domingo, 17 de mayo de 2015


EL ESCRITOR Y LA JINETERA

 

 

   Ese día anterior al del retorno a su país, y luego de hacer las maletas, el veterano escritor se acostó en la cama, sintonizó la radio Reloj y se dedicó a repasar las experiencias de cinco días de reuniones con colegas de la Isla y de otros países hablando de literatura, recordando sus palabras en el panel en el que participó en el Centro Cultural Guillén y sus caminatas por las calles de La Habana, tratando de identificar  las que fueron descritas por Cabrera Infante en su novela La Habana para un infante difunto…  Minutos después cambió de emisora para escuchar música, mirando el techo del segundo piso de la vieja pero cómoda mansión del barrio El Vedado de La Habana en la que se encontraba hospedado y que sus dueños –una economista de nombre Marcela y su esposo, un chef especialista en postres y tortas- habían convertido en casa-hotel para turistas pero sin servicio de alimentación.

   Hacia las doce del meridiano el escritor pensó  en su almuerzo    Decidió entonces salir a buscar un restaurante y de paso respirar el aire marino de las calles habaneras y le pidió a Fernando, un pensionado ex conductor de “guagua”, dueño de un coche negro con muchos años de viaje y quien vivía en un piso vecino, el favor de que lo llevara al paladar de la avenida G que le había recomendado Marcela y que estaba  en el amplio garaje de una de las mansiones de El Vedado que aún conserva la imponencia, la belleza y la sana armazón de sus mejores épocas.

   Fernando, quien ya lo había llevado a bajo costo a varios sitios turísticos de la ciudad, le dijo  que esperara un rato mientras le ajustaba una bujía al motor de su viejo Oldsmobile 58.

   -Creo que queda en una esquina de la Avenida de Los Presidentes pero no recuerdo cuál- le dijo al salir y el conductor dobló por la siguiente calle para regresar por la vía arteria denominada Línea y continuar hacia el amplio y hermoso bulevar que termina en el Malecón, frente al mar, a pocos metros de ese edificio en forma de templo evangélico en donde están las oficinas de la Casa de las Américas.

   -Lo que sí sé es que está a  pocas cuadras del Centro Guillén-agregó el sexagenario escritor.

   Fernando siguió sus instrucciones y cruzó la Avenida de Los presidentes, también llamada G, dobló hacia la calle 11 y comenzó a buscar la esquina en donde el escritor creía quedaba el citado paladar. Pasaron por los cruces de G con 13, con 15, con 17, con 19 (curiosamente las calles se numeran evitando los números pares) y no encontraron el mentado restaurante privado que su hospedera le dijo era de propiedad de uno de los accionistas de una compañía de turismo española.

   -Oye chico, no sigamos dando vueltas y vámonos a una Paladar, muy barata y buenísima- dijo el conductor luego de la infructuosa búsqueda. Dobló entonces por la calle 19 y siguió derecho hacia la zona comercial y hotelera de la ciudad pasando por las esquinas de las calles G hasta la M. Durante el recorrido pudo nuestro escritor contemplar la variada arquitectura habanera y constatar que el tiempo parecía haberse detenido en muchas de esas calles, que sus mansiones y palacetes se veían como partes de un museo en vivo que guardaba los recuerdos de la señorial Habana de los años cincuenta.

   Una vez llegaron al lugar pensado para el almuerzo por Fernando, éste aparcó su “cacharrito” en una amplia bahía de arena y condujo al escritor a la casa de una mujer que ofrecía alimentación a turistas del tercer mundo.

    A esa hora del día, Línea tenía pocos vehículos en circulación y casi ningún transeúnte. La Habana era una ciudad solitaria y nuestro personaje dedujo entonces que la causa era que todo el mundo almorzaba en su lugar de trabajo.

   Al llegar al paladar situado en la parte trasera de una vetusta casona que había perdido parte de la cancela de la entrada, entraron por un corto y angosto corredor cercado con arbustos y encontraron, en lo que parecía ser la antesala de la residencia familiar, a un par de mulatas jóvenes que departían alegremente y escuchaban música por la radio.

      Ya en la antesala, que más bien era un amplio corredor cubierto con el alar del techo, Fernando entró en materia con la dueña.

   -Tía: Aquí le traigo a un socio colombiano para que me lo atienda bien…

   -Recomendado por usted, Fernán, delo por seguro -le contestó la mujer morena, cincuentona, bajita, gordita y con pocos encantos.

   Enseguida se dieron un abrazo e intercambiaron unas cuantas palabras sobre sus rutinas de familia y de trabajo, dando a entender que entre ambos había más de una razón para sentirse solidarios en sus afanes de todos los días. 

    Antes de despedirse de su amiga, Fernando le indicó a nuestro personaje la forma de regresar a pie a la casa-hotel de Marcela y se marchó con dirección a su automóvil. La dueña del paladar, de nombre Odalys, lo vio partir y luego invitó al escritor a que entrara en la salita que tenía destinada para el negocio y en la cual había, además de las dos mesas con sus sillas, un abanico de pedestal que sonaba como una matraca y una ventana por donde entraban la claridad del día y la brisa del mar.

   -Hoy tenemos solamente arroz con frijolito negro, pollo deshuesado, boniato, ensalada de tomate verde y cebolla y chicharritas- le dijo.  Y qué son las chicharritas, preguntó Guillermo. Unas tajaditas redondas de banano verde… ¿Y qué es el boniato? Un tubérculo como la malanga pero dulce y más pequeño. ¿Y cuánto vale todo eso? Cinco cucs.

   -Está bien, sírvame cuanto antes por favor que ya se me pasó la hora del almuerzo –dijo Guillermo (era la una en punto) y recordó que en el Paladar del español la cena de arroz blanco con pescado, papa al vapor, ensalada verde, dulce y jugo de guayaba, le había costado diez cucs.  

   Se dispuso entonces a leer lo que alcanzara de la antología de cuentos titulada Hijos de Korad, que había comprado en la Feria del Libro. Y comenzó por el cuento Detector de intrusos de Yoss en el que dos personajes, Karlo y Karla, se van a la cama apenas conociéndose, impulsados por la idea de haber sido amantes en otro de los mundos paralelos que existen en el multiverso. Pero no alcanzó a leer mucho  porque a cada rato las mulatas de la entrada le llamaban la atención con sus risas y sus caminatas de exhibición, contoneando las caderas con sandunguería, y también porque más rápido de lo que pensó, apenas el tiempo necesario para calentar la comida,  Odalys fue sirviendo uno a uno cinco platos: el primero con el arroz  y los populares frijolitos negros, el segundo con el pollo deshuesado, el tercero con cuatro pedazos de boniato,  el cuarto con la ensalada y el quinto lleno de chicharritas, en cantidades tales que le hicieron exclamar:

   -¡Señora, por Dios. Yo no me como todo eso…!

   -Bueno, caballero, eso es lo que se sirve aquí por los cinco cucs que le dije…ahora que si es mucho, lo que no le quepa lo deja…no faltará quien se lo coma.

   Guillermo puso entonces la antología al lado derecho de la mesa, recostada a la pared, miró hacia la antesala de la residencia, vio a las jóvenes mulatas practicando un pase de reguetón y sin segundas intenciones le pidió a Odalys que invitara a la más espigada a que lo acompañara a almorzar y le ayudara con todo esa comida servida…

   Odalys sonrió y se dirigió al lugar en el que las muchachas movían con sabrosura las caderas, como las movía la Sabrosona del célebre son montuno grabado por Roberto Faz por los años cincuenta. Le transmitió el mensaje a la señalada por el comensal y ella, como si lo hubiera ensayado varias veces, caminó hacia el comedor con la elegancia de una modelo en pasarela y se sentó a la mesa, regalándole una sonrisa que era más que un coqueteo de presentación, un gesto de gratitud por la invitación.

   La chica le pidió a Odalys los platos y los cubiertos y esperó a que su anfitrión le dijera qué podía compartir de su comida. Y él le dijo que la mitad de todo y ella, con buenos modales  tomó de cada uno de los servicios lo que  creyó necesario, acomodó las porciones en los platos que había solicitado. Y empezaron a comer.

       El pollo guisado en hilachas y adobado con ají dulce y cebolla picada, estaba delicioso; lo mismo el boniato cocido -que resultó ser nuestra batata- y también el arroz con frijolitos, y en especial las crocantes chicharritas, no así la ensalada, a la que le hacían falta los sabores del limón o del vinagre, un punto de sal y dos vegetales más, como por ejemplo, el pepino y la lechuga. 

   Después de haber comido dos o tres porciones e intercambiado unas cuantas miradas y sonrisas, Guillermo le preguntó en qué trabajaba y ella le respondió que no trabajaba sino que estudiaba inglés en un instituto. ..”Usted sabe, por el turismo y la oportunidad de ser guía, bien con el Estado o por la izquierda”…Luego de que le aclarara que la expresión “por la izquierda” quería decir, de forma particular, por fuera del Estado, le preguntó cómo se llamaba y le contestó que Yanieska…

   -Un nombre ruso, como muchos que he escuchado en la Isla…  ¿Señor y usted cómo se llama y de dónde es?... Me llamo Guillermo y soy de Colombia, más exactamente de su región caribe… ¿Y en qué plan usted vino a Cuba? Vine como panelista invitado a la Feria Internacional del Libro...  

   La joven de piel morena observó detenidamente el rostro rosado y con algunas arrugas y el cabello cenizo y ralo del señor entrado en años que tenía delante de ella y sonrió.

   -Usted se ve de lejos que es un filtro y un abuelo muy querido.

   Guillermo no entendió lo que le quiso decir con la palabra “filtro”  (luego sabría que era sinónimo de intelectual) y optó por responderle que era escritor y que tenía dos nietas muy lindas…

   -¿Y vive con su esposa? Sí, pero ella se quedó en Colombia...

   Yanieska suspendió la ingesta de un trozo de boniato que se llevaba a la boca con el tenedor, lo miró con picardía, sonrió y le dijo, despacio, como si quisiera recalcar cada palabra:

   -Pero ahora usted está solito en La Habana, hablando con una mulata joven también sola y que no tiene nada qué hacer esta noche… ¿Cómo le cae?

   La insinuación no pudo ser más directa y él la miró y vio en el brillo de sus ojos no la pasión sino la oportunidad de una noche productiva, tal vez lo suficiente para comprar varias prendas de mujer en alguna de las “turistiendas” del centro habanero.

   -Así es la vida, no estaba en mis planes venir a almorzar a este paladar ni mucho menos conocerte…

   Odalys encendió en ese momento su radio y en la emisora sonaba el chá-chá-chá Rico vacilón que nuestro personaje bailó tantas veces en su juventud.  Viendo Yanieska que su “filtro” movía el torso siguiendo el ritmo de la música y que repetía la letra haciendo dúo con el cantante, le preguntó mientras movía sus hombros con coquetería y sabor.

   -¿Y ya echaste un pasillito con una cubana?  Aquí no, en Colombia sí, con una escritora joven de nombre Yanelis que estaba de visita y bailó toda una noche conmigo en una taberna salsera de Cartagena… O sea que te gusta la gozadera, sabes bailar y no tienes con quién– le concluyó la joven, sin poder ocultar la alegría que le produjo el saberlo. Y él le respondió que sí, que le gustaba bailar y que era un gran aficionado a la música cubana desde los tiempos en que escuchaba en su pequeño radio de onda corta los programas musicales en vivo de la Radio Progreso.

   -Entonces vayamos a bailar esta noche al Malecón…hay unos sitios con buena música, buena comida y un buen ron, especiales para “yumas”. (¿Yumas?) Sí chico, así le decimos a los turistas latinos -le aclaró sonriente.

    A estas alturas del relato ya nuestro escritor y creo que ustedes también, sospechaba que la joven Yanieska era una de las llamadas jineteras que merodean por los hoteles y paladares de La Habana en busca de clientes. Y guardó silencio un par de minutos que ocupó en pensar, mientras avanzaba con la comida, en los sueños de reivindicación de la mujer de los primeros años de la gesta heroica y en cuentos magistrales como Tiempo de cambio de Manuel Cofiño, que reflejaban esa nueva visión de la vida.  

   -Se ha quedado usted callado… ¿No le gusta la idea del baile? Bueno, la verdad sí, pero ocurre que yo no vine solo a Cuba, vine con un amigo también colombiano que se hospedó en una casa-hotel vecina a la mía y me gustaría que fuéramos con él, porque solo, para serte franco, no querría ir.

    Yanieska recibió esa respuesta con algo de desconcierto, bajó la cabeza como avergonzada y le dedicó unos minutos a la comida, pensando tal vez en lo difícil que resultaba convencer a un viejo resabiado y en tierra extraña.  Luego se repuso de su turbación y atacó de nuevo preguntándole si su amigo era joven y él le respondió que era menor que él, “es un cincuentón” le dijo. ¿Y es blanquito y delgado así como tú? No. Tiene tu color de piel y es más alto y más acuerpado que yo. Bueno, dígale entonces que le tengo una mulata de fuego que lo va a poner a gozar esta noche…que cancele cualquier otro compromiso que seguro no va ser mejor que éste…

   La joven jinetera lo miró, esta vez con picardía y le preguntó al tiempo que recogía la última porción de pollo que quedaba sobre su plato: ¿Usted nunca se ha acostado con una cubana? Para serte sincero, no. Bien, entonces prepárese porque esta noche es la primera –concluyó ella.

   Y entonces la duda se le convirtió en preocupación porque en sus planes no estaba acostarse con una jinetera; pensaba en lo ridículo que se vería con su cuerpo envejecido frente a la escultural belleza de la mulata. Y principalmente por el temor al Sida, la enfermedad que lo pondría en la ruta del olvido si la mala suerte lo arropaba con su manto.

   Yanieska, al notar su desconcierto le dijo enseguida, para justificar su actitud: Después del baile no nos vamos a sentar en un escaño del parque como dos noviecitos, a agarrarnos de las manos y a besarnos; si es así, como decimos en Cuba, no sirvió. Tenemos que ir a algún sitio a dormir y a hacer el amor siquiera un par de veces…a tu hotel, por ejemplo.

    Frente a la contundencia de la argumentación el escritor guardó silencio un rato y disimuló terminando con el resto del pollo y del arroz, luego la miró y le dije: esto está delicioso. Ella volvió a preguntar pero con la mirada, un arqueo de cejas y un fruncimiento de labios que parecían decirle, como en la vieja guaracha de Daniel Santos: ¿Y qué mi socio? ¿Y qué mi hermano? lo que lo obligó a buscar una respuesta convincente. 

   -Lo que pasa es que estoy hospedado en una casa de familia y no creo que me acepten ese tipo de visitas. ¡Claro que sí mi amigo, ellos son cubanos y saben que estoy en la lucha! –ripostó ella inmediatamente-, las casas autorizadas para prestar el servicio de hotel tienen que aceptarle al turista la visita que él quiera. Si tú me das la dirección yo llego a la hora que me digas…Pero en este caso es diferente porque yo soy amigo de la dueña y además tiene un hijo adolescente, y me da pena, mejor vamos a un lugar que tú escojas, a tu piso por ejemplo -le replicó sin estar convencido de lo que decía.

   Odalys, quien había estado escuchando en la sala, notó la inseguridad del viejo y la debilidad de sus argumentos y se introdujo en la conversación:

   -¡Chica, muéstrale lo que tienes para que el hombre vea de lo que se pierde si no se decide!

   Y la estudiante de inglés, como si siguiera un libreto, se levantó de su silla, comenzó a mover su cuerpo con la voluptuosidad de una bailarina de cabaret, a desabrocharse la blusa para que le viera sus senos bien erectos que eran como dos peras de color miel y a bajarse el jean hasta la altura del deseo para que le contemplara su espectacular cola bantú,  su vientre de gimnasta  y el abultado lugar del placer que le ofrecía en ese momento por obra y gracia de la casualidad.

   En ese instante desfilaron por su mente las imágenes de su juventud con todo su caudal de ilusiones políticas y sintió pesar por ver a una chica con esa belleza y buenos modales, convertida en jinetera; pero más le dolió constatar que la venta de sexo seguía existiendo en Cuba a pesar de los cambios, pero que las mujeres que lo hacían tenían otro nombre gracias a esa manera peculiar del cubano para manejar los eufemismos. Entonces la contempló de arriba a abajo, como si estuviera frente a la estatua viva de una orischa implorándole la protección de sus poderes ancestrales y le dijo:

   -Eres preciosa. Tu cuerpo parece haber sido tallado por algún dios yoruba y tus ojos tienen el embrujo del mar Caribe… Vaya, caballero, me resultó poeta el señor…-le interrumpió Yanieska. Y soltó una risotada al tiempo que se arreglaba sus prendas de vestir y se sentaba a la mesa nuevamente.

   Luego de una larga pausa en la conversación, que aprovecharon para terminar de consumir el agua servida, y él para pensar en los años juveniles durante los cuales le rindió culto a la utopía, le aclaró:

   -Pero con todo y eso que te he dicho, que lo creo una verdad del porte de una catedral, debo repetirte que tengo que consultar con mi amigo Lalo para ver si podemos hacer el programa de esta noche con ustedes.

   Yanieska lo miró con algo de duda pero asintió con un gesto. Luego él se levantó de su silla y le pidió a ella que lo hiciera igual, entonces la abrazó, le estampó un beso sonoro en cada mejilla que la hermosa acompañante festejó con una risa incompleta; se separó de su seductor cuerpo, la miró con una mezcla de cariño y de pesadumbre y se dirigió a la dueña del Paladar:

   -Tenga este billete de 20 CUCs. Cinco son para pagarle el almuerzo, que estuvo abundante y delicioso, y los otros quince se los da a la joven por haberme acompañado en la mesa.

   Y diciendo esto se despidió de las dos, más adelante lo hizo de la otra mulata del corredor, y comenzó a cubrir la distancia hacia la avenida. La cara de sorpresa de Yanieska frente a la jugosa propina se le quedó grabada a nuestro escritor en su mente y aún hoy, pasados varios meses de la anécdota, la reproduce nítida en ese lugar de la memoria en el que se almacenan las tristezas.

   Cuando ya estaba para alcanzar el pretil, la jinetera le gritó “¿Asere, qué volá?”. Él se volvió hacia su estampa de mujer bonita, y supuso la pregunta por el gesto que hizo con las manos y le respondió que Lalo y él estarían a las 8 de la noche en la esquina del parque Coppelia frente al Cine Yara y entonces decidían qué hacer y a dónde ir.

   Guillermo caminó varios metros por Línea hasta J, pasó por un viejo y descuidado parque en el que había un busto que recordaba las glorias de un patricio olvidado de la vieja República  y luego dobló a la derecha hasta encontrarse con Calzada, siempre buscando la sombra de los árboles. Por esta calle caminó varios metros hasta llegar al edificio sin pintar de la casa-hotel, abrió la verja oxidada que conducía a lo que parecía fue años atrás el garaje de una limusina, abrió la puerta del segundo piso, subió las escaleras, que tenían unas barandas negras de hierro torneado, con pasamanos de madera recién pintada, abrió el pequeño candado de su habitación y se acostó en la cama con la intención de hacer su aplazada siesta.

   Eran las dos de la tarde de ese lunes de febrero y una vez cayó en la cama, la brisa fresca del mar que se metía por la ventana lo durmió hasta las cuatro y media. Minutos antes del sueño pensó en sus años juveniles, en las interminables reuniones del centro Comuneros de la Juco en el que estudiaba la teoría del socialismo; en los bailes a los que invitaba a su novia Maruja para tratar de reclutarla para las filas y la reticencia de ella no obstante que le dio para su lectura el folleto Lenin y la emancipación de la mujer y que le insistió que solo en el socialismo la mujer alcanzaba la igualdad frente al hombre y el pleno respeto a su libertad y a su dignidad.

   Cuando despertó, el hijo de los caseros había llegado del colegio y miraba en el televisor de su alcoba un programa de dibujos animados. Se sentó entonces en una mecedora de bambú de la sala con la intención de continuar leyendo la antología de cuentos. En la pared había una serigrafía de la célebre foto del rostro del Che Guevara y al lado de la mesa del televisor una biblioteca casi espectral con un centenar de libros ennegrecidos por el polvo y el moho a los que casi no se les podía tocar porque se desmenuzaban. El escritor alcanzó a leer dos o tres cuentos de la antología que había comprado, siguiendo su vieja costumbre de leer un libro de cuentos alterando el orden establecido en el índice. Después del primero de Yoss, leyó el último titulado El hambre y la bestia de Elaine Vilar, un cuento fantástico por el género y por su calidad literaria, que le gustó por el tremendo contraste que propone entre el horror y el odio provocados por la bestia y la resignación y el conformismo simulado de la cazadora que se propuso matarla y no pudo…

   Aproximadamente una hora después, cuando leía el cuento de terror Al asecho, de Iris Rosales, en el que una aparente jinetera habanera era en verdad una mujer araña que se alimentaba de turistas, llegó Lalo, quien se había hospedado en el piso de Fernando, y mientras ambos hablaban sobre la experiencia vivida en el paladar de Línea, y sobre los cuentos leídos, llegaron los dueños de la residencia.

   Justo en ese instante el viejo reloj de pared marcó las 5 y 45 de la tarde. Lalo y Guillermo se levantaron de sus mecedoras, se trasladaron al comedor, sitio de las tertulias de todas las noches, y se sentaron a esperarlos. A los cinco minutos salieron los esposos, de la habitación del hijo. Marcela, enfundada en su pijama de seda china y con la misma cara porque no usaba labial ni colorete, y su marido con una camiseta blanca y una bermuda descolorida. Marcela les dijo -una vez enterada de la anécdota con la jinetera y de festejarla con picardía-, que mejor no fueran a la cita porque si los del DTI los veían caminando con ellas por las calles de La Habana, los llevaban a una estación policial y los hacían pasar un mal rato.

      -Además, en Cuba hay Sida y no obstante los esfuerzos de la revolución, no ha sido posible erradicarlo…-agregó Marcela-. Mejor dejen el plan con las jineteras de ese tamaño y nos quedamos charlando esta noche sobre los problemas de Cuba y de América Latina y nos comemos esta torta de ciruelas que hizo Miguel en la repostería donde trabaja y que les brindamos con mucho cariño.

   Lalo miró la torta y a su amigo y le ratificó con la mirada lo que ya le había dicho al llegar, después de escucharle la anécdota de la jinetera y la reseña de los cuentos de la antología que había leído. Le dijo entonces: Guillo, nosotros no sabemos qué clase de mujeres son esas, si tienen amigos malandros y si éstos las utilizan para atracar a sus turistas como le pasó a Teo con el travesti que lo abordó en el bar  al cual fuimos en un descanso de la jornada literaria del viernes. ¿Recuerdas todo el lío que se armó con la policía por ese episodio? ¿Y qué tal que tus mulatas tengan Sida? ¿O que sean mujeres arañas como la del relato de la escritora cubana que me acabas de contar? (Esto último lo dijo sonriente)…Yo creo que mejor cenamos la comida que vende la vecina de la calle J con siete, que es muy buena y barata, nos quedamos a tertuliar con Marcela y su marido y dejas con las ganas al par de jineteras que entusiasmaste con la propina de quince cucs que le regalaste a la Yanieska.

   Luego de cenar y de comerse la torta de ciruelas que les brindó Miguel y acompañarla con Tropicola y de hablar largo y tendido sobre la realidad política del mundo, el escritor le canceló a Marcela los cinco días de hospedaje a razón de 25 cucs por día, dinero con el cual ella le había dicho arreglaría los otros dos cuartos del piso para ampliar el negocio.

   Al mediodía siguiente partiría en el “cacharrito” de Fernando hacia el Aeropuerto José Martí.  Pero Marcela le había dicho que no se fuera sin despedirse de ella porque le tenía un regalito que se le había quedado en su oficina. Y la esperaron un largo rato en la puerta del edificio, y estaban ya casi para irse cuando apareció Marcela bañada en sudor por la caminata que tuvo que hacer desde  su lugar de trabajo. Al llegar y ver que Fernando embarcaba en el baúl de su coche las dos maletas, se acercó al escritor, le deseó un buen viaje y pronto retorno y le obsequió un libro titulado SIDA: Confesiones a un médico, en el cual su autor: Jorge Pérez Ávila, cuenta los conflictos humanos de sus pacientes y el trabajo que tuvieron que hacer los salubristas cubanos con el apoyo del estado para evitar que la enfermedad alcanzara niveles de pandemia. Luego lo abrazó y le dio un beso en la mejilla y aprovechó el instante para susurrarle al oído que lamentaba lo que le había sucedido con la jinetera.

   Él sonrió, le agradeció sus atenciones. Y diciendo esto se embarcó en el automóvil de Fernando, que salió directamente por Calzada hacia la Avenida de los Presidentes. Al doblar por ésta hacia el sur y pasar por la calle 7 vieron en la esquina el paladar del español que no pudieron encontrar el día anterior. “Lo que son las cosas de la vida –dijo-. Si lo hubiéramos encontrado ayer, no hubiera conocido a Yanieska”.

      Varias cuadras adelante en la autopista hacia el aeropuerto y al pasar cerca de la famosa Plaza de la Revolución, el escritor le contó a Fernando, con todos sus detalles, su encuentro con la jinetera…

   - ¿Estudiante de inglés? –Exclamó Fernando, sonriente, luego de escucharle con atención su historia-. No chico, ella habla inglés perfectamente, es una buena muchacha, sana, correcta, hija de familia, revolucionaria y trabaja por turnos en una de las tiendas del aeropuerto…ahora tú la vas a ver -le dijo finalmente.

   Un par de horas después, dentro del avión y mientras éste sobrevolaba el tapiz verde de las nuevas provincias de Artemisa y Mayabeque, nuestro escritor se lamentaría de no haber podido ver a su hermosa jinetera, por mucho que la buscó en las tiendas de la sala internacional de espera del Aeropuerto.

     

   Mayo-diciembre de 2014.

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 18 de abril de 2014

EL 9 DE ABRIL DE 1948


 

Por Antonio Mora Vélez


 

 

El 9 de abril se celebra en todo el país un aniversario más del asesinato del dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán, y después de 66 años del infausto acontecimiento todavía las autoridades judiciales no han encontrado a los autores intelectuales del crimen pero seguimos pagando sus consecuencias. Tal y como él mismo lo vaticinó: transcurrirían 50 años de violencia si las oligarquías lo asesinaban. Y han transcurrido más. 

La historia registra que las guerrillas colombianas surgieron como una respuesta del pueblo liberal frente al asesinato de Gaitán. Fueron inicialmente guerrillas liberales que fueron derrotadas por la muerte de varios de sus jefes, el abandono que sufrieron de las directivas del liberalismo y la conversión al “bandolerismo” de otros. Uno de tales jefes guerrilleros liberales de nombre  Pedro Antonio Marín se desmovilizó pero sin entregar las armas y fundó el caserío de Marquetalia, en donde vivía dedicado a la cría de cerdos y gallinas al momento de la célebre toma militar de 1964 promovida por la intolerancia goda y que dio origen al actual movimiento guerrillero.

La gran verdad de los historiadores es que  Gaitán no fue asesinado sólo por Roa Sierra ni por el comunismo internacional, sindicado por el presidente Ospina Pérez y la prensa conservadora de entonces para desviar la atención. Fue asesinado –dicen algunos-- por quienes temían un ascenso del pueblo al poder de la mano suya y del partido liberal del cual se había apoderado con su verbo y su carisma. Un llamado al crimen hizo un semanario conservador de Montería unos días antes del magnicidio, argumentan. Y presuntamente por la CIA –sostienen otros--, interesada en crear las condiciones para que en la conferencia Panamericana que se realizaba en Bogotá se aprobara la declaración anticomunista que proponía el delegado de los EEUU y que no contaba con el apoyo mayoritario de los asistentes antes del magnicidio y que finalmente se aprobó.

Gaitán era un reformista, un liberal de tendencias socialdemócratas, pero en modo alguno marxista ni simpatizante del comunismo. Su ideario así lo decía claramente. Él  pensaba en repartir mejor la riqueza nacional para permitirles a los pobres tener su parte y  tenerlos en cuenta también a la hora de las grandes decisiones del Estado. Nunca propuso la abolición de la propiedad privada ni la dictadura de una clase o de un partido. Abogó por la “restauración moral de la República” en contra de “los mismos con las mismas”, los oligarcas de ambos partidos que empezaban a manchar la dignidad de Colombia con actos de corrupción y violencia, y llamó a la unidad del pueblo diciéndole que “el hambre no era liberal ni conservadora”. Aspiraba a forjar un partido liberal con ideas de transformación social encaminadas a poner a Colombia a tono con los cambios que se habían producido en el capitalismo de Europa, los cuales condujeron a varios de sus países a los niveles de desarrollo y justicia social que hoy tienen. A nada más aspiraba el caudillo. De haberlo logrado como presidente hubiera reducido la miseria, las desigualdades, la corrupción, la intolerancia política, y hubiera iniciado el proceso de construcción de un país con justicia social, más democracia y sin violencia. Y tal vez hoy no tuviéramos un 80% de colombianos en la pobreza y no hubiéramos tenido guerrillas, ni parapolítica ni paramilitarismo.

Hoy, ese partido liberal del cual él se apoderó para hacer la revolución democrática, es otro; está en poder de las oligarquías que el tribuno del pueblo combatió y nada se puede esperar de él si queremos cambiar a Colombia. Y mucho menos de los nuevos partidos surgidos para darle cabida a las ambiciones de la nueva clase política. Solo el socialismo democrático salva a Colombia; un gobierno y un sistema que lleve la justicia social a todas las capas de la población sin tener que recurrir a la supresión de la propiedad privada; que le devuelva la democracia al pueblo, convirtiéndolo en verdadero definidor de su destino sin menoscabar el derecho a la oposición legal de las minorías y que rescate la soberanía económica y política de la Nación, hoy menoscabada por los gobiernos entreguistas que hemos tenido.   

 

 

viernes, 28 de febrero de 2014

POEMA EL QUE ES.


EL QUE ES

 

Un testigo dijo que el que es

dio la orden de fuego.

Otro afirmó que los vigilantes

del que es eran de propiedad

de la tormenta.

Un periodista escribió

que el que es estaba registrado

en los libros del águila.

Un magistrado protestó

porque el que es estaba dejando

sin luces la heredad.

Los bufones del aire, en cambio

sostuvieron que el que es

era la luz y la verdad.

Tal vez por eso los siervos

no vieron al que es desnudo

cabalgando.

Y el que es caminó tan campante

durante tres decenios

como Johny Welker.

 

 

Montería, agosto de 2008.-

jueves, 6 de febrero de 2014

ANTONIO MORA VÉLEZ


 
Perfil

 
Abogado, docente y directivo universitario, columnista de prensa, poeta, cuentista, novelista y ensayista. Nació en Barranquilla el 14 de julio de 1942 pero vivió su niñez en Cartagena y Calamar y su adolescencia en Montería, ciudad a la que llegó a la temprana edad de 14 años y en la cual reside actualmente. Estudió la primaria en el Instituto Calamar, la secundaria en los colegios León XIII de Cartagena, Liceo Montería y nacional José María Córdoba de Montería, donde terminó su bachillerato y obtuvo el título por concurso de Mejor Bachiller de Córdoba en 1965. Estudió la carrera de abogado en la Universidad de Cartagena y por esos años, fue docente de Filosofía en el Instituto de Bachillerato de la Universidad Libre. Fue docente de Humanidades, Introducción a la Filosofía e Historia de la filosofía y directivo académico durante veinte años en la Universidad de Córdoba, donde ocupó los cargos de Decano de la Facultad de Educación, Secretario General y Jefe del Departamento de Humanidades y las representaciones ante el Consejo Superior de los profesores y de los decanos; y funcionario durante quince años de la Corporación Universitaria del Caribe de Sincelejo, institución de la cual es uno de sus fundadores y de la cual ha sido presidente de la Junta Directiva, Vicerrector de Bienestar, Secretario General y actualmente Coordinador del programa de Derecho en Montería. Ha sido igualmente cofundador de los grupos literarios: El Túnel –del cual fue su primer presidente--, Arte Sinú y El Bocachico Letrado; de la Unión Nacional de Escritores, del Parlamento de Escritores del Caribe Colombiano, del grupo vocal Amadeus y de la Logia Fraternidad de la Sierra Flor de Sincelejo. Es considerado uno de los precursores y un clásico de la ciencia-ficción colombiana. El escritor del género que más libros de ciencia-ficción ha publicado y que más veces ha sido Antologado internacionalmente.

Ha escrito los libros de cuentos Glitza (1979), El juicio de los dioses (1982), Lorna es una mujer (1986), Helados cibernéticos (2011) y La gordita del Tropicana (2012); los poemarios El fuego de los dioses (2001), Los caminantes del cielo (1999) y Los jinetes del recuerdo (2003); las novelas Los nuevos iniciados (2008) y A la hora de las golondrinas (2011), y los libros de ensayos y artículos: Ciencia-Ficción: el humanismo de hoy (1996) La estrategia de la solidaridad (2006) y Córdoba: 30 años de literatura (1992). Sus cuentos y poemas figuran en varias antologías nacionales y extranjeras, entre las cuales destacamos: Cuentos de El Túnel (1979), Antología del cuento caribeño (2003); Antología del cuento fantástico colombiano (2007), Primera antología de la Ciencia Ficción colombiana (2000), Joyas de la Ciencia Ficción  (La Habana, 1989), en la cual aparece el lado de Sturgeon, Asimov, Bradbury y Aldiss; Dimensión Latino-Antología latinoamericana de Ciencia Ficción (Paris, 2008), Sensibilidades (Madrid, España, 2002), Tricentenario (Buenos Aires, Argentina, 2012) Segunda antología del cuento corto colombiano (2007) y Antología del cuento en Córdoba (2007). Han sido publicados también sus cuentos y poemas, igual que varios de sus ensayos, en revistas web e impresas de varios países, entre las cuales señalamos: Café Berlín de Alemania, Rodelú de Suecia, Axxon y Quinta Dimensión de Argentina, Alfa Eridiani de España, Velero 25 y Ciencia Ficción Perú, de este país vecino; Plural y La ciencia y el hombre de Méjico, Letralia y Solaris de Venezuela, Escáner cultural de Chile, Club de Libros de Costa Rica, Bohemia de La Habana, Ave Viajera de Miami y Guaicán Literario de Cuba. En las revistas colombianas, impresas y digitales: Café Literario, Teorema, La casa de Asterión, Gato Encerrado, Punto Rojo, Arco, El Gran Semi de la U. Santiago de Cali, Sésamo, El Túnel, Letras Nacionales, Cronopios, Cosmocápsula, Mesosaurus, Revista Institucional de Cecar-Sincelejo, Luna y sol, Iuris de la Facultad de Derecho de Cecar, El Bocachico Letrado, Revista de la Universidad de Córdoba, y en otras más que sería largo enumerar. Su biografía y varios poemas suyos han sido incluidos en la Antología Mundial Poetas del Siglo XXI elaborada en España.   Dos cuentos suyos son modelos literarios en los textos escolares Español Dinámico de 9° grado (1992) y Globo Mágico 5 (1985). Son conocidos sus ensayos literarios: El mar en la ciencia-ficción, Fahrenheit 451: la novela de la libertad, 1984 y el poder despótico, La entropía y el hombre (sobre un cuento de Isaac Asimov), Ciencia-ficción: el humanismo de hoy, Daína Chaviano y el humanismo de la CF latinoamericana, que aparece en la página web de la conocida escritora cubana; Arthur Clarke: la odisea del hombre y El humanismo de la Ciencia-ficción; el ensayo filosófico La vida y el universo, y en el campo de la teoría política y la historia de las ideas: Pensamiento filosófico, político y social de Antonio María Zapata; El pensamiento de Simón Bolívar en la América de hoy, El socialismo de la revolución bolivariana y El escritor en la actual coyuntura política. Algunos de sus cuentos y ensayos han sido traducidos al inglés, al ruso, al hindi, al alemán, al francés y al italiano.

De su obra se han ocupado varios críticos y escritores colombianos: Jaime Mejía Duque, Isaías Peña, Otto Ricardo Torres, Carlos J. María, Germán Vargas, Fabio Jurado, Eduardo Pastrana Rodríguez, Joce Daniels, José Luis Hereyra, Javier Moscarella, Carlos Orlando Pardo, Orlando Mejía, Marco T. Aguilera G., Campo Ricardo Burgos, René Cueto, Néstor Solera, José Luis Garcés, Guillermo Tedio  y Oscar Díaz-Ortiz, entre otros; el último de los cuales, Phd y docente de la Universidad de Tennessee (USA) lo hizo en el libro Latin american Science Fiction writers editado en los Estados Unidos. En carta dirigida al autor de Glitza, el crítico Díaz-Ortíz le dijo: “Este trabajo sobre su obra de ciencia ficción fue una inquietud que nació durante mis años de doctorado en Arizona State University hace como 14 años, y cuando surgió la propuesta de hacer un libro, lo propuse a usted como uno de los más importantes no sólo en Colombia sino en el continente”. Para Otto Ricardo el poemario Los caminantes del cielo es “más que aporte, fundación de la poesía esotérica no confesional en Colombia”. Sobre el mismo poemario, Orlando Mejía Rivera ha dicho que en él su autor, al “fusionar con el tema de la cosmología a tres disciplinas o áreas del conocimiento: la mitología, la ciencia-ficción y la ciencia…ha renovado la temática de la poesía colombiana”. El poeta, profesor, crítico y traductor José Luis Hereyra dice de los versos de estos poemas que “son rigurosos y deslumbrantes”. Para Fabio Jurado, con el libro Lorna es una mujer, la ciencia-ficción de Mora Vélez “por su depuración literaria…alcanza un nivel de competencia literaria encomiable”. Jaime Mejía Duque, por su parte, afirmó en los comienzos del trabajo literario del autor y en relación con su primer libro, Glitza, que “Los relatos de Mora Vélez son tan convincentes dentro del género, que bien pueden a justo título ser incluidos en el repertorio internacional de la literatura de ciencia-ficción”. Y no se equivocó. Eduardo Carletti señala en la nota de publicación en la revista argentina Axxon del poemario Los caminantes del cielo, veinte años después, lo siguiente: “No es común que un autor logre unir bien temas tecnológicos con lenguaje poético, como lo logra Mora Vélez en este trabajo”. El director de la revista Alfa Eridiani de España, José Joaquín Ramos, lo califica como “un maestro del género”. Y en LiterÁrea Fantástica también de Argentina, en el espacio Bio&Biblios, Mora Vélez aparece en la lista de escritores famosos de ciencia-ficción al lado de Bradbury, Asimov y otros grandes. Para corroborar lo anterior, figura en The Encyclopedia of Science-fiction de John Clute y Peter Nichols (Nueva York, 1995), la más afamada enciclopedia sobre la ciencia-ficción que se ha escrito hasta hoy. Por todo lo anterior, y en especial por sus publicaciones internacionales, el crítico peruano Carlos Zaldívar, no vacila en afirmar que Mora Vélez es “un verdadero clásico mundial de la ciencia ficción”.

Como columnista ha sido colaborador de las páginas editoriales y en los suplementos culturales de los periódicos Poder Costeño, El Espectador-Costa, El Tiempo-Caribe, El Universal de Cartagena, El Meridiano de Córdoba, El Meridiano de Sucre, El Sol, de Cartagena, El Heraldo de Barranquilla, El Magazín del Caribe de Bogotá, Vanguardia Liberal de Bucaramanga y el Nuevo Día de Ibagué. Varios de estos trabajos están recogidos en el libro La estrategia de la solidaridad, mencionado arriba. Mora Vélez fue también, en su juventud, locutor de radio en las emisoras Radio Cordobesa y La Voz de Montería de la cual fue su primer director artístico.  Y cantante aficionado en Cartagena y en la Montería de sus primeros años, cualidad que rescató el maestro Tiburcio Romero al integrarlo al grupo vocal Amadeus en 1986 y que aún exhibe en las tertulias de sus amigos más allegados.

Antonio Mora Vélez ha obtenido varios premios y distinciones por su obra literaria. Su novela Un juez llamado Sebastián Reyes –obra que recoge su experiencia como juez promiscuo municipal de Tierralta-- fue finalista en el concurso Plaza y Janés de  1991. Su cuento Error de apreciación ganó el primer concurso nacional de minicuentos que se hizo en Colombia, patrocinado por la revista Ekuóreo de Cali en 1982. Su cuento Glitza ganó el premio de marzo del concurso nacional de El Espectador de 1971, el año anterior El Magazín Dominical del citado diario lo había lanzado como narrador de ciencia-ficción publicándole cinco de sus primeros cuentos.  En Córdoba fue declarado como uno de los personajes del siglo XX por su contribución a la literatura (1999). Fue el poeta homenajeado en el 2001 del Encuentro de Poetas y Declamadores de Chinú, Córdoba. La institución  The International Writers and Artist Association con sede en Bluffton, Ohio, USA, le otorgó un pergamino por su contribución al humanismo desde la literatura. Con motivo de sus primeros 25 años de vida literaria, el Gobierno Departamental de Córdoba lo homenajeó con un decreto de honores y la Universidad de Córdoba con una placa de reconocimiento (1993).

Ha sido ponente en varios eventos literarios y académicos, entre los cuales señalamos los siguientes: El cuento de Ciencia-ficción, Coloquio sobre el cuento, Unión Nacional de Escritores, Bogotá, 1.983. Córdoba: 30 años de literatura, Feria Internacional del Libro, Bogotá, 1.992. La ciencia y la ciencia-ficción, Seminario Internacional sobre ciencia y literatura, Universidad de Córdoba, Montería, 1.993. Coloquio sobre la Ciencia-ficción con René Rebetez y Germán Espinosa, Bogotá, Feria Internacional del Libro, 1.997. Los intelectuales y el Poder, Primer Parlamento de Escritores del Caribe Colombiano, Cartagena, 2003. Honoris causa a David Sánchez Juliao, Universidad de Córdoba, Montería (2003). La Ciencia-ficción y el mar, Foro El mar en la literatura, Banco de la República, Santa Marta, 2006 y Pensamiento filosófico y político de Antonio María Zapata, Parlamento de Escritores del Caribe colombiano, Cartagena, julio de 2009. Se ha desempeñado como jurado de concursos nacionales e internacionales de literatura, entre los cuales mencionamos: Concurso de cuentos de la Universidad de Córdoba (1975) –a cuyos ganadores y finalistas convocó para conformar el grupo literario El Túnel--, Primer concurso de cuentos de El Túnel (1980), Concurso de ensayo Lotería de Bolívar (1985), Concurso de cuentos fantásticos Un país que sueña del IDU de Bogotá (1997), Concurso de mini ficciones de la Universidad de Córdoba (2009) y Concurso Internacional de cuentos de ciencia-ficción de la revista Axxon de Buenos Aires (2009).Ha concedido muchas entrevistas entre las cuales destacamos las concedidas a Campo R. Burgos para la Revista Quinta Dimensión de Argentina, al crítico barranquillero Edmundo Ramos para el Suplemento del Diario del Caribe, a Carlos Morón para la revista Calor, al gestor cultural Jorge Consuegra para su revista Libros y Letras; a Luis Cermeño y a Camilo Arias para la revista Axxon de Argentina, a Jaime Montoya Candamil para el libro inédito de Roberto Montes Mathieu sobre los grupos literarios en Colombia, a Carlos J. Marín y Ana Paola Martínez, para El Meridiano Cultural. A Ricardo Giorno para la revista argentina Axxon de Argentina y a Gustavo Consuegra para el blog Gente de Arte que edita en Helsinki.

Fue el primer presidente del Parlamento de Escritores del Caribe Colombiano (2003), institución de la cual sigue siendo uno de sus más destacados integrantes; es miembro de la Sala de Fundadores de la Corporación Universitaria del Caribe, director de su Revista Institucional-CECAR desde 1997 y de la revista El Bocachico Letrado, órgano de la tertulia literaria del mismo nombre recientemente organizada y de la cual es su fundador y coordinador. Es también miembro de la Academia de Historia de Córdoba.

Antonio Mora Vélez es casado con Idalia Ortiz, de cuya unión hay tres hijos: Antonio Carlos, Oscar Javier y Glitza Beatriz, de los cuales se siente orgulloso porque son lo que él hubiera querido ser: hombre de ciencia el primero, músico de academia el segundo y periodista profesional la tercera. A ellos les dedicó el poema A mis hijos, que pueden leer en http://amoravelez.blogspot.com/.

 
Nota: Este perfil figura en el libro "Once escritores cordobeses"  editado por la Gobernación de Córdoba en el 2011.
 

sábado, 14 de diciembre de 2013

PLANETA CONDENADO


La cercanía del fuego de tu estrella
no te arredra
Porque tienes el valor de tu substancia
Sabes que terminarás abrasado
Y convertido en espectro de colores vivos
Pero luchas y lanzas al viento fotones
Deslumbrantes que encienden la protesta
Que llevan el mensaje de tu suerte a
Otros planetas
Con la esperanza de que rescaten
Algunas llamaradas de tu angustia
Y escriban la epopeya de tus últimos días
y el epitafio de tu muerte.

Antonio Mora Vélez,
Montería, Colombia, 2013.

viernes, 8 de noviembre de 2013

TESIS DE GRADO



Por Antonio Mora Vélez

   La vieja Torre del Reloj conserva aún su altivez de reliquia consentida. El amplio Camellón de Los Mártires está plenamente cubierto de polvo añejo que apenas si se levanta con la suave brisa marina que se filtra por entre las ruinas de los alrededores. Los bustos de los héroes que murieron durante la gesta de la independencia han perdido la plenitud de sus formas, esquirlas de tiempo les han corroído  las siluetas, convirtiéndolos en masas de apariencia surrealista, mudos testigos de un pasado inexplicable pero vital.
   Desde lo alto de una pequeña colina, un joven astronauta filma el panorama. La cámara que acciona enfoca la orilla mediata del mar sobre un par de islas y capta las figuras escuetas de los viejos edificios, todos cubiertos de verdín y de malezas y sin la belleza arquitectónica de los tiempos en que los hombres transitaban por sus lados y entraban a sus locales y aposentos con seguridad.

   El joven astronauta rota un pequeño botón de su aparato rastreador del tiempo. Primero observa una calle larga atiborrada de gentes que se mueven raudas, con ansias y paquetes debajo de los brazos. Luego la interminable secuencia de los buses que recorren la ciudad de un extremo a otro. Y por la noche la algarabía de los fanáticos en un estadio de pelota, celebrando la jugada del infielder que cubre la tercera base.  O los espectadores en un cinema entregados a las caricias del amor, confeccionando como artesanos del oro la hermosa filigrana de la supervivencia.
    Pero al joven la interesa más el mar y lo contempla solo y melancólico, abandonando su orgullo sobre la arenilla de las costas solitarias.  Y lo mira en la pantalla del pasado, acompañado de sol y de radiantes mujeres al natural, brindándole al hombre no solo proteínas sino ilusiones. Y lo sigue en su aerogiro, siguiendo la ruta de las costas hacia el sur, hacia la desembocadura del río lleno de vida que hizo exclamar al Inca: “Pobrecito del Perú si se descubre el Sinú” y que ahora lucha por sobrevivir entre las arenas de un desierto en formación. Y más hacia el sur, hacia la vieja ciudad de sus ancestros y contempla de ella la famosa avenida primera, de la que solo quedaban pedazos de concreto sumergidos, apenas visibles en los estratos abiertos por la última creciente del río. 

   Con la emoción de quien encuentra parte de su origen, el joven, que ya ha descendido de su aerogiro, digita en la tabla de su aparato de rastreo del pasado y contempla extasiado un fandango frente a la vieja bonga de la calle 30 y a María Varilla danzando hasta el cansancio al compás de un enervante porro pelayero. Y en la terraza de una casa-quinta, sentados alrededor de una mesa, tomando té helado con limón, a los jóvenes del grupo literario que hizo historia con sus obras. A Leopoldo, a Gustavo, a Nelson, a Soad, a José Luis y a su tatarabuelo soñador de mundos diferentes.
   Eran los tiempos de la civilización terrestre en pleno desarrollo. El aire puro de las montañas derramaba generoso su aliento de vida sobre todos los seres. Todavía la asfixia por la escasez de oxígeno no había aparecido en el horizonte como la nube negra de presagios siniestros que sería más tarde. La fragancia de las flores y la caricia de la brisa vespertina no se habían convertido en nostalgia. La Tierra era vital, plena y hermosa.

   El joven investigador recordó entonces la vez que su abuelo le contó la historia del gran viaje que el creyó, por niño, un hermoso cuento de aventuras producto de la imaginación senil del narrador. Le dijo entonces: “Fueron como mil naves con cien hombres cada una escogidos entre los mejores para impedir que la llama de la vida inteligente se apagara en esta parte del cosmos. Las naves partieron un primero de mayo del año 2.124. Dos meses después comenzaron los trabajos en la inhóspita geografía venusina para tratar de reproducir el ambiente añorado de La Tierra, para convertir desiertos en bosques y abrirle cauces a las corrientes de agua”.
   Hoy, para rescatar ese fragmento de su historia y lograr ensamblar el recorrido de su raza, desde los primeros inmigrantes de Tau Ceti que llegaron a La Tierra y se desposaron con las hijas de los hombres del planeta, hasta la etapa actual de su asentamiento en Marte recobrado. Y para evitar que el olvido sepulte los rastros del ancestro, el joven de la cámara toma las vistas de la región. Lo golpea la nostalgia del terruño, saber que en todos esos lugares desolados, amaron y sufrieron, vivieron y murieron, sus antepasados. 

   Habla ahora en voz alta con la intención de grabar sus palabras en la cámara del tiempo.
   “En La Tierra no todo fue erróneo, absurdo y maléfico, también hubo naturaleza pródiga, amor y plenitud de ser. Si bien existieron estadistas que le rindieron culto al fuego de las armas en contra de la vida, también existieron poetas que le cantaron a las plantas y a la risa, al mar y al optimismo, al amor y a la solidaridad. Después de contemplar todo esto, estoy más convencido de la necesidad de revivir ese pasado en nuestras imágenes para aprender de sus experiencias. La vida no es una novela rosa, está hecha de rocío y de sudor, de estiércol y de pan, de cicatrices y de sueños. Los jóvenes antropólogos de Marte debemos fijar nuestros ojos en La Tierra. No podemos permitirnos el tremendo olvido de la amarga experiencia de La Atlántida que padecieron los terrícolas durante tanto tiempo. La gran odisea de las mil naves tiene que ser desmitificada y significar para nosotros algo más que una aventura de la especie humana en busca de nuevos horizontes”. 

   El joven astronauta guarda el pequeño micrófono en su faltriquera y deposita la cámara en el estuche integrado de su vestido espacial.  Ahora desciende lentamente sobre una sabana, frente a un golfo, en la que empieza a reverdecer la vida. Se posa sobre el césped de las ruinas de un antiguo parque, aspira el nuevo oxígeno de La Tierra y se queda mirando las nubes rojizas que tachonan el cielo, pensando en la aprobación de su tesis de grado.
   En Marte –entretanto- viven y festejan el sesquicentenario de la nueva morada.

1.982.

 

 

 

 

 

domingo, 3 de noviembre de 2013

LINA ES EL NOMBRE DEL AZAR (cuento)



Por Antonio Mora Vélez.

La leyenda de Lina Farah, queridos discípulos, se remonta a los años finales de la primera centuria del tercer milenio, justamente por los tiempos en que las llamadas grandes potencias de entonces firmaban el acuerdo de destrucción total de las armas biológicas y la epidemia del Némesis cobraba más de doscientos millones de vidas en todo el orbe.

Lina trabajaba como reportera en un diario vespertino de Bogotá y en las horas de la noche cursaba estudios de física en la Universidad Nacional. Era joven y hermosa. Una estudiante alegre y amiga de las cosas nuevas. Nada hacía pensar que se convertiría, poco después, en una celebridad por sus poderes paranormales. Como es dable suponer, hubo una primera manifestación de tales poderes de la que casi nadie se percató en su momento, salvo Lina, como es apenas natural. Ocurrió cuando ella cubría la información de la expedición Sayonara comandada por el piloto cosmonauta Yoshiro Takeba. Minutos antes de que sucediera el terrible accidente, Lina dejó escapar un grito desgarrador que los presentes pensaron era causado por el aspecto terrorífico del robot que prestaba el servicio de refrigerio en el cosmódromo de Wakkanai. Todos sonrieron y algunos rieron sin tapujos. Lina no. Ella quedó como paralizada, con la mirada fija en el cielo nipón. Y no tuvo que esperar mucho en esa actitud. A los pocos minutos la nave de Takeba se declaraba en emergencia y casi enseguida se convertía en una larga estela de fuego que se consumía en las aguas del mar de Ojotsk, ante la mirada atónita de millones de televidentes y el desespero de los científicos y técnicos de la Dirección Espacial del Sol Naciente.

Esa fue la primera señal conocida de lo que sería, con el correr del tiempo, el inusitado poder de Lina. Por esa época la telepatía había alcanzado grandes progresos y los neurofisiólogos continuaban trabajando con la hipótesis de la propagación de las ondas síquicas a través del espacio, movidos por la necesidad de encontrar medios de comunicación para el rescate de personas atrapadas o incomunicadas por derrumbes causados por los movimientos telúricos.

Lina culminó sus estudios de física y se casó con un joven investigador del subconsciente, a quien conoció durante las sesiones de sicoanálisis que su médico le había recomendado para que se acostumbrara a sus espontáneas revelaciones del pasado que tanto le perturbaban. Fijó su residencia en Montería, en cuya universidad logró vincularse como profesora. Durante algunos meses llevó una vida normal, sin los sobresaltos de esos trances que le hacían devolver en su conciencia las manecillas de la historia.

Un día de campo de diciembre en las hermosas praderas del Alto Sinú, Lina volvió a experimentar sus facultades de clarividente. Estaba recostada en un frondoso camajón en compañía de su hija cuando vio, del mismo modo que a Takeba en llamas, la imagen de una princesa zenú que corría tras un aborigen esbelto. Y vio también que la princesa se acostaba después en un espacio abierto sobre una inmensa piedra con forma de huevo y le hablaba a su acompañante de las titilantes luces del alba, allende el océano, que a su padre, el viejo cacique de la tribu, le habían parecido señales de mal agüero. Lina abrió los ojos y miró a su hija. La tomó entre sus brazos y llamó a su esposo, quien se encontraba cerca. Este le dijo, luego de escucharle el relato:

—Es un sueño. Un simple afloramiento de historias mezcladas...¡sosiégate!

Pero Lina sabía que no era así. La escena había ocurrido en ese mismo lugar, siglos atrás, y ella la había visto en todos sus detalles: el color de la tierra, el vestido de oro de la princesa, la comba del río a esa altura de su recorrido y sobre todo, el camajón frondoso de ese momento, que ya lo era en la época de la visión.

Después de ese trance, Lina viajó más a menudo por los caminos perdidos de la historia y cambió el modo de parecer a su marido. A instancia de los investigadores de la protohistoria viajó con su mente prodigiosa por el pasado remoto y descubrió que el templo de la ciudad de Dweenah, en las estribaciones meridionales del Himalaya, era una cosmonave petrificada y que los Dzopas, sus pequeños y casi translúcidos moradores, eran en verdad descendientes del cielo. Descubrió que las pirámides de Egipto fueron enclaves de una expedición extragaláctica que visitó la Tierra por los comienzos del neolítico y que los dogones del Africa no mintieron cuando dijeron a los antropólogos que ellos venían de Sirio y que ésta era una estrella doble con dos planetas habitados.

Hubo dudas respecto de la seriedad de las visiones de Lina. No faltaron quienes dijeran que se trataba de un montaje encaminado a reforzar las tesis de los partidarios de la historia fantástica. Por esto, los más destacados parapsicólogos de Ucrania se interesaron por ella. Sobra que les cuente que la invitaron al célebre centro de investigaciones paranormales de Kiev y que allí la sometieron a un delicado proceso de escarbamiento mental que tenía el objetivo de definir la fuente de sus asombrosos poderes síquicos.

Una mañana gélida de invierno, Lina fue sometida a la prueba definitiva con el S-Gadyvatel-10, máquina compleja de interpretación de los sueños que sumergía a los pacientes en las insondables aguas del pasado pero de un modo inducido, al margen de sus facultades. Se trataba de probar que las capacidades mentales de Lina tenían raíces orgánicas y que no había nada de sobrenatural en ellas. Lina parecía dormir y todos los científicos del Centro se mantenían en estado de alerta, pendientes de la pantalla del S-Gadyvatel en la que aparecerían las escenas del sueño.

El momento anhelado llegó pronto. La pantalla se iluminó y aparecieron en ella un extraño ser peludo que llegaba a la cima de una montaña con un ciervo a cuesta y una mujer prehistórica acompañada de dos críos que corrían a recibirlo. Los pequeños danzan alegremente alrededor del animal muerto dejado por el cazador encima de una roca. La mujer exclama unos fonemas incomprensibles, al parecer en alabanza al hombre por la proeza realizada. El ser peludo mira hacia el cielo y exclama: ¡Atlán! –las demás frases son intraducibles–. La mujer lo imita y de ese modo se confunden en el rito de la gratitud. Momentos después se concentran en el animal, lo descuartizan, lo asan y sacian el hambre.

El S-Gadyvatel hizo una pausa mientras las imágenes se perdían en un centenar de rayas horizontales. Todos creyeron que allí terminaba la sesión, pero no fue así.

—Los seres de la montaña atraviesan la pradera de los cactus y llegan al río que baña sus barbechos. En la pantalla aparece por vez primera el arado y el amarillo del maíz sembrado. Pero ya no son cuatro sino centenares y no le rezan a Atlán sino a Quetzalcoátl —dice la voz que explica las imágenes. Los investigadores de Kiev no se asombraron. Tampoco quedaron convencidos del todo porque nada de lo mostrado por el aparato era nuevo. Para una mujer culta era relativamente fácil soñar con esos datos del pasado y agregarle la fantasía implícita en todo ejercicio onírico.

Después de ese experimento, Lina regresó a Sudamérica y se incorporó como docente en la Universidad de Córdoba. Aún sin develar el misterio, Lina encontraba, y cada vez con mayor frecuencia, la explicación de muchos secretos de la antigüedad. Por su memoria prodigiosa desfilaron los dioses de la mitología sumeria tal y como fueron presentados por Beroso; las ruinas de Bimini sobre la superficie costera de la Atlántida; el observatorio astronómico de Stonehenge; las esculturas de Pascua dedicadas a perpetuar la presencia de los expedicionarios de Tau Ceti; el tridente dejado accidentalmente por el comandante de la citada expedición en la bahía de Paracas; los mapas Aero fotográficos de Piri Reiss que mostraban la Antártida sin hielos, y muchas otras huellas de esa edad presuntamente primitiva no suficientemente investigada y todavía envuelta en las brumas de la especulación.

Una tarde de campo en las cuevas de Palmira, cerca de Tierralta, Lina quiso contemplar los pictogramas encontrados en ellas por los arqueólogos de la universidad. Durante mucho tiempo se creyó que estas cuevas ocupadas por murciélagos tenían como único atractivo las estalactitas de su bóveda oscura. Por eso Lina se interesó en las paredes de las citadas cuevas...

—¡Lo tengo! —dijo después de contemplar un centenar de dibujos curiosamente parecidos a los de los indios Hopi del occidente norteamericano. Su marido, quien estaba a su lado, pensó que se trataba del desciframiento de los pictogramas y pensó en Lina informando a la comunidad científica que los mayas habían llegado hasta Momil en el Sinú y que desde allí se habían dispersado por toda la geografía suramericana. Pero no. No era eso lo que quería decir Lina, quien por esta vez no entró en trance alguno. Su certeza provenía, al parecer, de un simple golpe de lucidez, de una de esas raras percepciones repentinas que muestran en un instante todo un resultado buscado por años, como si hubiera estado allí en el cerebro pero separado por piezas. Lina le dijo a su marido, todavía con el jadeo de la excitación, que su caso tenía una interpretación que rebasaba los horizontes de las ciencias contemporáneas, y que había llegado a ella después de analizar las extrañas figuras, una de las cuales semejaba la estructura de un fósil molecular. Sostuvo entonces que en su cerebro, por la acción de algún neurotransmisor arcaico, se producía la sintonización del pasado. Dijo también que sus adenones nerviosos podían haber repetido al azar toda la arquitectura molecular del sistema cortical de algún científico del siglo XX, lo cual originaba el efecto de captación de los episodios remotos, a la manera de un receptor de frecuencia orgánica.

Como les dije al inicio de la clase, Lina Farah vivió a finales del primer siglo del tercer milenio y es hoy una hermosa leyenda conservada por nuestros archivadores Omega. Todavía no se descubre la forma de repetir, aminoácido por aminoácido, el edificio natural del ser vivo; ni tampoco la utilización de las moléculas fósiles en el estímulo de la memoria histórica de la especie. Pero las leyendas estimulan no solo las fantasías sino las ciencias. ¿Quién puede decir que en el futuro no podamos descubrir los verdaderos orígenes de la razón en La Tierra con métodos semejantes?

1987