martes, 17 de abril de 2012

EL PARTIDO DE MAGOLA

Por Antonio Mora Vélez.


Ese día del célebre partido de pelota del cuento, estudiábamos un examen de derecho penal: Fernando, Lucho, Geminiano y yo, en la casa del primero ubicada en el popular y populoso barrio Torices, sede del equipo de béisbol profesional del mismo nombre. Habíamos concertado llegar temprano para almorzar algo –invitados por la esposa del amigo--, conversar un rato mientras hacíamos la digestión y estudiar hasta las 9 de la noche ya que después de esa hora era difícil encontrar un bus que nos llevara al centro y en mi caso, encontrar otro de la ruta Popa-Olaya que me transportara hasta mi casa.
En el estadio 11 de noviembre se enfrentaban las novenas de Bolívar y Córdoba, uno de los clásicos de la pelota costeña. Y de no haber sido por ese examen me habría ido para el “coloso novembrino”--que así lo llamaban los locutores-- a ver al “Tigre” Leal enfrentando los lanzamientos cruzados del “Santico” Berrocal y al “Regadera” Rodríguez despachando la pelota de hit a todos los jardines. Pero había que cumplirle al profesor Guillermo Gómez León, que era un buen docente y exigente en su materia, pero sobre todo porque él tenía del grupo y de mí en particular, el mejor de los conceptos como estudiantes.
Cuando hubimos repasado todos los artículos de los delitos contra la libertad y el honor sexuales, suspendimos y decidimos salir a la avenida a esperar el bus de Torices-Crespo. El partido iba todavía por el quinto episodio –lo escuché en la tienda del sector-- y pensé que tendría tiempo de escuchar el resto por la radio en la voz deportiva de Marcos Pérez Caicedo. Y así fue en efecto, pero antes debo decirles que Geminiano y Lucho vivían en las residencias universitarias, que quedaban a pocas cuadras de la estación de la avenida Venezuela en el Centro, y por eso, a los pocos minutos de espera, se embarcaron en su bus, que era ya el último. Yo, en cambio, residía en el barrio 13 de junio, bastante lejos de donde estábamos, y por eso decidí quedarme en Torices y aceptar la invitación de la mujer de mi primo Pablo, de dormir esa noche en su apartamento situado a tres cuadras de la casa de Fernando.
La noche estaba metida en lluvia y esa fue otra razón para no aventurarme hasta el barrio 13 de junio, que estaba construido sobre una meseta, y era que el bus de Popa-Olaya me dejaba abajo en la estación de gasolina de Caimán y entonces me tocaba, para llegar a la casa de mi tío Agustín, subir por una calle que era una pendiente destapada de cinco cuadras que se convertía en un barrial cuando llovía. Fernando me acompañó hasta la puerta del apartamento de Magola, que así se llamaba la mujer de Pablo, y se retiró hacia su casa una vez aquélla me invitó a entrar. El apartamento no era tal sino la segregación de parte de una casa habitada por una familia de pocos miembros que decidió reducir su espacio para ganarse los dineros de la renta; constaba de una sala-comedor, de una alcoba espaciosa, una cocineta en el patio común y un baño anexo a la alcoba. La sala-comedor de mi primo estaba separada de la sala de la casa por una cortina gruesa y enorme que permitía el paso de un lugar a otro con solo apartarla en una de sus orillas. Y se me vino a la cabeza entonces que no debía ser nada agradable vivir así ya que la intimidad de la alcoba, que no tenía puertas sino también otra cortina pero transparente, era vulnerable desde el otro lado de la casa.
La mujer de mi primo me recibió en bata de dormir de seda transparente. La sala-comedor estaba alumbrada por la luz de la alcoba y pude ver el juego de tres muebles y una mesita de centro, y la mesa redonda del comedor con cuatro sillas. Me informó que me acostara en el sofá, en donde ya estaban dispuestas la almohada y la sábana. Me indicó donde quedaba el baño y me dijo que si tenía necesidad de ir a él que atravesara la alcoba sin pena, que éramos de la familia y estábamos en confianza. Finalmente me dijo que si yo quería, ella apagaba el radio, que lo tenía encendido justo en el partido de pelota que yo quería escuchar. “Es para saber a qué horas se acaba porque Pablo se lo está viendo y tengo que calcularle el tiempo de regreso para saber que no se fue con sus amigos a parrandear con las putas de Tesca”, me dijo para justificar el encendido.
--No, si no te molesta, no lo apagues que yo quiero escuchar el partido—le dije

Yo estaba en la sala y ella en la entrada de la alcoba y pude verle con la ayuda de la luz, su cuerpo desnudo y esa visión me transportó mentalmente al bar Tropicana de Montería y a la noche en que supe lo que era el sexo por primera vez con la vecina gordita que trabajaba en ese bar. Magola, igual que la mesera de esa noche memorable, no tenía un cuerpo esbelto, era bajita y gordita, pero en la exhibición de sus piernas gruesas, en sus amplias caderas y en sus senos aún turgentes, se adivinaba la lujuria que sus ojos trataban de ocultar.
--Hasta mañana, Mago. –le dije y me senté en el sofá a esperar a que ella se acostara y apagara la luz para yo quitarme la ropa y acostarme en calzoncillos.
Pero Magola no apagó la luz ni tampoco la radio. Alcibíades Jaramillo por Bolívar y Wilfrido Petro por Córdoba, seguían entretanto, trenzados en un duelo de serpentinas, dominando a los mejores bateadores de ambas novenas. Habían transcurridos seis episodios y el marcador era un cero a cero que mantenía en tensión a los miles de espectadores del estadio y a los centenares de miles de radioescuchas de ambos departamentos.
-!Tony…! estás escuchando el partido?—dijo al rato Magola desde su cama y le contesté que sí y pude entonces observar al mirar hacia ella y a través del toldo para los mosquitos, que se había quitado la bata y estaba con un interior que le cubría apenas el monte de Venus y el valle que se abre entre sus nalgas.
- Lo que es Bayuelo le mete un palo a Petro y se le acaba la vaina a los cordobeses-- agregó.
Pero el palo de Bayuelo no se produjo y el partido continuó en su monótono transcurrir de ponches, roletazos al campo interior y elevados fáciles a los jardines que colgaban cero tras cero y yo alternando mi atención en la narración de Marcos Pérez con las poses insinuantes de Magola, que no hacía sino cambiar de posición en la cama a cada rato, según la jugada, y levantarse del lado de la sala para hacer algo impredecible pero en verdad –así lo supe después-- para que yo la viera de frente y le contemplara el triángulo de su sexo que resaltaba coposo en su pantaloncito blanco de encajes.
Una hora más tarde, cuando el partido estaba en la conclusión del noveno y bateaba la tanda brava de Bolívar, le dije a Magola, con la decente pero ingenua intención de que se cubriera: “Mago… voy a orinar”.
-Ya sabes el camino--me respondió.
Me dirigí hacia el baño, sin mirar hacia la cama al pasar frente a ella. Al terminar de orinar no resistí la tentación de verla desde el sanitario y noté que ya entonces Magola se había quitado el interior de encajes, estaba boca abajo resaltando la herencia bantú de sus voluminosas nalgas y que la sangre empezó a llenar de fuerza mis deseos. Esperé uno o dos minutos que Fernán Velásquez aprovechó para robarse la segunda base. Comencé a caminar hacia la sala, esta vez disimulando, como si nada estuviera ocurriendo. Ni dentro del toldo ni en la pasión carnal alebrestada que bregaba por salirse de mis casillas.
-¡Oye, vas a esperar a que se produzca el último out del último inning!—, me dijo sonriente justo al pasar frente a los pieceros de su cama, lo que me obligó a contemplarla en su imponente y provocadora desnudez. Vi entonces, inmóvil por la turbación, que abría ligeramente las piernas y se pasaba con delicadeza la mano derecha por su sexo y que levantaba el toldo con uno de sus pies para que yo entrara.
Sobra que les diga que, sin pensar en las consecuencias, me monté en esa potranca entusiasmada y que cabalgué en ella gozoso por varios minutos; pero no sobra que les diga (porque no era previsible) que justo en el momento del climax con Magola, Tomás Moreno bateó el hit con hombre en segunda que dejó a Córdoba con las manillas en las manos.


2010.

miércoles, 11 de abril de 2012

LA GORDITA DEL TROPICANA- Prólogo.

PALABRAS DE ENTRADA
Carlos Orlando Pardo
Seré verídico para que no me crean
Tomás Carrasquilla
La patria del hombre es su infancia, sentenció alguna vez León Tolstoi y es de aquella fuente inagotable donde Mora Vélez bebe para entregarnos este nuevo libro poblado por historias de inocencia, tan extrañas aunque bellas hoy como cuando a Aureliano Buendía su padre lo llevó a conocer el hielo. Y avanza hasta los tiempos de la pubertad encabritada donde el instinto comienza a alargarse y los sueños húmedos alcanzan su pedestal para transformarse, con el paso del tiempo, en la emoción de recrearlos en la literatura, sin que la vida se detenga ahí sino vaya inclusive a las horas que cruzan hasta que el sol comienza a iluminar nuestra espalda. Épocas fantasiosas y de maravilla por la candidez en que crecimos con los sueños intactos y nos permiten resucitar antiguas emociones bajo la magia de la palabra justa, pero ante todo por el de la turbación creativa que no deja morir escenas de momentos que marcan nuestra vida y son más o menos comunes a una generación que hoy se erige en plena madurez.
Salvo para la grata curiosidad del mundo literario, el origen remoto o próximo de una fábula vertida al relato no tiene la importancia que refleja a la hora de la verdad cuando se lleva al texto escrito. Sus razones desde la evocación para hacerlo no pasan de ser un lugar frecuente a buena parte de los escritores en el planeta. Lo que sí resulta noticioso, en este caso, es el cambio repentino, tanto en su novela A la hora de las Golondrinas como en este nuevo libro de cuentos de Antonio Mora Vélez, del escenario usual de sus ficciones que circulan por las carreteras intergalácticas a las avenidas donde uno se tropieza con situaciones ubicadas precisamente en este mundo, en que su búsqueda continua y creativa por cambiar de atmósferas y temas, hace su aparición lejos de aquellos nidos estrellados y asteroides remotos.
Entre uno y otro, por fortuna, lo que permanece intacto es su talento en el narrar, la creación de ambientes que viajan hacia el centro de los sentimientos encontrados, dosificación inteligente de la anécdota, economía de lenguaje y estructura que lleva sin duda a atrapar al lector entre las fauces poéticas y a veces desencantadas de las pasiones evocadores de un tiempo diluido que rescata y resucita en su lucha tenaz contra el olvido.
Sin duda, el lector hallará en estas páginas la lucha del ser por reconstruir viejos pasajes instalados en la memoria que dejan florecer emociones y aprendizajes alrededor de la fugacidad de la existencia. Reconforta estacionarse en libros como este de Antonio Mora Vélez que nos permiten vivir estremecimientos y nos deja la impresión no de haber leído un libro sino de haberlo sentido, la indiscutible magia de los escritores verdaderos.
Desde la valija de sus evocaciones, el autor nos remite a un universo desdeñado y desconocido hoy que parece extraño al de la era de la tecnología y creyera removido sólo de su imaginación pertinaz ya reconocida internacionalmente, porque se juzgarán extrañas y hasta de la escuela del realismo mágico sus historias, pero quienes hemos vivido lo prodigioso de las provincias entendemos que es la vida de cuerpo entero, por dentro y por fuera, la que palpita y cabalga sin temor por sus páginas.
Los 21 relatos que integran el nuevo volumen de Antonio Mora Vélez, se distinguen también por su brevedad y lo intenso de las historias que narra. Las reiteradas dedicatorias de los textos a seres queridos suyos que partieron más allá de la vida pero no del afecto, concretan no sólo un homenaje a su memoria, sino a un pretérito donde habita la pobreza y la ilusión de crecer, como si el lente retrovisor permitiera el examen de un largo trayecto por la existencia donde la satisfacción de haber vivido algunas desilusiones no dejan huella de resentimiento sino de aprendizaje, y aquí está el testimonio estético desde lo estrictamente literario para eternizar esos instantes.
¿Qué significan para un niño las pequeñas cosas? Mi caja de cartón magnifica lo que simbolizaba para ese infante el recipiente ajado de cartulina gruesa que el chiquillo asumía como su único tesoro y logra poner en primer plano para que tome vida algo tan en apariencia insignificante, lo que sólo el buen cine o la buena literatura logran. Allí, en ese pasaje que conmueve escrito en 1978, deja ver cómo, desde hace ya más de tres décadas, Mora Vélez era en realidad no un aprendiz sino un escritor.
El grato paseo al que nos lleva, tiene variedad de paisajes y situaciones que pueden ir hasta Los Indios donde los cuentos de miedo, la música, el deporte y el mar son el escenario. El de la evocación de los sustos y las creencias de la infancia bajo el templo de lo supuestamente demoníaco por el ritual de los masones, en Berenice. La primera decepción amorosa que de tragedia íntima se transforma en resurrección rápidamente, en Más bella que Georgina. El cambio de mirada sobre la vida en Mi dulzaina. El gallito giro como un juguete viviente al que las limitaciones de la pobreza llevan a su exterminio. En Recogiendo los pasos los espíritus que aparecen para despedirse. En Cielito, las suplantaciones y el abandono. En La gordita del Tropicana, la sesión de estrenar el adiós a la virginidad. En El borrachito de las 36, el enfrentamiento a la sensación cercana de la muerte violenta. En Ligia María, la corraleja, el acordeón y el merengue. En Rosario, el miedo a la recreación. En Plácida, el amor frustrado y evocado. En El partido de Magola, el béisbol y el deseo paralelos al ritmo del juego y la pasión exaltada por el deseo sensual. En El niño Dios, los tradicionales regalos de navidad cuyo conocimiento de la verdadera procedencia permiten el desencantado instante de la pérdida de la inocencia. En La aventura de los mangos, las pilatunas y la angustia de la madre cuando el hijo se va sin decir adónde. En Ana Bolena, los versos, la pobreza, la coquetería. En Por conversar un rato con Mariela, incomparable y bella evocación de los amores desaparecidos. En El funeral de mi abuelo, el abandono y la tristeza por la muerte. En Tierrasanta, el comienzo de un activismo sindical y en El circo, aquel asombroso espectáculo que todos vivimos y admiramos. En fin, un viaje por la vida vuelta lenguaje y un libro de Mora Vélez que recibimos con alborozo.
Ibagué, Nuevo Rincón Santo, marzo 5 de 2012

domingo, 8 de abril de 2012

A BARRANQUILLA

Por Antonio Mora Vélez.

Te confieso que casi nunca
me he mirado en el espejo de tu ritmo,
que fuiste una referencia triste
en las páginas de mi exilio
y la imagen de una calle alborotada
a mi retorno con el tiempo.
No puedo decir que jugué
bola de trapo en tus campos de arena
(Excepto en Soledad, cuando era villa)
ni que bailé en las verbenas de Rebolo,
ni que me pinté la cara en la Batalla de flores.
Tampoco puedo decir que el arroz con liza
es mi plato favorito y no por proletario
sino porque me gusta más el de frijolito.
Y no enfatizo las erres cuando hablo
y no digo ¨ Ajá ñero ¿y qué? ¨, cuando saludo
y no creo –aunque a veces le haga barra-
que el Junior sea tu papá.
Pero tu aire cálido me dio la bienvenida al mundo
en una pieza humilde de Felicidad, Cuartel y 20 de Julio
y esa es de las cosas que no se pueden borrar
del sentimiento
por mucho bocachico,
por mucho suero atolla buey
y por mucho porro pelayero
que hayas disfrutado en tu vida.

Sincelejo, 1.998

viernes, 23 de diciembre de 2011

EL NIÑO DIOS (Cuento navideño)

Por Antonio Mora Vélez

En memoria de Rosa Elena Vélez,
la amorosa y buena mujer que me dio la vida.


Durante la Navidad del año santo de 1950, y cuando apenas tenía ocho años de edad, descubrí que el Niño Dios era una hermosa historia que llevaba la buena intención de convencernos que los regalos de la Navidad no los entregaba el Papá Noel de las películas sino el niño Jesús, que amaba a todos los niños del mundo. Mis amigos mayores de la calle Larga me decían que no era así, que no creyera ese cuento, que el Niño Dios eran los padres de uno y que nos acostáramos pero que nos quedáramos despiertos, con los ojos cerrados durante toda la noche, para que los viéramos ponernos en el cuarto los juguetes bien entrada la madrugada. Y la verdad sea dicha, yo lo intenté una vez pero me quedé dormido y cuando desperté encontré que ya estaban a mi lado el trompo metálico y el clarinete de esas Navidades.

Por lo anterior sucedió que descubrí el misterio pero de otro modo y por mi mamá, que era muy católica y que no hubiera querido que lo desvelara tan temprano. Todo ocurrió así como se los cuento. En la tarde de esa Navidad mi madre me llevó al portal de la Gobernación para ver la Feria de los juguetes con la intención de comprobar cuál de los muchos que había exhibidos en el piso me gustaba. Y a mí me gustó un camioncito de bomberos, de color rojo, que tenía una manguerita enrollada y un par de escaleras metálicas a los lados, como los de verdad que yo observaba al otro lado de la bahía desde el balcón de la playa del Arsenal. Ella, al verme la luz de la ilusión en mis ojos, me dijo: Escríbele la carta al Niño Dios y le pides ese juguete, seguro que él te lo manda.

Mi madre se las ingenió para que el dueño del negocio le envolviera el camioncito en papel periódico mientras yo seguía mirando los demás juguetes en el suelo. Cuando regresé donde ella estaba ya tenía el camioncito envuelto y le pregunté qué era y para quién y ella me respondió que era un regalo que le iba a hacer a un ahijado hijo de una amiga pobre que ella quería mucho. Entonces me cogió de la mano y tomó la ruta de la calle Román hacia el camellón de Los Mártires.

Durante el recorrido no dejé de mirar el envoltorio que llevaba mi mamá debajo de su brazo izquierdo. Al pasar por el Mercado Público le pedí que me comprara un refresco de leche en uno de los kioscos de la entrada y ella accedió. Luego de tomarnos los refrescos, en el instante de pagar al quiosquero, el papel del regalo dejó salir por uno de los pliegues una manguerita exactamente igual a la del carro de bomberos que había visto en la feria de la gobernación y que me había gustado.

--Mami ¿qué es esa manguerita que sale del regalo? –le pregunté.

Mi madre me respondió que era el regalo del ahijado y que la mamá de él le había pedido que le comprara lo que a mí me gustara. Yo no le dije nada más aunque quedé con la duda de porqué el ahijado de ella no le pedía la navidad al Niño Dios, como todos los demás niños.

A la mañana siguiente amaneció en mi cama, a mis pies, el carrito de bomberos que habíamos visto en la feria, con la misma manguerita con la punta partida que le había observado en la refresquería del mercado.

Mi mamá estaba sentada a mi lado sonriente, observando mi reacción por el regalo. Yo lo cogí entre mis manos y después de manosearlo un rato y de aprender cómo se elevaba la escalera, cómo se tocaba la campanita y cómo se desenrollaba la manguera del agua, le dije:

--Mami: Los pelados grandes del barrio dicen que el Niño Dios es el papá de uno, pero como yo no tengo papá, ahora sé que mi Niño Dios eres tú. Porque fuiste tú la que me compró este carrito de bomberos.

A mi madre se le aguaron los ojos, me abrazó y me dijo: “Hijo, es verdad, no es el Niño Dios quien puso los juguetes hoy porque él apenas está recién nacido, es Papá Dios. Él hace, con su infinito amor, que nosotros los padres tengamos la plata para comprarlos”.

Montería, diciembre 10 de 2009

jueves, 1 de diciembre de 2011

EL CLON DE BORGES: UN APORTE DE CAMPO RICARDO BURGOS A LA CIENCIA FICCIÓN COLOMBIANA.

Por Antonio Mora Vélez.

Campo Ricardo Burgos, uno de los nuevos valores de la ciencia-ficción colombiana, acaba de publicar su segunda novela titulada El clon de Borges (diciembre de 2010, edición de autor). Ya antes había publicado José Antonio Ramírez y un zapato (novela, La Serpiente Emplumada, 2003) y el ensayo de teoría literaria Pintarle los bigotes a la Mona Lisa: Las Ucronías (U. Sergio Arboleda, 2009). Es autor también de un extenso ensayo sobre La narrativa de ciencia-ficción en Colombia que fue publicado en la colección Literatura y Cultura. Narrativa colombiana del siglo XX (Mincultura, 2000).
Las novelas de Burgos López que comentamos tienen en común hacer literatura con personajes que adolecen de serios trastornos mentales, situación ésta que le permite al autor urdir una trama con base en tales patologías y derivar de ellas una propuesta fantástica o de ciencia-ficción. No le resulta difícil a Burgos López hacerlo puesto que es Sicólogo de profesión y uno de los pocos estudiosos que tiene el país de los géneros literarios fantasía y ciencia-ficción.
En el caso de su primera novela, Juan Antonio Ramírez y un zapato, el personaje se enamora de un zapato y hace vida marital con él, aberración que lo convierte en un ser excéntrico y que lo conduce a enfrentar a su propia familia, a sus amigos y a la sociedad, en defensa del derecho a hacer vida social y conyugal con semejante objeto. En esta novela de Burgos López el personaje aparenta ser un empleado común y corriente, que se desenvuelve normalmente en una sociedad sin sobresaltos, sin hacerle daño a nadie, y cuya locura es estar enamorado de un objeto insólito que tiene evidentes connotaciones eróticas desde tiempos inmemoriales. No se insinúa siquiera que tal o cual moda, invento o costumbre de la sociedad moderna --y el zapato no lo es-- haya causado la locura de José Antonio. Razón por la cual, en mi opinión, y con el debido respeto y admiración por Campo Ricardo, su obra "José Antonio Ramírez y un zapato", no pertenece al género de la ciencia-ficción. Es una ingeniosa e inteligente novela sicológica que se vuelve fantasiosa por la dirección sentimental que asume el personaje en su locura y que está encaminada a justificar las relaciones maritales y sexuales no convencionales y a criticar la intolerancia frente a la diferencia, característica de la sociedad colombiana de hoy.
La novela reciente, El clon de Borges, en cambio, sí presenta un argumento típico de la ciencia-ficción: la clonación de un ser humano, ya tratado en muchas obras anteriores, entre las cuales me permito mencionar Un mundo feliz de Aldos Huxley, y Glitza del autor de estas líneas. Pero mientras la economía social es el acicate que mueve a la clonación de los seres humanos en la novela de Huxley y el amor es la razón que inspira la clonación de la joven Glitza, El clon de Borges es, igual que en la primera novela de Burgos, producto de una patología síquica de un tal Miguel Ospino que ha convertido a Borges en un dios y que ha caído, según sus propias palabras “en la Borgeslatría o adoración de Borges a la manera de una divinidad”, idolatría que lo lleva a mantener prisionero en una gran hacienda al clon de Borges para disfrutar de esas obras que Jorge Luis Borges no alcanzó a escribir pero que su clon sí lo hizo, superando las anteriores, vale decir, las escritas por el original.
Pero no es solo ciencia-ficción por el ingrediente científico de la clonación. Esta novela, igual de bien escrita y amena como la anterior de Burgos López, parte del supuesto que la obra del Borges real pudo haber sido mayor y mejor si no muere, si hubiese podido ser eterno o haber vivido algunos años más. En las palabras del autor: “¿Por qué no salvar del olvido a todos esos poemas, ensayos o cuentos que todavía no habían tenido tiempo suficiente para ser escritos?”. En la novela, el Borges clonado continúa la obra borgiana original y escribe algo que el primero jamás quiso hacer: una novela. Esto es, salva los textos que el Borges original no alcanzó a escribir. Y hace de este modo transficción, pero no con un ser ficticio, de novela, sino con uno real que tiene un lugar merecido en la historia universal de la literatura.
No obstante que la divulgación social de esta obra de continuación no sucede aún en la novela de Burgos–y ese es el gran dilema del idólatra personaje central que la disfruta con su séquito— El clon de Borges es un ejemplo de ucronía, en la medida en que “explora caminos alternativos a los que suele haber establecido la historiografía en un momento dado y acerca de un evento dado de la historia”, para usar las mismas palabras de Burgos López en su obra teórica sobre el tema; y la ucronía, como él lo reconoce y lo afirma un grande de la literatura contemporánea: Umberto Eco, es una de las variantes de la ciencia-ficción posmoderna.
Aquí conviene precisar que una obra no es de ciencia-ficción solo por el hecho de tener una ciencia actuante dentro de la argumentación y la trama. En el caso de Burgos López esa ciencia es la sicología y se corre, por lo mismo, el riesgo de considerar todo cuento o novela suya, presente y futuro, como de ciencia-ficción porque, casi con seguridad, en todos ellos van a estar impregnando el tejido literario sus conocimientos de sicología. En ese error incurre el escritor cubano Oscar Hurtado al considerar que las narraciones de Jorge Luis Borges son de ciencia-ficción porque la filosofía, que es una ciencia, está presente en todos sus cuentos. Y quienes estimen que es ciencia-ficción la novela Soplo mortal de Isacc Asimov, por la fama del autor y porque se desarrolla en el laboratorio de química de una universidad y el asesinato que en ella se sucede solo pudo ser esclarecido gracias a los conocimientos de esta ciencia que posen los investigadores.
Una obra es de ciencia-ficción si propone una realidad diferente en La Tierra –la de ayer o la de hoy- o en otro mundo y tal realidad es originada o explicada por la acción de una o varias de las ciencias, naturales o humanas, o por una ciencia inventada por el escritor para justificarla literariamente. El cambio en el panorama de la sociedad, en el planeta o en el universo o en su comprensión es sustancial para definir el género, no basta la sola aparición de tal o cual ciencia en la argumentación y/o en la acción de los personajes. De hecho hay críticos que consideran que el ingrediente científico real no es necesario para que una obra sea considerada de ciencia-ficción y para quienes la mejor ciencia-ficción se ha escrito en contravía de la lógica del método científico. Dos de ellos, Robert Scholes y Eric Rabkin, en la obra arriba citada, sostienen que los escritores de ciencia-ficción tan solo se sirven de la ciencia “con rigor o sin él, para alcanzar su objetivo fundamental, que es explorar la vida y el espíritu del hombre”.
En la novela El clon de Borges, la clonación del gran escritor latinoamericano está llamada a producir un cambio tal en la sociedad nada más por el hecho anunciado de que los escritores notables no morirían nunca, con lo que conceptos tales de la crítica literaria como la “originalidad” las “influencias” y los “antecedentes literarios” deberían ser, al menos, replanteados. Y porque un cambio de esa magnitud tendría una amplia repercusión en el ámbito jurídico ya que la sociedad tendría que definir qué personas podrían ser clonadas y convertidas de ese modo en eternas y cuáles deberían ser condenadas a permanecer en el limbo de la intrascendencia. Y surgiría una nueva disciplina crítico-literaria: el estudio comparado de las obras del escritor original y de sus diferentes clones. Por ejemplo qué aportó el Borges 2 al Borges 1 y en qué se diferencian el Borges 3 del Borges 2. Sin contar con que habría entonces bibliotecas por autores: La biblioteca García Márquez, la Biblioteca Ray Bradbury, dada la cantidad de obras que tendrían la misma firma pero de diferentes clones.
Esta obra es, sin duda, un aporte valioso de Campo Ricardo Burgos a la literatura de ciencia-ficción colombiana. Un destacado comentarista y cultor de la ciencia ficción, Dixon Acosta, ha dicho en una reciente reseña de El clon de Borges que con ella Burgos López se perfila como el legítimo sucesor de René Rebetez y Antonio Mora Vélez, a quienes ambos –Dixon y Burgos—nos consideran los reales precursores de este maravilloso género literario en nuestro país. Sobre tal afirmación de Dixon, debo decir que para mí y si René estuviera vivo también lo diría, es un honor ser sucedido por un joven tan talentoso y brillante como Campo Ricardo Burgos, aunque también he pensado que ese sucesor podría ser Orlando Mejía Rivera, otro culto y talentoso escritor colombiano de ciencia-ficción, autor del magistral cuento El asunto García y de la apasionante novela El enfermo de Abisinia.

Montería, febrero de 2011.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

…POR CONVERSAR UN RATO CON MARIELA.

Pensando en las noches del amor a flor de piel, frente a la mirada inquisidora de la desconfianza vestida de madre vigilante, pasé varias veces por las puertas de la librería del pueblo que visitaba, llevando conmigo la idea de volverla a ver. Sabía que no era la misma que caminaba las calles de la Montería de los años sesenta y a la que todos los muchachos tenían que admirar y piropear. De su belleza quedaban apenas vestigios en sus ojos y en su sonrisa. Pero tenía el aroma del recuerdo de los primeros amores y en mí persistía el complejo de culpa por no haber podido corresponder, a mis veinticuatro años, a sus aspiraciones de matrimonio.
Le pedí al conductor del vehículo de la universidad que se detuviera para preguntarle a un transeúnte por la librería y por la dueña
--¿Usted pregunta por Mariela Martínez? –me interrogó extrañado el transeúnte a quien le solicité la información.
--Sí, por ella. He buscado la librería que ella tenía aquí enfrente y no la encuentro.
Mi interlocutor me observó intrigado, pensó un instante antes de responderme y yo esperé que me dijera que Mariela había mudado la librería para otro local pero no fue así, como si Dios hubiera determinado que no fuesen esos ojos ni esa sonrisa de mi novia de la secundaria los testigos del encuentro pensado, el hombre me respondió:
--Mariela Martínez murió hace dos años, pero la librería aún existe, está aquí a la vuelta.
No les miento si les digo que sentí en ese instante que toda mi epidermis se erizaba como si hubiera visto un fantasma, que se me aceleró el pulso y que no alcancé a articular palabra alguna. Y a mi mente llegó al instante un alud de imágenes con los recuerdos del gozo que me proporcionaban las visitas de novio todas las noches en su casa: las miradas tiernas, los besos encendidos, las caricias y los bailes a los que asistíamos y en los que no me permitía apretarla porque esas eran concesiones a la lujuria que el diablo pone en nuestra ruta para enturbiarnos la castidad que debe ser –según me decía-- el preámbulo del matrimonio. Y recordé también las burlas de mi condiscípulo Geminiano quien me decía que Marielita era bien inteligente porque me había regalado la bicicleta en mi cumpleaños para que la llevara en la parrilla todos los días de la casa al trabajo y del trabajo a la casa.
Le dije entonces a mi conductor que hiciera la vuelta a la manzana para llegar al frente de la librería según la dirección que nos suministró el transeúnte. Una vez situados en el lugar preciso me bajé y entré para preguntar por uno de mis libros y la impresión siniestra de hacía apenas unos instantes se convirtió en brisa de playa que nos acaricia el rostro. Delante de mí estaba ella, reproducida en sus facciones de reina de las fiestas tradicionales del Dulce Nombre de Jesús, con sus mismos ojos grandes y negros, la misma sonrisa, sus iguales caderas generosas y su amabilidad y simpatía que le ganaban el corazón de las personas que la trataban.
--¿En qué le puedo servir? –me preguntó y me reparó de pies a cabeza, como tratando de encontrar mi figura en su memoria.
--Hace algo más de dos años traje aquí unos libros de mi autoría para su venta y me gustaría saber qué pasó con ellos. –le contesté.
--¿Usted es el autor de Glitza?-- me preguntó y no sé porqué supuse que Mariela había vuelto a la vida con la edad de nuestra juventud y que había recordado los viejos tiempos de nuestro noviazgo y la ruptura del mismo por culpa de mi ingreso a la universidad y porque sus amigas no se cansaban de decirle en las fiestas que la novia del bachiller casi nunca era la esposa del profesional.
Olvidando la realidad que me había sido comunicada hacia apenas unos minutos, le pregunté:
--¿Usted es Mariela Martínez?
--No, señor Antonio. Yo soy su hija. Mi mamá murió hace dos años, unos meses después de su última visita a la librería y lo recuerdo porque ella nos recomendó la lectura de su libro y no hizo sino hablarnos de usted, de su origen humilde, de su inteligencia, de sus estudios, de sus dotes de escritor, del libro, en especial del cuento Glitza que a ella le gustó mucho porque era la historia de una separación amorosa…
La sinceridad de esa aclaración me obligó a cubrir mi rostro de tristeza y a repasar palabra por palabra la carta de la ruptura (“Sé que un joven ingeniero te corteja y que a lo mejor te puede ofrecer el matrimonio a corto plazo que yo no puedo darte”) y a mi mente volvió el final imaginado para el cuento que a ella le había gustado, pero estaba en la realidad de La Tierra y no en la historia de ficción interestelar y de amor de Glitza y le dije sonriente, ya recuperado de la emoción:
--Mariela joven, qué lástima que yo sea muchos años mayor que tú y que esté felizmente casado. De otro modo, como en el cuento Glitza, te propondría que el próximo viaje lo hiciéramos juntos.
La joven rió igual que lo hacía su madre, me miró con el cariño que se le profesa a alguien muy cercano a la familia y me dijo:
--Mi nombre es Rosa Elena, así como ella me dijo que se llamaba la mamá de usted a quien ella le tomó mucho cariño, y también estoy felizmente casada.
Pensé entonces que la literatura y la vida son como dos trenes que viajan por carriles diferentes que se encuentran en la estación del sentimiento, miré sobre el mostrador los tres libros envejecidos que aún quedaban y le dije a Rosa Elena que su mamá era para mí uno de esos recuerdos hermosos de juventud que estarán siempre en mi memoria, que fue una gran mujer, que me había impresionado profundamente la noticia de su muerte justamente porque la recibí cuando esperaba volver a saludarla Y que yo residía en Sincelejo en donde trabajaba en una universidad privada que me había enviado al pueblo en una diligencia y que había querido aprovechar esa visita para charlar con ella.
Finalmente le extendí mi mano para la despedida.
--¿No se lleva los libros? –me preguntó cuando ya me retiraba.
--No –le dije--. Regálalos a quienes les interesen el amor y la ciencia-ficción. La verdad es que yo no vine tanto por ellos como por conversar un rato con Mariela.


Antonio Mora Vélez.

Montería, noviembre de 2011.

sábado, 12 de noviembre de 2011

¿QUÉ ES UN CUENTO'

Por Antonio Mora Vélez para Natalia Molina.

Un cuento es el encuentro de la memoria con la belleza. La memoria que guarda los recuerdos que son su materia y la belleza de las palabras que lo convierten en literatura.
Un cuento es la mirada del asombro hacia las cosas y personas de la vida. El cuentista es aquél que se asombra de todas las situaciones y paisajes que los demás miran sin estremecerse.
Un cuento es la realidad vestida con el traje de la fantasía. El cuentista, a diferencia del fotógrafo, fabrica las realidades de su texto poniéndole imaginación a sus percepciones y organizándolas de otra manera en su conciencia.
Un cuento es la emoción detenida en el tiempo. Independientemente del tema que trate, logra despertar en el lector la emoción que tuvo su autor al escribirlo, después de muchos años de haberlo hecho.
Un cuento es la otra verdad, la verdadera, de las situaciones del mundo. El buen cuentista debe convencer al lector que las cosas ocurrieron de ese modo que él las cuenta y que no pudo haber sido mejor de otra manera.
Un cuento es el baile de grado de las palabras. Cuando un cuento entusiasma y convence es porque las palabras bailan alegres unas con otras como si toda la vida se hubieran conocido.
Un cuento es un mensaje de esperanza. Su trama aunque breve debe convencernos que otro mundo es posible y que el amor no es una falsa ilusión del ser humano.
Un cuento es una puerta de entrada al alma humana, en la medida en que desnuda realidades ocultas y saca a flote los sentimientos y pasiones escondidos del hombre.
Un cuento es como un hijo al que hay que amar, cuidar y mejorar todos los días y tratar de entenderlo en cada lectura del mismo modo que lo hacemos con los hijos cada vez que les hablamos.
Un cuento es una ventana por donde fluye hacia el mundo la energía espiritual que el cuentista intermediario recibe desde ese lugar inaccesible en el que residen los ángeles y los sueños.
Un cuento es como un canasto lleno de alegrías e ilusiones que nos alivian la pesadez de la vida.
Un cuento es un acto de creación que prueba que en el hombre habita, como decía Espinoza, una parte del Dios que nos contiene y que se hace escuchar con nuestras palabras.
Escribir cuentos es, pues, un oficio noble, humano y necesario que nos convierte en notarios y cronistas de los momentos memorables del mundo.

Montería, noviembre 11 de 2011.