sábado, 26 de mayo de 2012



PALABRAS DE PRESENTACIÓN DEL LIBRO “YO, RAÚL”.

Yo, Raúl –es el libro del profesor y escritor Rubén Darío Otálvaro Sepúlveda que hoy presentamos en esta ciudad en donde vivió su niñez el poeta Raúl Gómez Jattin. Un libro que estaba haciendo falta para conocer más a fondo la lírica de este gran poeta nuestro que, a juicio de muchos críticos, le dio a la poesía colombiana un nuevo aire con sus temas y por la calidad de su obra.  El análisis de la poesía de Raúl Gómez Jattin lo hace nuestro escritor Otálvaro con base en tres categorías de la crítica: el sujeto lírico, el espacio poético y la intertextualidad.  Ellas le sirven para señalar, primero, que en “la poesía gomeziana…--cono él la denomina-- el yo poético es expresión directa del yo biográfico”. Con lo cual Gómez Jattin –dice Otálvaro-- se distancia de la poesía moderna, que “plasma una visión del mundo a través de la creación de una voz poética impersonal hasta el extremo de hacerla casi inidentificable”, de casi hacer desaparecer la voz personal del poeta. Veámoslo con este ejemplo: “Los habitantes de mi aldea/ dicen que soy un hombre/ despreciable y peligroso/ y no andan muy equivocados// Despreciable y peligroso/ Eso han hecho de mí la poesía y el amor//. El poeta y el hombre se confunden en estos versos y en casi todos los demás de su obra.
El espacio poético de Gómez Jattin es para Otálvaro, el Sinú con sus  ciénagas, poblaciones, frutas y animales. Un espacio poético que se convierte en símbolo del dolor y del amor, de la vida y de la muerte, de la soledad y de los sentimientos que atormentaron su vida. Pero Otálvaro agrega, lo que le da más profundidad a su análisis, que Gómez Jattin no pudo prescindir de esa naturaleza para expresar sus sentimientos. Una de sus obsesiones –dice—: dibujar su propio retrato de vida, no lo pudo hacer sin “dejar de poner en él, como paisaje de fondo, sus llanuras sinuanas, los frutos, los animales, el calor de su tierra”.  Y en especial el río –gusano de cristal irisado—del cual se considera hechura cuando afirma ser “hombre de río pero con el alma  negada”. En síntesis: La geografía en Gómez Jattin, o sea el espacio poético, está tan íntimamente ligada al Yo poético, al sujeto lírico, que se puede decir que son una unidad de opuestos, y que gracias a esa unidad del uno y del otro fue posible el surgimiento de esta gran poesía.
Pero el diálogo de Gómez Jattin con la geografía y con la cultura del Sinú, con los poetas, dramaturgos, filósofos y pensadores que leyó, también se sumó al proceso de creación de la poesía gomeziana.  Con este recurso, al cual los teóricos le denominan intertextualidad,  nos muestra el profesor y escritor Otálvaro la vasta erudición que el poeta tenía sobre muchos temas, e incluso la razón de ser de su estilo y de su visión de la vida. Gracias a este análisis entendemos, por ejemplo, que el verso intimista y sencillo se lo debe nuestro poeta a quien fuera uno de sus paradigmas, el poeta español Antonio Machado. Y de cómo el erotismo y algo de su estilo lo bebe Raúl en la fuente de la poesía de Walt Witman. De cómo descubrió la tristeza en el rostro de su padre mientras éste le leía la Canción de la vida profunda de Barba Jacob. Y de cómo la poesía de Octavio Paz, lo que el poeta confiesa en tres de sus versos, lo puso en contacto y lo hizo pensar en el aire, en la luz solar, vale decir en la naturaleza, y le facilitó la conversión de ésta en expresión de su tristeza. Hay un poema de Paz dedicado al pintor mejicano José Luis Cuevas que parece escrito pensando en Raúl. Dice en su estrofa final: “desde el fondo del tiempo, desde el fondo del niño, José Luis –podríamos decir Raúl- dibuja nuestra herida”.
De todo lo anterior, sumado tales elementos como las partes de un suculento banquete literario, surge según Rubén Darío Otálvaro, la poesía de Raúl Gómez Jattin, una poesía que maneja un estilo prosaico y oral que rompe con la tradición conservadora de la poesía colombiana y  que no hubiera sido posible sin la maravillosa conjunción de la tristeza de Raúl frente a las imágenes de su memoria, sin el escenario del Sinú que le propició los pocos días de felicidad que tuvo y sin el aporte de sus muchas lecturas que le dieron el soporte estilístico y de sabiduría para poder expresar lo que hay en su obra. Qué tan lejos este análisis del unilateral que resalta más la vida, la biografía del poeta con sus pasiones, defectos y tormentos. A éstos últimos, a los que han dado más importancia al loco, al homosexual, al drogadicto, el poeta les dice en sus versos dramáticos: “Valorad  al loco (no lo miren a él, miren al hombre, al poeta) porque él nos representa ante el mundo,/ con su sensibilidad dolorosa como un parto”. Y eso, mirar al poeta, su entorno y sus lecturas y reconocer de paso al hombre es lo que ha hecho Rubén Darío Otálvaro con este maravilloso libro que hoy presentamos en homenaje a la memoria del gran poeta de Cereté.


Antonio Mora Vélez,
Cereté, Casa de la Cultura Raúl Gómez Jattin, mayo 25 de 2012.

lunes, 14 de mayo de 2012

¡QUÉ GRAN DESPERDICIO!

A Carl Sagan, autor de “Contacto”.

Si esa luz que nos llega de Sirio o de Andrómeda
no alumbra el sueño de otros seres.
Si en todo el universo, como dicen los escépticos,
la vida es ausencia en medio de la noche.
Y si la palabra reside solo en este valle del cosmos
y el infinito es arena y gas y una que otra hoguera
en el tapete azabache de los dioses.
Qué gran desperdicio de espacio, Señor...
¡qué falta de visión la tuya! ¡cuánta soledad! ¡cuánta tristeza!


 2001

martes, 17 de abril de 2012

EL PARTIDO DE MAGOLA

Por Antonio Mora Vélez.


Ese día del célebre partido de pelota del cuento, estudiábamos un examen de derecho penal: Fernando, Lucho, Geminiano y yo, en la casa del primero ubicada en el popular y populoso barrio Torices, sede del equipo de béisbol profesional del mismo nombre. Habíamos concertado llegar temprano para almorzar algo –invitados por la esposa del amigo--, conversar un rato mientras hacíamos la digestión y estudiar hasta las 9 de la noche ya que después de esa hora era difícil encontrar un bus que nos llevara al centro y en mi caso, encontrar otro de la ruta Popa-Olaya que me transportara hasta mi casa.
En el estadio 11 de noviembre se enfrentaban las novenas de Bolívar y Córdoba, uno de los clásicos de la pelota costeña. Y de no haber sido por ese examen me habría ido para el “coloso novembrino”--que así lo llamaban los locutores-- a ver al “Tigre” Leal enfrentando los lanzamientos cruzados del “Santico” Berrocal y al “Regadera” Rodríguez despachando la pelota de hit a todos los jardines. Pero había que cumplirle al profesor Guillermo Gómez León, que era un buen docente y exigente en su materia, pero sobre todo porque él tenía del grupo y de mí en particular, el mejor de los conceptos como estudiantes.
Cuando hubimos repasado todos los artículos de los delitos contra la libertad y el honor sexuales, suspendimos y decidimos salir a la avenida a esperar el bus de Torices-Crespo. El partido iba todavía por el quinto episodio –lo escuché en la tienda del sector-- y pensé que tendría tiempo de escuchar el resto por la radio en la voz deportiva de Marcos Pérez Caicedo. Y así fue en efecto, pero antes debo decirles que Geminiano y Lucho vivían en las residencias universitarias, que quedaban a pocas cuadras de la estación de la avenida Venezuela en el Centro, y por eso, a los pocos minutos de espera, se embarcaron en su bus, que era ya el último. Yo, en cambio, residía en el barrio 13 de junio, bastante lejos de donde estábamos, y por eso decidí quedarme en Torices y aceptar la invitación de la mujer de mi primo Pablo, de dormir esa noche en su apartamento situado a tres cuadras de la casa de Fernando.
La noche estaba metida en lluvia y esa fue otra razón para no aventurarme hasta el barrio 13 de junio, que estaba construido sobre una meseta, y era que el bus de Popa-Olaya me dejaba abajo en la estación de gasolina de Caimán y entonces me tocaba, para llegar a la casa de mi tío Agustín, subir por una calle que era una pendiente destapada de cinco cuadras que se convertía en un barrial cuando llovía. Fernando me acompañó hasta la puerta del apartamento de Magola, que así se llamaba la mujer de Pablo, y se retiró hacia su casa una vez aquélla me invitó a entrar. El apartamento no era tal sino la segregación de parte de una casa habitada por una familia de pocos miembros que decidió reducir su espacio para ganarse los dineros de la renta; constaba de una sala-comedor, de una alcoba espaciosa, una cocineta en el patio común y un baño anexo a la alcoba. La sala-comedor de mi primo estaba separada de la sala de la casa por una cortina gruesa y enorme que permitía el paso de un lugar a otro con solo apartarla en una de sus orillas. Y se me vino a la cabeza entonces que no debía ser nada agradable vivir así ya que la intimidad de la alcoba, que no tenía puertas sino también otra cortina pero transparente, era vulnerable desde el otro lado de la casa.
La mujer de mi primo me recibió en bata de dormir de seda transparente. La sala-comedor estaba alumbrada por la luz de la alcoba y pude ver el juego de tres muebles y una mesita de centro, y la mesa redonda del comedor con cuatro sillas. Me informó que me acostara en el sofá, en donde ya estaban dispuestas la almohada y la sábana. Me indicó donde quedaba el baño y me dijo que si tenía necesidad de ir a él que atravesara la alcoba sin pena, que éramos de la familia y estábamos en confianza. Finalmente me dijo que si yo quería, ella apagaba el radio, que lo tenía encendido justo en el partido de pelota que yo quería escuchar. “Es para saber a qué horas se acaba porque Pablo se lo está viendo y tengo que calcularle el tiempo de regreso para saber que no se fue con sus amigos a parrandear con las putas de Tesca”, me dijo para justificar el encendido.
--No, si no te molesta, no lo apagues que yo quiero escuchar el partido—le dije

Yo estaba en la sala y ella en la entrada de la alcoba y pude verle con la ayuda de la luz, su cuerpo desnudo y esa visión me transportó mentalmente al bar Tropicana de Montería y a la noche en que supe lo que era el sexo por primera vez con la vecina gordita que trabajaba en ese bar. Magola, igual que la mesera de esa noche memorable, no tenía un cuerpo esbelto, era bajita y gordita, pero en la exhibición de sus piernas gruesas, en sus amplias caderas y en sus senos aún turgentes, se adivinaba la lujuria que sus ojos trataban de ocultar.
--Hasta mañana, Mago. –le dije y me senté en el sofá a esperar a que ella se acostara y apagara la luz para yo quitarme la ropa y acostarme en calzoncillos.
Pero Magola no apagó la luz ni tampoco la radio. Alcibíades Jaramillo por Bolívar y Wilfrido Petro por Córdoba, seguían entretanto, trenzados en un duelo de serpentinas, dominando a los mejores bateadores de ambas novenas. Habían transcurridos seis episodios y el marcador era un cero a cero que mantenía en tensión a los miles de espectadores del estadio y a los centenares de miles de radioescuchas de ambos departamentos.
-!Tony…! estás escuchando el partido?—dijo al rato Magola desde su cama y le contesté que sí y pude entonces observar al mirar hacia ella y a través del toldo para los mosquitos, que se había quitado la bata y estaba con un interior que le cubría apenas el monte de Venus y el valle que se abre entre sus nalgas.
- Lo que es Bayuelo le mete un palo a Petro y se le acaba la vaina a los cordobeses-- agregó.
Pero el palo de Bayuelo no se produjo y el partido continuó en su monótono transcurrir de ponches, roletazos al campo interior y elevados fáciles a los jardines que colgaban cero tras cero y yo alternando mi atención en la narración de Marcos Pérez con las poses insinuantes de Magola, que no hacía sino cambiar de posición en la cama a cada rato, según la jugada, y levantarse del lado de la sala para hacer algo impredecible pero en verdad –así lo supe después-- para que yo la viera de frente y le contemplara el triángulo de su sexo que resaltaba coposo en su pantaloncito blanco de encajes.
Una hora más tarde, cuando el partido estaba en la conclusión del noveno y bateaba la tanda brava de Bolívar, le dije a Magola, con la decente pero ingenua intención de que se cubriera: “Mago… voy a orinar”.
-Ya sabes el camino--me respondió.
Me dirigí hacia el baño, sin mirar hacia la cama al pasar frente a ella. Al terminar de orinar no resistí la tentación de verla desde el sanitario y noté que ya entonces Magola se había quitado el interior de encajes, estaba boca abajo resaltando la herencia bantú de sus voluminosas nalgas y que la sangre empezó a llenar de fuerza mis deseos. Esperé uno o dos minutos que Fernán Velásquez aprovechó para robarse la segunda base. Comencé a caminar hacia la sala, esta vez disimulando, como si nada estuviera ocurriendo. Ni dentro del toldo ni en la pasión carnal alebrestada que bregaba por salirse de mis casillas.
-¡Oye, vas a esperar a que se produzca el último out del último inning!—, me dijo sonriente justo al pasar frente a los pieceros de su cama, lo que me obligó a contemplarla en su imponente y provocadora desnudez. Vi entonces, inmóvil por la turbación, que abría ligeramente las piernas y se pasaba con delicadeza la mano derecha por su sexo y que levantaba el toldo con uno de sus pies para que yo entrara.
Sobra que les diga que, sin pensar en las consecuencias, me monté en esa potranca entusiasmada y que cabalgué en ella gozoso por varios minutos; pero no sobra que les diga (porque no era previsible) que justo en el momento del climax con Magola, Tomás Moreno bateó el hit con hombre en segunda que dejó a Córdoba con las manillas en las manos.


2010.

miércoles, 11 de abril de 2012

LA GORDITA DEL TROPICANA- Prólogo.

PALABRAS DE ENTRADA
Carlos Orlando Pardo
Seré verídico para que no me crean
Tomás Carrasquilla
La patria del hombre es su infancia, sentenció alguna vez León Tolstoi y es de aquella fuente inagotable donde Mora Vélez bebe para entregarnos este nuevo libro poblado por historias de inocencia, tan extrañas aunque bellas hoy como cuando a Aureliano Buendía su padre lo llevó a conocer el hielo. Y avanza hasta los tiempos de la pubertad encabritada donde el instinto comienza a alargarse y los sueños húmedos alcanzan su pedestal para transformarse, con el paso del tiempo, en la emoción de recrearlos en la literatura, sin que la vida se detenga ahí sino vaya inclusive a las horas que cruzan hasta que el sol comienza a iluminar nuestra espalda. Épocas fantasiosas y de maravilla por la candidez en que crecimos con los sueños intactos y nos permiten resucitar antiguas emociones bajo la magia de la palabra justa, pero ante todo por el de la turbación creativa que no deja morir escenas de momentos que marcan nuestra vida y son más o menos comunes a una generación que hoy se erige en plena madurez.
Salvo para la grata curiosidad del mundo literario, el origen remoto o próximo de una fábula vertida al relato no tiene la importancia que refleja a la hora de la verdad cuando se lleva al texto escrito. Sus razones desde la evocación para hacerlo no pasan de ser un lugar frecuente a buena parte de los escritores en el planeta. Lo que sí resulta noticioso, en este caso, es el cambio repentino, tanto en su novela A la hora de las Golondrinas como en este nuevo libro de cuentos de Antonio Mora Vélez, del escenario usual de sus ficciones que circulan por las carreteras intergalácticas a las avenidas donde uno se tropieza con situaciones ubicadas precisamente en este mundo, en que su búsqueda continua y creativa por cambiar de atmósferas y temas, hace su aparición lejos de aquellos nidos estrellados y asteroides remotos.
Entre uno y otro, por fortuna, lo que permanece intacto es su talento en el narrar, la creación de ambientes que viajan hacia el centro de los sentimientos encontrados, dosificación inteligente de la anécdota, economía de lenguaje y estructura que lleva sin duda a atrapar al lector entre las fauces poéticas y a veces desencantadas de las pasiones evocadores de un tiempo diluido que rescata y resucita en su lucha tenaz contra el olvido.
Sin duda, el lector hallará en estas páginas la lucha del ser por reconstruir viejos pasajes instalados en la memoria que dejan florecer emociones y aprendizajes alrededor de la fugacidad de la existencia. Reconforta estacionarse en libros como este de Antonio Mora Vélez que nos permiten vivir estremecimientos y nos deja la impresión no de haber leído un libro sino de haberlo sentido, la indiscutible magia de los escritores verdaderos.
Desde la valija de sus evocaciones, el autor nos remite a un universo desdeñado y desconocido hoy que parece extraño al de la era de la tecnología y creyera removido sólo de su imaginación pertinaz ya reconocida internacionalmente, porque se juzgarán extrañas y hasta de la escuela del realismo mágico sus historias, pero quienes hemos vivido lo prodigioso de las provincias entendemos que es la vida de cuerpo entero, por dentro y por fuera, la que palpita y cabalga sin temor por sus páginas.
Los 21 relatos que integran el nuevo volumen de Antonio Mora Vélez, se distinguen también por su brevedad y lo intenso de las historias que narra. Las reiteradas dedicatorias de los textos a seres queridos suyos que partieron más allá de la vida pero no del afecto, concretan no sólo un homenaje a su memoria, sino a un pretérito donde habita la pobreza y la ilusión de crecer, como si el lente retrovisor permitiera el examen de un largo trayecto por la existencia donde la satisfacción de haber vivido algunas desilusiones no dejan huella de resentimiento sino de aprendizaje, y aquí está el testimonio estético desde lo estrictamente literario para eternizar esos instantes.
¿Qué significan para un niño las pequeñas cosas? Mi caja de cartón magnifica lo que simbolizaba para ese infante el recipiente ajado de cartulina gruesa que el chiquillo asumía como su único tesoro y logra poner en primer plano para que tome vida algo tan en apariencia insignificante, lo que sólo el buen cine o la buena literatura logran. Allí, en ese pasaje que conmueve escrito en 1978, deja ver cómo, desde hace ya más de tres décadas, Mora Vélez era en realidad no un aprendiz sino un escritor.
El grato paseo al que nos lleva, tiene variedad de paisajes y situaciones que pueden ir hasta Los Indios donde los cuentos de miedo, la música, el deporte y el mar son el escenario. El de la evocación de los sustos y las creencias de la infancia bajo el templo de lo supuestamente demoníaco por el ritual de los masones, en Berenice. La primera decepción amorosa que de tragedia íntima se transforma en resurrección rápidamente, en Más bella que Georgina. El cambio de mirada sobre la vida en Mi dulzaina. El gallito giro como un juguete viviente al que las limitaciones de la pobreza llevan a su exterminio. En Recogiendo los pasos los espíritus que aparecen para despedirse. En Cielito, las suplantaciones y el abandono. En La gordita del Tropicana, la sesión de estrenar el adiós a la virginidad. En El borrachito de las 36, el enfrentamiento a la sensación cercana de la muerte violenta. En Ligia María, la corraleja, el acordeón y el merengue. En Rosario, el miedo a la recreación. En Plácida, el amor frustrado y evocado. En El partido de Magola, el béisbol y el deseo paralelos al ritmo del juego y la pasión exaltada por el deseo sensual. En El niño Dios, los tradicionales regalos de navidad cuyo conocimiento de la verdadera procedencia permiten el desencantado instante de la pérdida de la inocencia. En La aventura de los mangos, las pilatunas y la angustia de la madre cuando el hijo se va sin decir adónde. En Ana Bolena, los versos, la pobreza, la coquetería. En Por conversar un rato con Mariela, incomparable y bella evocación de los amores desaparecidos. En El funeral de mi abuelo, el abandono y la tristeza por la muerte. En Tierrasanta, el comienzo de un activismo sindical y en El circo, aquel asombroso espectáculo que todos vivimos y admiramos. En fin, un viaje por la vida vuelta lenguaje y un libro de Mora Vélez que recibimos con alborozo.
Ibagué, Nuevo Rincón Santo, marzo 5 de 2012

domingo, 8 de abril de 2012

A BARRANQUILLA

Por Antonio Mora Vélez.

Te confieso que casi nunca
me he mirado en el espejo de tu ritmo,
que fuiste una referencia triste
en las páginas de mi exilio
y la imagen de una calle alborotada
a mi retorno con el tiempo.
No puedo decir que jugué
bola de trapo en tus campos de arena
(Excepto en Soledad, cuando era villa)
ni que bailé en las verbenas de Rebolo,
ni que me pinté la cara en la Batalla de flores.
Tampoco puedo decir que el arroz con liza
es mi plato favorito y no por proletario
sino porque me gusta más el de frijolito.
Y no enfatizo las erres cuando hablo
y no digo ¨ Ajá ñero ¿y qué? ¨, cuando saludo
y no creo –aunque a veces le haga barra-
que el Junior sea tu papá.
Pero tu aire cálido me dio la bienvenida al mundo
en una pieza humilde de Felicidad, Cuartel y 20 de Julio
y esa es de las cosas que no se pueden borrar
del sentimiento
por mucho bocachico,
por mucho suero atolla buey
y por mucho porro pelayero
que hayas disfrutado en tu vida.

Sincelejo, 1.998

viernes, 23 de diciembre de 2011

EL NIÑO DIOS (Cuento navideño)

Por Antonio Mora Vélez

En memoria de Rosa Elena Vélez,
la amorosa y buena mujer que me dio la vida.


Durante la Navidad del año santo de 1950, y cuando apenas tenía ocho años de edad, descubrí que el Niño Dios era una hermosa historia que llevaba la buena intención de convencernos que los regalos de la Navidad no los entregaba el Papá Noel de las películas sino el niño Jesús, que amaba a todos los niños del mundo. Mis amigos mayores de la calle Larga me decían que no era así, que no creyera ese cuento, que el Niño Dios eran los padres de uno y que nos acostáramos pero que nos quedáramos despiertos, con los ojos cerrados durante toda la noche, para que los viéramos ponernos en el cuarto los juguetes bien entrada la madrugada. Y la verdad sea dicha, yo lo intenté una vez pero me quedé dormido y cuando desperté encontré que ya estaban a mi lado el trompo metálico y el clarinete de esas Navidades.

Por lo anterior sucedió que descubrí el misterio pero de otro modo y por mi mamá, que era muy católica y que no hubiera querido que lo desvelara tan temprano. Todo ocurrió así como se los cuento. En la tarde de esa Navidad mi madre me llevó al portal de la Gobernación para ver la Feria de los juguetes con la intención de comprobar cuál de los muchos que había exhibidos en el piso me gustaba. Y a mí me gustó un camioncito de bomberos, de color rojo, que tenía una manguerita enrollada y un par de escaleras metálicas a los lados, como los de verdad que yo observaba al otro lado de la bahía desde el balcón de la playa del Arsenal. Ella, al verme la luz de la ilusión en mis ojos, me dijo: Escríbele la carta al Niño Dios y le pides ese juguete, seguro que él te lo manda.

Mi madre se las ingenió para que el dueño del negocio le envolviera el camioncito en papel periódico mientras yo seguía mirando los demás juguetes en el suelo. Cuando regresé donde ella estaba ya tenía el camioncito envuelto y le pregunté qué era y para quién y ella me respondió que era un regalo que le iba a hacer a un ahijado hijo de una amiga pobre que ella quería mucho. Entonces me cogió de la mano y tomó la ruta de la calle Román hacia el camellón de Los Mártires.

Durante el recorrido no dejé de mirar el envoltorio que llevaba mi mamá debajo de su brazo izquierdo. Al pasar por el Mercado Público le pedí que me comprara un refresco de leche en uno de los kioscos de la entrada y ella accedió. Luego de tomarnos los refrescos, en el instante de pagar al quiosquero, el papel del regalo dejó salir por uno de los pliegues una manguerita exactamente igual a la del carro de bomberos que había visto en la feria de la gobernación y que me había gustado.

--Mami ¿qué es esa manguerita que sale del regalo? –le pregunté.

Mi madre me respondió que era el regalo del ahijado y que la mamá de él le había pedido que le comprara lo que a mí me gustara. Yo no le dije nada más aunque quedé con la duda de porqué el ahijado de ella no le pedía la navidad al Niño Dios, como todos los demás niños.

A la mañana siguiente amaneció en mi cama, a mis pies, el carrito de bomberos que habíamos visto en la feria, con la misma manguerita con la punta partida que le había observado en la refresquería del mercado.

Mi mamá estaba sentada a mi lado sonriente, observando mi reacción por el regalo. Yo lo cogí entre mis manos y después de manosearlo un rato y de aprender cómo se elevaba la escalera, cómo se tocaba la campanita y cómo se desenrollaba la manguera del agua, le dije:

--Mami: Los pelados grandes del barrio dicen que el Niño Dios es el papá de uno, pero como yo no tengo papá, ahora sé que mi Niño Dios eres tú. Porque fuiste tú la que me compró este carrito de bomberos.

A mi madre se le aguaron los ojos, me abrazó y me dijo: “Hijo, es verdad, no es el Niño Dios quien puso los juguetes hoy porque él apenas está recién nacido, es Papá Dios. Él hace, con su infinito amor, que nosotros los padres tengamos la plata para comprarlos”.

Montería, diciembre 10 de 2009

jueves, 1 de diciembre de 2011

EL CLON DE BORGES: UN APORTE DE CAMPO RICARDO BURGOS A LA CIENCIA FICCIÓN COLOMBIANA.

Por Antonio Mora Vélez.

Campo Ricardo Burgos, uno de los nuevos valores de la ciencia-ficción colombiana, acaba de publicar su segunda novela titulada El clon de Borges (diciembre de 2010, edición de autor). Ya antes había publicado José Antonio Ramírez y un zapato (novela, La Serpiente Emplumada, 2003) y el ensayo de teoría literaria Pintarle los bigotes a la Mona Lisa: Las Ucronías (U. Sergio Arboleda, 2009). Es autor también de un extenso ensayo sobre La narrativa de ciencia-ficción en Colombia que fue publicado en la colección Literatura y Cultura. Narrativa colombiana del siglo XX (Mincultura, 2000).
Las novelas de Burgos López que comentamos tienen en común hacer literatura con personajes que adolecen de serios trastornos mentales, situación ésta que le permite al autor urdir una trama con base en tales patologías y derivar de ellas una propuesta fantástica o de ciencia-ficción. No le resulta difícil a Burgos López hacerlo puesto que es Sicólogo de profesión y uno de los pocos estudiosos que tiene el país de los géneros literarios fantasía y ciencia-ficción.
En el caso de su primera novela, Juan Antonio Ramírez y un zapato, el personaje se enamora de un zapato y hace vida marital con él, aberración que lo convierte en un ser excéntrico y que lo conduce a enfrentar a su propia familia, a sus amigos y a la sociedad, en defensa del derecho a hacer vida social y conyugal con semejante objeto. En esta novela de Burgos López el personaje aparenta ser un empleado común y corriente, que se desenvuelve normalmente en una sociedad sin sobresaltos, sin hacerle daño a nadie, y cuya locura es estar enamorado de un objeto insólito que tiene evidentes connotaciones eróticas desde tiempos inmemoriales. No se insinúa siquiera que tal o cual moda, invento o costumbre de la sociedad moderna --y el zapato no lo es-- haya causado la locura de José Antonio. Razón por la cual, en mi opinión, y con el debido respeto y admiración por Campo Ricardo, su obra "José Antonio Ramírez y un zapato", no pertenece al género de la ciencia-ficción. Es una ingeniosa e inteligente novela sicológica que se vuelve fantasiosa por la dirección sentimental que asume el personaje en su locura y que está encaminada a justificar las relaciones maritales y sexuales no convencionales y a criticar la intolerancia frente a la diferencia, característica de la sociedad colombiana de hoy.
La novela reciente, El clon de Borges, en cambio, sí presenta un argumento típico de la ciencia-ficción: la clonación de un ser humano, ya tratado en muchas obras anteriores, entre las cuales me permito mencionar Un mundo feliz de Aldos Huxley, y Glitza del autor de estas líneas. Pero mientras la economía social es el acicate que mueve a la clonación de los seres humanos en la novela de Huxley y el amor es la razón que inspira la clonación de la joven Glitza, El clon de Borges es, igual que en la primera novela de Burgos, producto de una patología síquica de un tal Miguel Ospino que ha convertido a Borges en un dios y que ha caído, según sus propias palabras “en la Borgeslatría o adoración de Borges a la manera de una divinidad”, idolatría que lo lleva a mantener prisionero en una gran hacienda al clon de Borges para disfrutar de esas obras que Jorge Luis Borges no alcanzó a escribir pero que su clon sí lo hizo, superando las anteriores, vale decir, las escritas por el original.
Pero no es solo ciencia-ficción por el ingrediente científico de la clonación. Esta novela, igual de bien escrita y amena como la anterior de Burgos López, parte del supuesto que la obra del Borges real pudo haber sido mayor y mejor si no muere, si hubiese podido ser eterno o haber vivido algunos años más. En las palabras del autor: “¿Por qué no salvar del olvido a todos esos poemas, ensayos o cuentos que todavía no habían tenido tiempo suficiente para ser escritos?”. En la novela, el Borges clonado continúa la obra borgiana original y escribe algo que el primero jamás quiso hacer: una novela. Esto es, salva los textos que el Borges original no alcanzó a escribir. Y hace de este modo transficción, pero no con un ser ficticio, de novela, sino con uno real que tiene un lugar merecido en la historia universal de la literatura.
No obstante que la divulgación social de esta obra de continuación no sucede aún en la novela de Burgos–y ese es el gran dilema del idólatra personaje central que la disfruta con su séquito— El clon de Borges es un ejemplo de ucronía, en la medida en que “explora caminos alternativos a los que suele haber establecido la historiografía en un momento dado y acerca de un evento dado de la historia”, para usar las mismas palabras de Burgos López en su obra teórica sobre el tema; y la ucronía, como él lo reconoce y lo afirma un grande de la literatura contemporánea: Umberto Eco, es una de las variantes de la ciencia-ficción posmoderna.
Aquí conviene precisar que una obra no es de ciencia-ficción solo por el hecho de tener una ciencia actuante dentro de la argumentación y la trama. En el caso de Burgos López esa ciencia es la sicología y se corre, por lo mismo, el riesgo de considerar todo cuento o novela suya, presente y futuro, como de ciencia-ficción porque, casi con seguridad, en todos ellos van a estar impregnando el tejido literario sus conocimientos de sicología. En ese error incurre el escritor cubano Oscar Hurtado al considerar que las narraciones de Jorge Luis Borges son de ciencia-ficción porque la filosofía, que es una ciencia, está presente en todos sus cuentos. Y quienes estimen que es ciencia-ficción la novela Soplo mortal de Isacc Asimov, por la fama del autor y porque se desarrolla en el laboratorio de química de una universidad y el asesinato que en ella se sucede solo pudo ser esclarecido gracias a los conocimientos de esta ciencia que posen los investigadores.
Una obra es de ciencia-ficción si propone una realidad diferente en La Tierra –la de ayer o la de hoy- o en otro mundo y tal realidad es originada o explicada por la acción de una o varias de las ciencias, naturales o humanas, o por una ciencia inventada por el escritor para justificarla literariamente. El cambio en el panorama de la sociedad, en el planeta o en el universo o en su comprensión es sustancial para definir el género, no basta la sola aparición de tal o cual ciencia en la argumentación y/o en la acción de los personajes. De hecho hay críticos que consideran que el ingrediente científico real no es necesario para que una obra sea considerada de ciencia-ficción y para quienes la mejor ciencia-ficción se ha escrito en contravía de la lógica del método científico. Dos de ellos, Robert Scholes y Eric Rabkin, en la obra arriba citada, sostienen que los escritores de ciencia-ficción tan solo se sirven de la ciencia “con rigor o sin él, para alcanzar su objetivo fundamental, que es explorar la vida y el espíritu del hombre”.
En la novela El clon de Borges, la clonación del gran escritor latinoamericano está llamada a producir un cambio tal en la sociedad nada más por el hecho anunciado de que los escritores notables no morirían nunca, con lo que conceptos tales de la crítica literaria como la “originalidad” las “influencias” y los “antecedentes literarios” deberían ser, al menos, replanteados. Y porque un cambio de esa magnitud tendría una amplia repercusión en el ámbito jurídico ya que la sociedad tendría que definir qué personas podrían ser clonadas y convertidas de ese modo en eternas y cuáles deberían ser condenadas a permanecer en el limbo de la intrascendencia. Y surgiría una nueva disciplina crítico-literaria: el estudio comparado de las obras del escritor original y de sus diferentes clones. Por ejemplo qué aportó el Borges 2 al Borges 1 y en qué se diferencian el Borges 3 del Borges 2. Sin contar con que habría entonces bibliotecas por autores: La biblioteca García Márquez, la Biblioteca Ray Bradbury, dada la cantidad de obras que tendrían la misma firma pero de diferentes clones.
Esta obra es, sin duda, un aporte valioso de Campo Ricardo Burgos a la literatura de ciencia-ficción colombiana. Un destacado comentarista y cultor de la ciencia ficción, Dixon Acosta, ha dicho en una reciente reseña de El clon de Borges que con ella Burgos López se perfila como el legítimo sucesor de René Rebetez y Antonio Mora Vélez, a quienes ambos –Dixon y Burgos—nos consideran los reales precursores de este maravilloso género literario en nuestro país. Sobre tal afirmación de Dixon, debo decir que para mí y si René estuviera vivo también lo diría, es un honor ser sucedido por un joven tan talentoso y brillante como Campo Ricardo Burgos, aunque también he pensado que ese sucesor podría ser Orlando Mejía Rivera, otro culto y talentoso escritor colombiano de ciencia-ficción, autor del magistral cuento El asunto García y de la apasionante novela El enfermo de Abisinia.

Montería, febrero de 2011.