domingo, 3 de noviembre de 2013

LINA ES EL NOMBRE DEL AZAR (cuento)



Por Antonio Mora Vélez.

La leyenda de Lina Farah, queridos discípulos, se remonta a los años finales de la primera centuria del tercer milenio, justamente por los tiempos en que las llamadas grandes potencias de entonces firmaban el acuerdo de destrucción total de las armas biológicas y la epidemia del Némesis cobraba más de doscientos millones de vidas en todo el orbe.

Lina trabajaba como reportera en un diario vespertino de Bogotá y en las horas de la noche cursaba estudios de física en la Universidad Nacional. Era joven y hermosa. Una estudiante alegre y amiga de las cosas nuevas. Nada hacía pensar que se convertiría, poco después, en una celebridad por sus poderes paranormales. Como es dable suponer, hubo una primera manifestación de tales poderes de la que casi nadie se percató en su momento, salvo Lina, como es apenas natural. Ocurrió cuando ella cubría la información de la expedición Sayonara comandada por el piloto cosmonauta Yoshiro Takeba. Minutos antes de que sucediera el terrible accidente, Lina dejó escapar un grito desgarrador que los presentes pensaron era causado por el aspecto terrorífico del robot que prestaba el servicio de refrigerio en el cosmódromo de Wakkanai. Todos sonrieron y algunos rieron sin tapujos. Lina no. Ella quedó como paralizada, con la mirada fija en el cielo nipón. Y no tuvo que esperar mucho en esa actitud. A los pocos minutos la nave de Takeba se declaraba en emergencia y casi enseguida se convertía en una larga estela de fuego que se consumía en las aguas del mar de Ojotsk, ante la mirada atónita de millones de televidentes y el desespero de los científicos y técnicos de la Dirección Espacial del Sol Naciente.

Esa fue la primera señal conocida de lo que sería, con el correr del tiempo, el inusitado poder de Lina. Por esa época la telepatía había alcanzado grandes progresos y los neurofisiólogos continuaban trabajando con la hipótesis de la propagación de las ondas síquicas a través del espacio, movidos por la necesidad de encontrar medios de comunicación para el rescate de personas atrapadas o incomunicadas por derrumbes causados por los movimientos telúricos.

Lina culminó sus estudios de física y se casó con un joven investigador del subconsciente, a quien conoció durante las sesiones de sicoanálisis que su médico le había recomendado para que se acostumbrara a sus espontáneas revelaciones del pasado que tanto le perturbaban. Fijó su residencia en Montería, en cuya universidad logró vincularse como profesora. Durante algunos meses llevó una vida normal, sin los sobresaltos de esos trances que le hacían devolver en su conciencia las manecillas de la historia.

Un día de campo de diciembre en las hermosas praderas del Alto Sinú, Lina volvió a experimentar sus facultades de clarividente. Estaba recostada en un frondoso camajón en compañía de su hija cuando vio, del mismo modo que a Takeba en llamas, la imagen de una princesa zenú que corría tras un aborigen esbelto. Y vio también que la princesa se acostaba después en un espacio abierto sobre una inmensa piedra con forma de huevo y le hablaba a su acompañante de las titilantes luces del alba, allende el océano, que a su padre, el viejo cacique de la tribu, le habían parecido señales de mal agüero. Lina abrió los ojos y miró a su hija. La tomó entre sus brazos y llamó a su esposo, quien se encontraba cerca. Este le dijo, luego de escucharle el relato:

—Es un sueño. Un simple afloramiento de historias mezcladas...¡sosiégate!

Pero Lina sabía que no era así. La escena había ocurrido en ese mismo lugar, siglos atrás, y ella la había visto en todos sus detalles: el color de la tierra, el vestido de oro de la princesa, la comba del río a esa altura de su recorrido y sobre todo, el camajón frondoso de ese momento, que ya lo era en la época de la visión.

Después de ese trance, Lina viajó más a menudo por los caminos perdidos de la historia y cambió el modo de parecer a su marido. A instancia de los investigadores de la protohistoria viajó con su mente prodigiosa por el pasado remoto y descubrió que el templo de la ciudad de Dweenah, en las estribaciones meridionales del Himalaya, era una cosmonave petrificada y que los Dzopas, sus pequeños y casi translúcidos moradores, eran en verdad descendientes del cielo. Descubrió que las pirámides de Egipto fueron enclaves de una expedición extragaláctica que visitó la Tierra por los comienzos del neolítico y que los dogones del Africa no mintieron cuando dijeron a los antropólogos que ellos venían de Sirio y que ésta era una estrella doble con dos planetas habitados.

Hubo dudas respecto de la seriedad de las visiones de Lina. No faltaron quienes dijeran que se trataba de un montaje encaminado a reforzar las tesis de los partidarios de la historia fantástica. Por esto, los más destacados parapsicólogos de Ucrania se interesaron por ella. Sobra que les cuente que la invitaron al célebre centro de investigaciones paranormales de Kiev y que allí la sometieron a un delicado proceso de escarbamiento mental que tenía el objetivo de definir la fuente de sus asombrosos poderes síquicos.

Una mañana gélida de invierno, Lina fue sometida a la prueba definitiva con el S-Gadyvatel-10, máquina compleja de interpretación de los sueños que sumergía a los pacientes en las insondables aguas del pasado pero de un modo inducido, al margen de sus facultades. Se trataba de probar que las capacidades mentales de Lina tenían raíces orgánicas y que no había nada de sobrenatural en ellas. Lina parecía dormir y todos los científicos del Centro se mantenían en estado de alerta, pendientes de la pantalla del S-Gadyvatel en la que aparecerían las escenas del sueño.

El momento anhelado llegó pronto. La pantalla se iluminó y aparecieron en ella un extraño ser peludo que llegaba a la cima de una montaña con un ciervo a cuesta y una mujer prehistórica acompañada de dos críos que corrían a recibirlo. Los pequeños danzan alegremente alrededor del animal muerto dejado por el cazador encima de una roca. La mujer exclama unos fonemas incomprensibles, al parecer en alabanza al hombre por la proeza realizada. El ser peludo mira hacia el cielo y exclama: ¡Atlán! –las demás frases son intraducibles–. La mujer lo imita y de ese modo se confunden en el rito de la gratitud. Momentos después se concentran en el animal, lo descuartizan, lo asan y sacian el hambre.

El S-Gadyvatel hizo una pausa mientras las imágenes se perdían en un centenar de rayas horizontales. Todos creyeron que allí terminaba la sesión, pero no fue así.

—Los seres de la montaña atraviesan la pradera de los cactus y llegan al río que baña sus barbechos. En la pantalla aparece por vez primera el arado y el amarillo del maíz sembrado. Pero ya no son cuatro sino centenares y no le rezan a Atlán sino a Quetzalcoátl —dice la voz que explica las imágenes. Los investigadores de Kiev no se asombraron. Tampoco quedaron convencidos del todo porque nada de lo mostrado por el aparato era nuevo. Para una mujer culta era relativamente fácil soñar con esos datos del pasado y agregarle la fantasía implícita en todo ejercicio onírico.

Después de ese experimento, Lina regresó a Sudamérica y se incorporó como docente en la Universidad de Córdoba. Aún sin develar el misterio, Lina encontraba, y cada vez con mayor frecuencia, la explicación de muchos secretos de la antigüedad. Por su memoria prodigiosa desfilaron los dioses de la mitología sumeria tal y como fueron presentados por Beroso; las ruinas de Bimini sobre la superficie costera de la Atlántida; el observatorio astronómico de Stonehenge; las esculturas de Pascua dedicadas a perpetuar la presencia de los expedicionarios de Tau Ceti; el tridente dejado accidentalmente por el comandante de la citada expedición en la bahía de Paracas; los mapas Aero fotográficos de Piri Reiss que mostraban la Antártida sin hielos, y muchas otras huellas de esa edad presuntamente primitiva no suficientemente investigada y todavía envuelta en las brumas de la especulación.

Una tarde de campo en las cuevas de Palmira, cerca de Tierralta, Lina quiso contemplar los pictogramas encontrados en ellas por los arqueólogos de la universidad. Durante mucho tiempo se creyó que estas cuevas ocupadas por murciélagos tenían como único atractivo las estalactitas de su bóveda oscura. Por eso Lina se interesó en las paredes de las citadas cuevas...

—¡Lo tengo! —dijo después de contemplar un centenar de dibujos curiosamente parecidos a los de los indios Hopi del occidente norteamericano. Su marido, quien estaba a su lado, pensó que se trataba del desciframiento de los pictogramas y pensó en Lina informando a la comunidad científica que los mayas habían llegado hasta Momil en el Sinú y que desde allí se habían dispersado por toda la geografía suramericana. Pero no. No era eso lo que quería decir Lina, quien por esta vez no entró en trance alguno. Su certeza provenía, al parecer, de un simple golpe de lucidez, de una de esas raras percepciones repentinas que muestran en un instante todo un resultado buscado por años, como si hubiera estado allí en el cerebro pero separado por piezas. Lina le dijo a su marido, todavía con el jadeo de la excitación, que su caso tenía una interpretación que rebasaba los horizontes de las ciencias contemporáneas, y que había llegado a ella después de analizar las extrañas figuras, una de las cuales semejaba la estructura de un fósil molecular. Sostuvo entonces que en su cerebro, por la acción de algún neurotransmisor arcaico, se producía la sintonización del pasado. Dijo también que sus adenones nerviosos podían haber repetido al azar toda la arquitectura molecular del sistema cortical de algún científico del siglo XX, lo cual originaba el efecto de captación de los episodios remotos, a la manera de un receptor de frecuencia orgánica.

Como les dije al inicio de la clase, Lina Farah vivió a finales del primer siglo del tercer milenio y es hoy una hermosa leyenda conservada por nuestros archivadores Omega. Todavía no se descubre la forma de repetir, aminoácido por aminoácido, el edificio natural del ser vivo; ni tampoco la utilización de las moléculas fósiles en el estímulo de la memoria histórica de la especie. Pero las leyendas estimulan no solo las fantasías sino las ciencias. ¿Quién puede decir que en el futuro no podamos descubrir los verdaderos orígenes de la razón en La Tierra con métodos semejantes?

1987

 

martes, 25 de junio de 2013

FRAGMENTO DE MI NOVELA AUTOBIOGRÁFICA.


6

   En esa casa del tío-abuelo vi –cuando apenas empezaba a tener conciencia de la vida- la turba de hombres y mujeres del pueblo que se dirigían armados de palos y machetes hacia el Paseo de Los Mártires para vengar la muerte del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán. Me contó Luz Elena, mi madre, que ese día escuchó a un señor de apellido Blanco arengar desde la esquina por un altavoz a las montoneras para que no dejaran intacta ninguna tienda o negocio de la oligarquía y que empezó a temer por la tienda y por la piladora de maíz del tío-abuelo Luis Vega.  

   Y que aparte de que a los gaitanistas de Cartagena: a Jorge Artel, a Braulio Henao Blanco y a Ramón León y B, los pusieron presos en la Base Naval, que luego de ser liberados, el primero se tuvo que ir al exilio para salvar su vida y que al segundo lo mató días después un policía de apellido Quiroz y que una turba conservadora destruyó los estudios de la emisora en donde se transmitía el radio periódico Síntesis, de Víctor Nieto, señalado como afín al líder inmolado, aparte de eso no pasó nada en la ciudad ni tuvimos que lamentar tragedia alguna en la familia. Tal vez lo único que enturbió la tranquilidad solariega de los Vega fue la agresión verbal primero, y con un cuchillo después, de la señora Rosa Baldiris a mi tío Agustín, en respuesta a las palabras de éste dichas con infinito desprecio: “A ese negro había que matarlo porque si no perdíamos el poder”;  agresión que obligó a mi tío a echarla de su casa. Muchos lustros después, siendo estudiante de Derecho en la Universidad de Cartagena, me enteraría que la pobre señora  Baldiris se encontraba muerta en la morgue del Hospital Santa Clara a la  espera de un familiar o conocido que la reclamara, familiar que nunca llegó; y no pude menos que lamentar, no obstante la enemistad de ella con mi madre, ese doloroso fin de una mujer del pueblo que vivió arrimada en la casa de mi tío Agustín, bajo la protección de su amiga Angustia, y que defendió unas ideas que yo no entendía a esa edad pero que con el correr del tiempo sabría valorar en su justa dimensión, cuando comprendí con  mi experiencia lectora y mi militancia juvenil revolucionaria, que Gaitán no era marxista ni simpatizante del comunismo. Pero que sí era un político reformista, un liberal de tendencias socialdemócratas, honestamente comprometido con las ilusiones de redención social de un pueblo que padecía los horrores de la explotación y de la guerra. Su ideario así lo decía claramente. Él  pensaba en repartir mejor la riqueza nacional para permitirles a los pobres tener su parte y  tenerlos en cuenta también a la hora de las grandes decisiones del Estado. Nunca propuso la abolición de la propiedad privada ni la dictadura de una clase o de un partido. Abogó por la “restauración moral de la República” en contra de “los mismos con las mismas”, los oligarcas de ambos partidos que empezaban a manchar la dignidad de Colombia con actos de corrupción y violencia, y llamó a la unidad del pueblo diciéndole que “el hambre no era liberal ni conservadora”. Aspiraba a forjar un partido liberal con ideas de transformación social encaminadas a poner a Colombia a tono con los cambios que se habían producido en el capitalismo de Europa, los cuales condujeron a varios de sus países a los niveles de desarrollo y justicia social que hoy tienen. A nada más aspiraba el caudillo. De haberlo logrado como presidente hubiera reducido la miseria, las desigualdades, la corrupción, la intolerancia política y hubiera iniciado el proceso de construcción de un país con justicia social, más democracia y sin violencia. Y tal vez hoy no tuviéramos un 80% de colombianos en la pobreza y no hubiéramos tenido guerrillas, ni parapolítica ni paramilitarismo. Y entendí también, gracias a mis lecturas, que no fue asesinado sólo por Roa Sierra ni por el comunismo internacional, sindicado por el presidente Ospina Pérez y la prensa conservadora de entonces para desviar la atención. Fue asesinado por quienes temían un ascenso del pueblo al poder de la mano suya y del partido liberal del cual se había apoderado con su verbo y su carisma. Y por la CIA, interesada en crear las condiciones para que en la conferencia Panamericana que se realizaba en Bogotá se aprobara la declaración anticomunista que proponía el delegado de los EEUU y que no contaba con el apoyo mayoritario de los asistentes antes del magnicidio y que finalmente se aprobó.

   Hoy, señor escritor y perdóneme este paréntesis político en mi narración, a seis décadas del crimen, todavía las autoridades judiciales no han encontrado a los autores intelectuales que muchos intuyen y algunos textos de historia han señalado, pero seguimos pagando sus consecuencias. Tal y como Gaitán mismo lo vaticinó: transcurrirían 50 años de violencia si las oligarquías lo asesinaban. Y han transcurrido muchos más. Producto de la tozudez de la oligarquía que lo mandó a matar y de la que posteriormente ordeno la invasión aerotransportada de dieciséis mil hombres a Marquetalia, es esta etapa de violencia que no termina. Y le cuento algo más que el país no conoce, para que conste en la historia por si los historiadores no lo cuentan: Como consecuencia del asesinato del caudillo, uno de sus seguidores, el campesino liberal Pedro Antonio Marín, decidió enmontarse para luchar en contra de las dictaduras conservadoras y militar que se instalaron con violencia los años siguientes para impedir que el pueblo gaitanista vengara con la toma del poder la muerte del caudillo. Pero no todas las guerrillas de esos tiempos eran liberales, también las hubo con mandos comunistas. Pedro Antonio Marín se relacionó con una de ellas y terminó aceptando su estrategia y su política. Y organizó un caserío con sus hombres desmovilizados una vez finalizada la guerra  y allí comenzó a descuajar montes y a trabajar la tierra, a criar animales, luego de esconder las armas en la espesura de la montaña por si era necesario volver a empuñarlas. Como en efecto sucedió. El gobierno de los terratenientes, de los industriales y de los banqueros no podía tolerar que en un caserío colombiano mandara un comunista y decretaron, instigados por el partido conservador, el exterminio de ese pueblo y de sus gentes con un bombardeo que apenas mató los cerdos, las vacas, las gallinas y los asnos que los campesinos tenían en sus casas y parcelas. Si en lugar de enviarles al coronel Matallana con su ejército, le llevan a los guerrilleros convertidos en agricultores: la escuela, le construyen el carreteable, el puesto de salud y aceptan que el inspector de policía fuera uno de ellos y no un “godo” arbitrario y asesino, al cual hubieran tenido que matar, hoy Marquetalia fuera un próspero municipio, Pedro Antonio Marín fuera el alcalde más viejo del mundo y las FARC no hubieran existido.     

martes, 4 de diciembre de 2012

QUARK
Por Antonio Mora Vélez.

Escondido en las estructuras
del asombro,
eres y no eres
en el todo que construyes.
El Fuego te esclavizó
en el estallido primigenio
y hoy no te deja viajar
libremente
por las praderas de la Luz.
Así de sometido,
sueñas con tu hogar
--fuera del tiempo--
y te ves radiante
y pleno de entidad
y te consuela pensar
que el Cosmos dejará
algún día de estirarse
y que la fragua creadora
de estos sueños
te transportará a tu vieja morada
--la de tus pares—
a disfrutar eternamente
de las mieses del Espíritu.
Noviembre 17 de 2005.

viernes, 23 de noviembre de 2012

CUENTO MÍO DE CF POCO CONOCIDO


LOS OTROS*

 

Habían transcurrido diez años convencionales desde que los tripulantes de la Antar II iniciaron la búsqueda de la enigmática fuente de energía que por años venía enviando, con destino a nuestra galaxia, una señal arrítmica, periódica y constante. Fueron diez años durante los cuales Karlem, la única mujer de la expedición, no cesó un instante de pensar en la despedida, en las cosas hermosas que quedaron en La Tierra, en las voces entrañables que le dijeron: “¡Karlem, enhorabuena! Eres la primera mujer en viaje por los espacios intergalácticos, que es tanto como decir, en viaje hacia el infinito”.  Se preguntaba una y mil veces. “¿Qué objeto tiene entregar el resto de una vida?”. Pero se reconfortaba con la esperanza de conocer a los autores del incesante llamado. Además, en más de una ocasión había soñado con la existencia de una civilización más avanzada que la nuestra. Le parecía que el hombre terrestre, a pesar de su innegable progreso, no había alcanzado su total perfeccionamiento. Aún existían el odio, la envidia y el egoísmo, no obstante la alta tecnología productiva y la educación dirigida. Consideraba que el Hombre integral sólo puede albergar en las interioridades de su cerebro, amor, pero amor en la más amplia significación del término. Y estaba convencida de que ese hombre perfecto debía existir en algún lugar del universo.

La Tierra, en cambio, había envejecido muchos siglos después de la época en que los astrofísicos y radio astrónomos del Centro Gagarin, con fundamento en la tesis que sostiene que en la naturaleza no se dan radioemisiones  de carácter periódico, llegaron a la conclusión de que dichas emisiones tenían que provenir de alguna inteligencia del cosmos y además extraordinaria porque las ondas del mensaje debieron partir cuando todavía no habían hecho su aparición sobre nuestra superficie los primeros seres vivos y apenas si terminaban de conformarse las primeras proteínas. Una estrella de la clase U, ubicada en el plano medio ecuatorial de la galaxia IC-9801 del cúmulo de Boyero, a tres  millones de años luz, fue señalado  como el lugar del cual partieron las poderosas ondas de radio captadas en La Luna. Y hacia ese lugar del cosmos indicaban el rumbo las coordenadas de vuelo de la Antar II.

Por lo anterior, Karlem, la valerosa ingeniero responsable de las comunicaciones, no logró resistir el incontrolable deseo de conocer lo que está más allá de las estrellas, y pudo armarse del valor suficiente para aceptar hacer parte de una expedición incierta que quizás nunca llegue a su destino ni logre regresar a su lugar de origen. Encerrada como estaba en sus pensamientos, no escuchó la orden dada por el comandante Rob para que la tercera unidad de energía fuera activada y la nave lograra la octava velocidad cósmica. Un breve titubeo y la astronave brilló, con el fulgor de un sol, para anunciarle al espacio ilimitado que los hombres de La Tierra se disponían a ingresar en sus misteriosos laberintos en busca de nuevas realidades. La pantalla ovoidal se vio de pronto llena de figuras fugaces, de líneas multicrómicas que semejaban un filme interminable y de indescifrables puntos brillantes que se agigantaba para perderse luego. Habían logrado la aceleración y velocidad necesarias para superar la atracción del campo gravitacional galáctico. Atrás quedaba, como dormida en una alfombra oscura, la Vía Láctea, nuestra ya pequeña morada.

Rob cumplía su quinta misión en el espacio. Pero ésta era para él la más importante. No sólo porque era la primera incursión extra galáctica del ser humano sino porque con ella se le presentaba la oportunidad de demostrar su teoría de la Relatividad Simétrica de la Materia que expuso en la Academia de Ciencias cuando resolvió conseguir el grado en astrofísica. Por su mente aún desfilaban los rostros sardónicamente sonrientes de los examinadores y en especial el de Lon Vert, quien le interrogó entonces: “¿Acaso es posible que en nuestro planeta nazcan de padre y madre diferentes, dos hijos exactamente iguales?”; para demostrarle que la simetría de la Materia no podía llegar a los extremos por él pretendidos.

Varios años terrestres después, una estela de luz con la intensidad de una supernova, iluminó las aerodinámicas líneas de la cosmonave. Su luminosidad creciente duró pocos segundos, los suficientes para que el ojo avizor del piloto electrónico dispusiera la apertura de las cabinas de hibernación en las que los valientes astronautas acortaban el tiempo para matar la monotonía y posibilitar el éxito de la empresa. Rob miró la pantalla de controles y observó que quedaban en ella huellas del extraño fenómeno, fragmentos titilantes de color plata se refractaban en la cúpula de vitrilo formando una hermosa acuarela cristalina que lo transportó imaginariamente a un mundo de fantasías. “¡Marcha atrás!”, ordenó, no sin antes solicitar los cálculos a los ingenieros de vuelo. “Solo una cosmonave es capaz de dejar rastros como éstos”, agregó.

Estaban justamente en el lugar llamado de las carrozas de fuego, casi en la mitad del viaje. La operación de frenada para constatar la naturaleza del objeto estelar visto demoró algunas horas terrestres y la Antar II tuvo que regresar y adelantar dos veces antes de quedar frente a frente con el misterioso objeto del cosmos, que ahora se mostraba imponente como lo que en verdad era: una nave colosal que tenía la figura de una golondrina en pleno vuelo. Dos extensos alerones que terminaban hacia atrás en punta contrastaban con sus cuatro reactores en forma de delta. Su cabina se alargaba como un hilillo de plata hasta confundirse con las tinieblas del espacio.

Segundos de contemplación más tarde, una lucecilla de color violeta apareció en las láminas inferiores del cuerpo central y se fue ampliando hasta transformarse en una pequeña plataforma recubierta por un cono de material trasparente. “No cabe duda, vienen preparados para mostrarse ante nosotros” dijo Rob. Y tuvo que criticar la imprevisión de los ingenieros constructores de la nave terrícola porque no había en ella mecanismo alguno para mostrarse a otros seres del cosmos en las afueras del espacio y era imposible todo intento de transbordo sin poner en riesgo la vida de la tripulación.

El momento esperado por siglos se producía. Y fue entonces cuando Karlem dio rienda suelta a su fantasía recordando la ley de la complejidad estética de la materia recientemente formulada. “Los habitantes de una civilización extraterrestre con millones de años de existencia, tienen que ser anatómicamente perfectos, hermosos, y espiritualmente pletóricos de amor y de optimismo en las infinitas capacidades de la inteligencia. Igual que en los cristales, la materia viva en su desarrollo ascensional adopta una organización mucho más armónica y perfecta, en proporción al tiempo de evolución”. Rob, por su parte, no pudo evitar pensar en ese instante, en las interminables sesiones de la Academia y en la frase final de su discurso: “La simetría es una propiedad universal de la materia que no admite excepciones. En algún lugar del cosmos debe existir una galaxia o un sistema estelar o un planeta parecidos a los nuestros pero de signo contrario”. Tampoco pudo evitar pensar en la imposibilidad de comunicar a sus descendientes de La Tierra el gran encuentro, en Varna su esposa resignada quien le dijo al partir: “Rob yo sé que tú algún día, cuando de mí no quede sino el recuerdo, allá en el infinito, podrás gritar que tenías la razón”. Y pensó también en los años de viaje que todavía faltaban, en la cara huesuda de Lon, en los ojos anhelantes de Karlem, en tantas y tantas cosas, que no observó dos figuras esbeltas, desnudas, que aparecieron en actitud de danza y modelaje sobre la plataforma de cristal de la astronave amiga, ni escuchó la exclamación de asombro de Karlem al mirarlas: “¡Pero si somos nosotros!”.

Montería, 1972.

*Hace parte de mi primer libro de cuentos de CF titulado Glitza (1979) y fue publicado inicialmnte en el Magazín Dominical de El Espectador en ese año de 1972.

domingo, 8 de julio de 2012


“LA PARTÍCULA DE DIOS”

Por Antonio Mora Vélez
La confirmación de la existencia del llamado bosón de Higgs introduce un nuevo elemento de discusión en la milenaria confrontación entre las concepciones filosóficas espiritualistas y materialistas del mundo.  El mentado bosón –cuyo descubrimiento es sin duda uno de los grandes aportes de la ciencia al pensamiento humano- demuestra que el proceso de transformación de la energía en materia masificada es el mecanismo de formación de las partes de que se compone nuestro universo.  Los bosones –cabe explicarlo-- son los portadores de la acción que la fuerza de un campo ejerce sobre las cuerpos y partículas que interactúan dentro de su esfera de influencia.  Cada una de las llamadas cuatro fuerzas de la naturaleza tiene su bosón respectivo. El gravitón para la gravitacional, el fotón para la electromagnética, el gluón para la fuerza nuclear fuerte y los bosones W+, W- y Z para la fuerza nuclear débil.
Si nos remitimos a la teoría del Big Bang, el bosón de Higgs es la partícula portadora de la fuerza unificada del campo inicial también unificado del universo en el cual vivimos. Y gracias a su acción, durante los primeros tiempos después del estallido, se formaron los electrones y los quark y éstos se unieron para formar protones y neutrones; un millón de años después electrones, protones y neutrones se unieron para formar átomos cuyas posteriores combinaciones, millones de años más tarde, dieron lugar a las galaxias, las estrellas, los planetas, la vida y el hombre. Como corolario de ese proceso el campo unificado inicial se deshojó como un queso de capa y dio origen a los campos gravitacional, electromagnético, nuclear fuerte y nuclear débil ya señalados. Y la fuerza unificada inicial se abrió como un atado de tallos junto con las capas y dio origen a las cuatro fuerzas descritas arriba.
El descubrimiento de la Física que comentamos es de una gran importancia porque confirma la necesidad de relacionar la mecánica cuántica y la clásica en el estudio del cosmos. De cómo para entender muchos fenómenos del macrocosmos hay que recurrir a las leyes del microcosmos, esto es, de la mecánica cuántica, tal y como lo afirmó Stephen Hawkings luego de  explicar la naturaleza de los llamados agujeros negros. Y le abre camino a la tarea de desenredar los enigmas de la expansión del universo y definir si éste va hacia una expansión infinita o tarde o temprano llegará a un estado de equilibrio térmico producido por la entropía en el que habrán desaparecido hasta los protones y los neutrones y solo existirán partículas ligeras y radiación, estado de equilibrio que será roto por la acción gravitatoria en estado cuántico y  seguramente gracias a la acción de esa llamada “partícula de Dios”:  los bosones de Higgs, dispuestos a recomenzar el proceso pero en sentido inverso, no hacia la expansión sino hacia la contracción del universo.
Una partícula que es capaz de poner en funcionamiento la dialéctica del mundo merece el calificativo de “la partícula de Dios”. Ella, sin tener masa, y siendo partícula y onda al tiempo, lo que le permite ser parte y todo en el campo unificado originario, y tal vez por ser la fuerza integrada inicial, logra que de la energía que lo contiene, que es el todo, salgan las partículas dotadas de masa que estructuran como ladrillos, el universo. La materia tiene la razón de su existencia en sí misma, reiteran ahora los materialistas. El campo unificado y la gran fuerza inicial no son materia, responden los espiritualistas. El Dios que aviva el mundo reside en él, es la esencia que lo mueve, y el bosón de Higgs es su instrumento, dirán los panteístas.  ¿Y quién creó la energía primigenia y al mentado bosón?, preguntarán los teístas. Y se las dejo ahí, por ahora.



lunes, 18 de junio de 2012

RAY BRADBURY



Para empezar, esta verdad: los cuentos y novelas de Ray Bradbury  tienen un espacio especial en mi memoria. Y la razón es que nadie como él ha podido plasmar en un relato la tristeza del hombre frente al futuro incierto que le espera, sin necesidad de recurrir a las imágenes truculentas y terroríficas de algunas corrientes modernas de la ciencia-ficción. Cuentos como Vendrán lluvias suaves y El peatón son suficientes para hacernos entender que el hombre está condenado a la extinción si persiste en su afán de acabar con la naturaleza -que es su madre- en aras del progreso de los hornos y de las turbinas. En el primero de esos cuentos, una casa inteligente que subsiste después de un cataclismo, sigue sirviendo a sus huéspedes ya muertos como si nada hubiera ocurrido, hasta que un incendio la destruye. En el segundo, un escritor -el último peatón de una ciudad deshabitada- es descubierto por un carro policía automático y llevado a un centro siquiátrico para curarle sus “tendencias regresivas”, que por tales entiende las de escribir y las de pasear para coger el aire de las calles solitarias. O las Crónicas Marcianas, una colección de relatos elegíacos en los que Bradbury reafirma su esperanza de salvación de la vida humana muy a pesar de la destrucción de La Tierra y en los cuales Marte es un símbolo del cual se vale al autor para mostrarnos todo lo bello y bueno que perdimos en nuestro planeta. 
Pero la joya de la corona es tal vez Fahrenheit 451, novela en la que Bradbury nos previene del poder alienante y desorientador de los medios de  comunicación -lo que hoy es una realidad-  y  del papel nefasto de los fundamentalismos ideológicos y de los totalitarismos políticos, hoy de sobra conocido. Montag, el personaje –“uno de los tipos más puros de la literatura universal” según Charles Dobzinky-, descubre que leer y memorizar libros es mucho mejor que quemarlos porque en cada uno de ellos hay alguien que dedicó parte de sus sueños y de sus energías para escribirlos y porque en sus palabras tiene que haber algo para que una mujer se deje quemar viva por el delito de poseerlos. Y Montag cambia de bando y se une a los perseguidos del sistema, todos ellos conservadores en el mejor sentido de la palabra, de las obras clásicas de la literatura y del pensamiento.
La ciencia-ficción tiene dos líneas aparentemente antagónicas: la distopía (mostrar un futuro nada bueno para la especie humana) y la utopía (que propone todo lo contrario). Bradbury tiene el mérito de haber superado esos límites otrora rígidos del género y haber optado por su combinación.  Por eso en su obra, al tiempo que el hombre enfrenta realidades desconcertantes y apabullantes, siempre hay una salida. Como lo dice uno de los personajes de Fahrenheit 451: “eso es lo maravilloso del hombre; nunca se descorazona o disgusta tanto como para no empezar de nuevo”. Además del lenguaje poético y de la fantasía desbordante que hay en varios de sus relatos (Las doradas manzanas del sol y Calidoscopio, por ejemplo), ese optimismo humanista es uno de sus grandes aportes al género y una de sus enseñanzas a sus discípulos. Con él aprendimos que el peor de los futuros posibles no puede cerrarnos las puertas de la esperanza; esa esperanza bradburiana que transita por todos mis libros de cuentos y poemas, empezando por Glitza y que es el gran mensaje de mi novela Los nuevos iniciados. Por eso, perdónenme si les digo que en Colombia nadie como yo ha lamentado tanto su muerte.

Antonio Mora Vélez.


sábado, 26 de mayo de 2012



PALABRAS DE PRESENTACIÓN DEL LIBRO “YO, RAÚL”.

Yo, Raúl –es el libro del profesor y escritor Rubén Darío Otálvaro Sepúlveda que hoy presentamos en esta ciudad en donde vivió su niñez el poeta Raúl Gómez Jattin. Un libro que estaba haciendo falta para conocer más a fondo la lírica de este gran poeta nuestro que, a juicio de muchos críticos, le dio a la poesía colombiana un nuevo aire con sus temas y por la calidad de su obra.  El análisis de la poesía de Raúl Gómez Jattin lo hace nuestro escritor Otálvaro con base en tres categorías de la crítica: el sujeto lírico, el espacio poético y la intertextualidad.  Ellas le sirven para señalar, primero, que en “la poesía gomeziana…--cono él la denomina-- el yo poético es expresión directa del yo biográfico”. Con lo cual Gómez Jattin –dice Otálvaro-- se distancia de la poesía moderna, que “plasma una visión del mundo a través de la creación de una voz poética impersonal hasta el extremo de hacerla casi inidentificable”, de casi hacer desaparecer la voz personal del poeta. Veámoslo con este ejemplo: “Los habitantes de mi aldea/ dicen que soy un hombre/ despreciable y peligroso/ y no andan muy equivocados// Despreciable y peligroso/ Eso han hecho de mí la poesía y el amor//. El poeta y el hombre se confunden en estos versos y en casi todos los demás de su obra.
El espacio poético de Gómez Jattin es para Otálvaro, el Sinú con sus  ciénagas, poblaciones, frutas y animales. Un espacio poético que se convierte en símbolo del dolor y del amor, de la vida y de la muerte, de la soledad y de los sentimientos que atormentaron su vida. Pero Otálvaro agrega, lo que le da más profundidad a su análisis, que Gómez Jattin no pudo prescindir de esa naturaleza para expresar sus sentimientos. Una de sus obsesiones –dice—: dibujar su propio retrato de vida, no lo pudo hacer sin “dejar de poner en él, como paisaje de fondo, sus llanuras sinuanas, los frutos, los animales, el calor de su tierra”.  Y en especial el río –gusano de cristal irisado—del cual se considera hechura cuando afirma ser “hombre de río pero con el alma  negada”. En síntesis: La geografía en Gómez Jattin, o sea el espacio poético, está tan íntimamente ligada al Yo poético, al sujeto lírico, que se puede decir que son una unidad de opuestos, y que gracias a esa unidad del uno y del otro fue posible el surgimiento de esta gran poesía.
Pero el diálogo de Gómez Jattin con la geografía y con la cultura del Sinú, con los poetas, dramaturgos, filósofos y pensadores que leyó, también se sumó al proceso de creación de la poesía gomeziana.  Con este recurso, al cual los teóricos le denominan intertextualidad,  nos muestra el profesor y escritor Otálvaro la vasta erudición que el poeta tenía sobre muchos temas, e incluso la razón de ser de su estilo y de su visión de la vida. Gracias a este análisis entendemos, por ejemplo, que el verso intimista y sencillo se lo debe nuestro poeta a quien fuera uno de sus paradigmas, el poeta español Antonio Machado. Y de cómo el erotismo y algo de su estilo lo bebe Raúl en la fuente de la poesía de Walt Witman. De cómo descubrió la tristeza en el rostro de su padre mientras éste le leía la Canción de la vida profunda de Barba Jacob. Y de cómo la poesía de Octavio Paz, lo que el poeta confiesa en tres de sus versos, lo puso en contacto y lo hizo pensar en el aire, en la luz solar, vale decir en la naturaleza, y le facilitó la conversión de ésta en expresión de su tristeza. Hay un poema de Paz dedicado al pintor mejicano José Luis Cuevas que parece escrito pensando en Raúl. Dice en su estrofa final: “desde el fondo del tiempo, desde el fondo del niño, José Luis –podríamos decir Raúl- dibuja nuestra herida”.
De todo lo anterior, sumado tales elementos como las partes de un suculento banquete literario, surge según Rubén Darío Otálvaro, la poesía de Raúl Gómez Jattin, una poesía que maneja un estilo prosaico y oral que rompe con la tradición conservadora de la poesía colombiana y  que no hubiera sido posible sin la maravillosa conjunción de la tristeza de Raúl frente a las imágenes de su memoria, sin el escenario del Sinú que le propició los pocos días de felicidad que tuvo y sin el aporte de sus muchas lecturas que le dieron el soporte estilístico y de sabiduría para poder expresar lo que hay en su obra. Qué tan lejos este análisis del unilateral que resalta más la vida, la biografía del poeta con sus pasiones, defectos y tormentos. A éstos últimos, a los que han dado más importancia al loco, al homosexual, al drogadicto, el poeta les dice en sus versos dramáticos: “Valorad  al loco (no lo miren a él, miren al hombre, al poeta) porque él nos representa ante el mundo,/ con su sensibilidad dolorosa como un parto”. Y eso, mirar al poeta, su entorno y sus lecturas y reconocer de paso al hombre es lo que ha hecho Rubén Darío Otálvaro con este maravilloso libro que hoy presentamos en homenaje a la memoria del gran poeta de Cereté.


Antonio Mora Vélez,
Cereté, Casa de la Cultura Raúl Gómez Jattin, mayo 25 de 2012.