la muerte que hubiéramos accedido a brindarles si los criminales no lo hubieran impedido con su morbo perverso y sus deseos de violarnos antes de matarnos.

-¡Ni de vainas vamos a permitir que se las coman!—dijo uno de los bandidos.

- La que fue reina se manda un culo espectacular y es mía–dijo el jefe.

- La otra no está tan mal, con las tetas me conformo –dijo el moreno de barbas.

Yo vestía un hilo dental que dejaba al descubierto mis hermosos glúteos de mulata, mi vientre parejo y mis piernas torneadas, sin celulitis. Mi amiga tenía una tanga que le hacía ver más interesante los gorditos de sus caderas y un brasier de copa pequeña que le aumentaba el tamaño de sus senos.

- Pero acabemos primero con los hijueputas de la Fiscalía –dijo el jefe.

Y diciendo y haciendo. Los sacaron de la habitación y se los llevaron a un lugar cerca desde el cual pudimos escuchar los gritos de dolor de nuestros amigos por las torturas.

-¿Quiénes son ustedes? – preguntaba el jefe. Y ordenaba les aplicaran sendas quemaduras con cigarrillo en el pecho.

- Nosotros somos turistas y nos levantamos a ese par de viejas para pasarlo bien - decían.

Y cada vez que ellos negaban ser lo que eran, les aplicaban una tortura diferente, cada vez más cruel, y los insultaban diciéndoles que eran unos sapos hijos de perra, unos malparidos aliados del terrorismo, unos detectives cabrones y que ellos los esperaban porque ya estaban avisados desde la capital por los amigos que estaban infiltrados en la Fiscalía y que rezaran todo lo que supieran porque les quedaban apenas unos minutos de vida.

- Y no va a quedar rastro alguno de ustedes –le agregó el jefe-, porque los vamos a hacer picadillos con esta motosierra y los vamos a echar en la ciénaga como alimento de las babillas.

- Tengan piedad, señores—dijo en un momento de desesperación Ernesto-

- Nosotros somos simples empleados del gobierno que cumplimos órdenes porque tenemos que ganarnos la vida.

-¡Aquí en esta tierra el gobierno somos nosotros! - dijo el jefe. Y los aserraron vivos, un acto de crueldad y demencia espeluznante nunca visto en el mundo y gozando con los desgarradores gritos de dolor que nosotras escuchamos en la cabaña de reclusión, petrificadas por el horror, junto con los insultos de los bandidos: detectives hijueputas, idiotas útiles del terrorismo, nosotros somos los defensores de la democracia, por algo contamos con el respaldo del jefe político de la provincia y el apoyo logístico del teniente de carabineros. Y dándoles vivas al partido nacional que ellos formarían y para lo cual estaban convocando a los senadores, diputados, concejales y funcionarios que se identificaran con sus propósitos y con el cual –según decían-- refundarían el país para evitar que la guerrilla terrorista o sus idiotas útiles de la izquierda legal se tomaran el poder.

Luego del aquelarre sangriento, arrojaron a nuestros amigos, en trozos de cinco y siete libras, en la ciénaga vecina para alimento de las babillas. Y se dedicaron a beber wisky, a escuchar tangos y rancheras y a darle vivas al presidente, hasta quedar completamente borrachos.

IV
Como a las once de la noche, el jefe –todavía bajo los efectos del alcohol—irrumpió en nuestra habitación. Me señaló y me dijo:

-¡Quítese el hilo dental y abra las piernas!-. Yo lo miré con odio y le dije que mi sexo era para mi novio que ya estaba próximo a ser médico y para nadie más.

- Pues se va a quedar con las ganas porque o me lo da o se muere - me respondió. Y se abalanzó sobre mí, me sujetó las manos y trató con sus piernas de abrir las mías y yo las apreté lo más que pude. Como no logró separar mis piernas me pegó una bofetada y yo aproveché para arañarle la cara. ¡Perra hijueputa!, me gritó. Y sacó la pistola que tenía detrás y me la puso en el pecho.

-¡O abres las piernas ya o te mueres! - Mi amiga, arrinconada y vencida por el pánico, me gritó que las abriera y que me salvara. Pero yo estaba decidida a morir antes que tener sexo con semejante basura, además, sabía ya que de todos modos nos iban a matar para que no quedara rastro del horrible asesinato de los dos detectives.

-¡Cómete a tu madre, asesino malparido –le grité y traté de golpearle los testículos con mi rodilla derecha pero le di en las nalgas. El jefe se enfureció, accionó la pistola y me destrozó el corazón. Y ante la mirada atónita de mi amiga, como si nada, me quitó el hilo dental, me abrió las piernas y me examinó la vulva.

-¡Qué lástima¡ –dijo-. Tiene una buena crica y bien apretadita, hubiera sido un buen polvo, con seguridad.

-¡Monstruo! - le gritó mi amiga y se desmayó.

Despertó a los pocos minutos cuando sintió que la penetraba sin amor un matón de barbas. Trató de defender su honra empujándolo pero el matón era un gigante para ella. Y no solo sació su instinto y sus ganas sino que le disparó en la frente justo en el momento en el que eyaculaba para que de ese modo –diría a sus compinches poco después—el espasmo de la muerte en la vagina de mi amiga le apretara el pene.

V

A nosotras no nos hicieron pedazos con la motosierra, nos metieron en unas bolsas de plástico, nos amarraron a los pies con cabuyas, sendas latas llenas de cemento y nos embarcaron en una de las lanchas de pesca que tenían fondeadas en la playa.

- Vamos a darle de comer a los peces –dijo el jefe a los demás facinerosos. Y todos rieron. Y se hicieron a la mar, bien lejos de la costa. Un yate de la guardia marina los observaba a distancia y su capitán pudo ver cuando arrojaron las dos bolsas al agua de la bahía.

- No están enviando mercancía sino arrojando basura –dijo el capitán de la patrulla. Y ordenó la marcha hacia el puerto.

Las almas de las víctimas que llegaron después a nuestro encuentro nos contaron que esa noche, una vez cumplieron su faena, los paramilitares de Las Carabelas se dedicaron a beber Swing y Buchanan 16 años para festejar la derrota que le habían infligido a la Fiscalía y que a esa francachela macabra con orquesta del exterior y putas negras incluidas, habían asistido el teniente, el diputado, dos o tres ricachones y el alcalde, todos ellos implicados en la investigación de la masacre, y que al entrar el diputado al palacete de la fiesta le preguntó al jefe.

--¿Qué hay de nuevo, comandante?

Y que el jefe paramilitar le contestó.

--Aquí, defendiendo la democracia, compadre.

Sincelejo, 2007.

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