domingo, 29 de mayo de 2011

MIRÁNDOME EN EL ESPEJO

Oí decir que habían condenado al dictador vecino
y que éste sonrió y saludó con su brazo en alto
al pueblo que lo despidió con vítores.
Oí decir que sus ministros lloraron patrióticamente
y que sus gestores –de adentro y de afuera—
lo sintieron mucho pero que, en aras de la democracia,
cambiaron de opinión sobre sus yerros.
Ahora veo el espejo espejito que me adivina el futuro
y me muestra el rostro de un japonés encarcelado,
a mis ministros llorando patrióticamente,
al pueblo despidiéndome y reemplazándome por otro
y a mis gestores –de adentro y de afuera--
lavándose las manos, como Pilatos.


Montería, abril de 2009.

jueves, 26 de mayo de 2011

ANA MARÍA, ADIÓS.

Tus ojos se perdieron en el abismo de la muerte después de la alegría.
Todas las ideas que se fijaron en tu estampa se fueron tras tu huída.
Todo el activo de tus sueños se perdió en esa noche de tristeza desbordada.
Morirte era lo que menos esperaban los enamorados de tu suerte,
y al acabar con tus latidos, acabaste con los latidos de las vidas
que aguardaban el generoso calor de tu amplio nicho.

Montería, mayo 26 de 2011.

miércoles, 4 de mayo de 2011

LOS CADÁVERES DEL RÍO

Yo vi pasar muchos cadáveres por el río.
Los vi como ver pasar las tarullas
o los grandes buques río arriba
que viajaban con su música de orquestas
y sus señoras encopetadas.
Eran parte de un paisaje siniestro
que restregaba día a día, en mis pupilas de niño,
la crueldad de la vida.
Yo iba al río a bañarme o a recoger el agua
para llenar la tinaja de mi madre.
Y ella le echaba alumbre al agua
para quitarle los colores de la muerte.
Y me decía que los cadáveres del río
habían tenido vida en otra parte
y que sus deudos no habían tenido dinero
para comprar la sepultura.
Pero yo escuché muchas veces al gamonal
–en las parrandas de Abel Antonio—
decir que así tenía que ser,
que había que defender al presidente,
y que, además, el paso del hedor
por frente a la albarrada
era cosa de pocos metros y minutos.
Después crecí. Y no volví a ver ese río.
Ni muertos viajando por sus aguas.
Ahora los veo en las páginas y en las calles.
Y escucho a los voceros decir
que se trata de un error, o de un falso positivo
o de un ajuste de cuentas, o de un terrorista abatido.
El río que ahora contemplo
ya no es de agua sino de sangre.
Un río sin cauce que surca
toda la epidermis de la patria.
Y no sé qué clase de alumbre echarle
para quitarle ese color a muerte
que mi madre me ocultaba.

LOS CADÁVERES DEL RÍO



Yo vi pasar muchos cadáveres por el río.
Los vi como ver pasar las tarullas
o los grandes buques río arriba
que viajaban con su música de orquestas
y sus señoras encopetadas.
Eran parte de un paisaje siniestro
que restregaba día a día, en mis pupilas de niño,
la crueldad de la vida.
Yo iba al río a bañarme o a recoger el agua
para llenar la tinaja de mi madre.
Y ella le echaba alumbre al agua
para quitarle los colores de la muerte.
Y me decía que los cadáveres del río
habían tenido vida en otra parte
y que sus deudos no habían tenido dinero
para comprar la sepultura.
Pero yo escuché muchas veces al gamonal
–en las parrandas de Abel Antonio—
decir que así tenía que ser,
que había que defender al presidente,
y que, además, el paso del hedor
por frente a la albarrada
era cosa de pocos metros y minutos.
Después crecí. Y no volví a ver ese río.
Ni muertos viajando por sus aguas.
Ahora los veo en las páginas y en las calles.
Y escucho a los voceros decir
que se trata de un error, o de un falso positivo
o de un ajuste de cuentas, o de un terrorista abatido.
El río que ahora contemplo
ya no es de agua sino de sangre.
Un río sin cauce que surca
toda la epidermis de la patria.
Y no sé qué clase de alumbre echarle
para quitarle ese color a muerte
que mi madre me ocultaba.




domingo, 13 de febrero de 2011

EL CAMINANTE HA MUERTO

El caminante ha muerto. Detrás de sus huellas
hay un centenar de valles irrigados
con su mensaje de palabrero zenú.
Era su estirpe la del guerrero que cree más
en el fuego, en el filo y en la contundencia
del verbo iluminado.
La del cantor que decidió contagiar
el paisaje de alegría con sus cantos
y decirles a las golondrinas y a los camajones
que no todos los hombres se miden
en la vara de los sueños.
El caminante ha muerto. Y con su muerte
se recienten las cuitas de las ceibas
milenarias y de los bocachicos rebeldes
que luchan en silencio contra la tempestad
de las palmeras salvajes.
El caminante ha muerto y con él muere
el porro del hermano
y la risa antídoto de la mala ventura.
Y por él están llenos de flores negras
los montes y veredas,
el río de sus padres ancestrales corre
con la velocidad de la tristeza
y un espasmo sacude la epidermis del valle
de Melxión, como si la tierra toda con sus hijos
sintieran su partida y reclamaran su querencia.
El caminante ha muerto porque
después de recorrer tantos caminos
con sus cuentos
y de sembrar tantas semillas de verdad
con sus voces,
decidió abonar con su cuerpo y con su luz
la tierra que hoy lo llora.


Montería, febrero de 2011

domingo, 6 de febrero de 2011

PADRE NUESTRO

Padre nuestro que estás en el trono,
santificada sea tu inteligencia,
venga a nosotros tu reino
así se lleve el ganado, las rozas
y hasta el mismo cielo.

Hágase tu voluntad sin frenos,
tanto en los ubérrimos valles
que te adoran como en los ajenos.
Quítale a los plebeyos la sal y el pan
y los dinares para libar el vino
y perdónanos por no haberte
comprendido cuando en verdad
–según los escribanos palatinos—
eres el mesías sencillo, de alpargata,
que Dios y la comarca han escogido.

No nos dejes caer en la tentación
igualitaria, aparta de nosotros,
vade retro, las ideas justicieras
y las actitudes libertarias.
Regálanos –a cambio—
la palabra que arde
en la montaña regia que te abriga
y que tú, generoso salvador,
haces rodar de villa en villa.

Finalmente Gran Señor:
danos de beber la ambrosía
de tus redomas para sedarnos
frente a las imágenes
que no pueden detener
tus cancerberos.
Aprovecha los claros del bosque
para que nos llegue la luz
--tu luz-- todos los días.
Ayúdanos a perdonar los yerros
de los bufones que baten palmas
a tu gloria.
Y líbranos, amoroso rey,
de los mosqueteros siniestros,
de los cortesanos rebeldes
y de los condotieros..




Montería, febrero de 2011.

viernes, 28 de enero de 2011

AHORA

Ahora que el aire y el mar son ajenos,
que no se pueden mirar las flores
de los mangles ni grabar el vuelo
de los alcatraces.
Ahora que las palmas han modificado
el paisaje de las parcelas solitarias.
Ahora cuando las palabras
tratan de ocultar la ruta de la sangre
y la luz de los corazones
es acribillada por el fuego.
Ahora que la vida es un derecho extraño
y la muerte es la principal
actriz de esta tragedia.
Ahora que los personajes del segundo acto
nos hacen sentir espectadores
de otro drama.
Ahora que la oscuridad y la luz
son las dos caras pensantes del cuerpo
enfermo que amamos y pisamos.
Ahora, frente al olvido dirigido
que trata de ocultarnos
las argucias palaciegas del monarca
y los floretes de sus mosqueteros…
Ahora, en este refugio de libros
y de discos que me alimentan
y me sustentan la esperanza,
tengo la desagradable sensación
de no estar en mi tierra y en mi cielo,
sino en un inmenso estercolero,
asfixiándome,
calculando cada pisada,
evitando la sorpresa de las ratas.


Montería, enero de 2011