sábado, 10 de octubre de 2009

MICROTEXTOS

1.-OLVIDO TRASCENDENTE
El día que Sócrates dio la conocida respuesta dejó olvidada en su casa la libreta de apuntes.

2.-A ESPALDAS DEL AUTOR
Antes de entrar a la casa de la abuelita, Caperucita había planeado el final del cuento con el cazador.

3.-EXPERIMENTO IDEAL
El físico comprobó su error al cruzar por el agujero negro que lo condujo al mundo de los números negativos.

4.-COMO UN BOOMERANG
El pensador sintió que el mundo le daba vueltas y solo después supo que él lo había revuelto con sus ideas.


5.-BREVE HISTORIA DEL TERRORISTA
¡Booom!...

6.-SOSPECHA DE INFIDELIDAD
¡O Lotario o yo! —le dijo Narda a Mandrake.

7.-ESPEJO ALTERADO
--¿Espejito, espejito, quién es la mujer más hermosa del reino?
-- Bo Dereck
--¿Quién?… ¡Pero si esa no ha nacido aún!
--Uhhh…perdóneme majestad, me equivoqué de frecuencia.

8.-EL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE

El hombre vio al perro en la acera y bajó a la calzada para evitarlo. Al verlo pasar distante y temeroso, el perro le dijo: ¿Por qué me temes? ¿No soy acaso el mejor amigo del hombre?

miércoles, 7 de octubre de 2009

MI GALLITO


Mi gallito tenía las plumas doradas y negras. Tenía una cresta roja y caída como los gallos grandes y se la pasaba correteando a las gallinas del vecino.
Yo iba a su encuentro siempre que llegaba del colegio. Lo cargaba y lo acariciaba y lo ponía a picotear los granos de maíz en mi mano y a beber agua en la taza que le había colocado en el abrevadero.
Mi gallito cantaba todas las mañanas que era un contento y era tan hermoso su canto que competía con el turpial de los Gómez y le ganaba en tesitura y brillo.
Alguna vez dije que mi gallito crecería y que tendría unos pollitos parecidos a él y que moriría de viejo, como morimos todos. Pero yo tenía doce años y mi gallito era tan pequeño que no había porqué pensar en esas cosas. Él era, por esos días, mi juguete preferido. Y no tenía mucho de donde escoger porque mi mamá era un ama de casa pobre y mi papá no tenía un empleo estable.
Una tarde llegué del colegio, tiré los libros sobre la cama y me fui a buscar a mi gallito. Regué la vista por todo el espacio del patio pero no lo vi. Debe estar en el gallinero de al lado, pensé. Pero tampoco. ¿Se fue para la calle? le pregunté a mi mamá. Ella no supo que responderme, se le notaba triste, con la mirada en otra parte. Como si no quisiera revelarme la suerte de mi gallito. Pero yo abrigaba la esperanza de que apareciera en las manos de algún vecino, como había ocurrido en dos ocasiones anteriores. Pero no ocurrió.
Media hora después supe la verdad al ver en el plato sobre la mesa un par de muslos pequeñitos que me negué a comer. Me fui entonces para el cuarto a llorar y a decir entre sollozos todo lo bueno que sabía de mi gallito y a gritarle a mi mamá que yo no era capaz de comérmelo. Mi madre llorosa y arrepentida me abrazó y me dijo: Eso es lo malo de ser pobre, mijo. A veces hacemos lo que no queremos. Por necesidad.

Montería, septiembre de 2008

sábado, 3 de octubre de 2009

MI DULZAINA

Esa tarde mi madre se peinaba su larga cabellera frente al almendro de la puerta y se untaba una tintura para esconder los años. Mi padre solía llegar todas las tardes con un periódico viejo, una bolsita de algo y una tristeza. Después del colegio yo jugaba en la sala con una dulzaina y cantaba las canciones que escuchaba en la radio del vecino. Los domingos salía a cazar torcazas con mi honda y un arsenal de bolitas que elaboraba con el barro del río.
Mi padre era un empleado de la ruleta del gamonal y trabajaba todo el día en el bar de Sagbini y los sábados en la gallera. Esa tarde llegó con el periódico y su tristeza pero sin la bolsita, y quiso que yo le prestara la dulzaina a uno de los contertulios de la parranda de enfrente. Rascaba la guitarra un guitarrista trasnochado y el gamonal quería escuchar el vallenato que le cantaba Abel Antonio cuando llegaba de correrías. “Este es el amor, amor, el amor que me divierte”. Pero hacía falta la acordeón para entonar la melodía y la dulzaina la reemplazaba. Y se trataba del gamonal, el dueño de vidas y haciendas, que quería complacer a su “querida” del barrio Abajo, la mulata culiparada que se bañaba todas las tardes en el canal con nosotros.
Mi madre –temiendo el contagio de una mala enfermedad-- se opuso al préstamo y se enfrentó a la obligada y lamentable sumisión de mi padre como una fiera, como nunca la volví a ver en mi vida, y yo escondí mi dulzaina en los matorrales del patio. Mi padre, lleno de rabia porque quedó como un zapato ante el patrón, me botó en la letrina la honda, las bolitas de barro y un pedazo de mi alma. Mi madre, al tratar de impedírselo, regó la tintura y la otra mitad de sus afectos por el suelo.
Desde entonces dejé de matar torcazas y esperanzas y empecé a ver al gamonal de otra manera.


Montería, septiembre de 2008.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Un cuento de misterio

RECOGIENDO LOS PASOS


Lo vi parado al fondo del patio, cerca de la pluma en la que recogíamos el agua para el consumo de la casa. Estaba vestido todo de blanco y en una mano tenía algo así como un bastón o una vara santa. La noche estaba oscura y metida en lluvia y el canto de una lechuza sentenciaba la suerte del enfermo de la esquina. A lo lejos se escuchaba un porro tocado por la orquesta del cabaret El cocodrilo.

Al verlo sentí un estremecimiento por todo el cuerpo, más intenso del que sentí la vez que vi, en el camino que va a la ladrillera de Calamar, al temido personaje de los dientes de oro, patas de sátiro y cola de flecha. Yo estaba orinando y del susto suspendí la tarea, me mojé los pantalones y salí corriendo con dirección al cuarto que le habían alquilado a mi mamá.

Allí le conté lo que había visto y ella, para no asustarme más, me dijo que me acostara, que con seguridad esa visión había sido producida por un alma en pena que aprovechaba la oscuridad de las noches sin luna para recoger las oraciones de las beatas.

Motivado por esa explicación intenté ver las siguientes noches al señor alto y trigueño, vestido de blanco, pero no volvió a aparecer. Y terminé por olvidarlo y en desplazar mi interés de adolescente curioso hacia el desfile diario de cabareteras que solicitaban los servicios de modistería que ofrecía la dueña de la casa y en el exhibicionismo delicioso que había en la prueba de los vestidos que mandaban a hacer.

Un mes más tarde mi madre recibió de su prima Evelia una carta con un recorte de prensa que daba cuenta de la muerte de mi padre biológico en la ciudad de Bogotá y que le ponía fin a la espera alimentada por las adivinas del Paseo de Los Mártires, a quienes le consulté su paradero una y mil veces y de quienes obtuve siempre la misma respuesta: “Su padre está vivo y lo piensa mucho”.

Mi madre –que por mí no perdía las esperanzas de volver a verlo--, con lágrimas en los ojos y el recorte de prensa en las manos, me dijo:

--Hijo, me duele en el alma decirte que ya no vas a poder conocerlo... aquella noche a quien viste fue a tu padre, que estaba recogiendo los pasos y quiso saludarte en espíritu antes de iniciar el viaje a la eternidad.


Montería, Octubre de 2008.

martes, 22 de septiembre de 2009

Una fábula fantástica

UN PERRITO SOBERBIO

Érase una vez un perrito que quería ser el amo y señor de toda la comarca. Comenzó señalando con su orina el territorio de su barrio y fijó entonces mojones precisos que prohibían el paso a los demás perros del entorno. Luego marcó el espacio del pueblo y a todos sus congéneres les dijo que sólo él podía ladrarle a la luna por las noches. Pero no estuvo conforme. Entonces decidió que el único gozque que podía olfatear los prados y bosques de Colombia era él y se orinó en la Patria con emocionado gesto. Finalmente, engreído hasta el cansancio, determinó que sólo él podía coger a las demás perras de América y se orinó el continente desde el estrecho de Behring hasta La Patagonia.

Su soberbia no parecía tener límites y pensó hacer lo mismo con todo el planeta y se situó en la cima del monte Everest con la intención de orinarse todos los países y mares de La Tierra. Antes de hacerlo miró hacia el cielo encapotado y sonrió, pensó entonces que ya le tocaría el turno a las estrellas, a las que ya imaginaba apagadas por su orina. Nuestro perrito aspiró todo el aire de ese tejado del cielo, alzó su pata y comenzó a orinarse todo el Himalaya, monte a monte, pico a pico. Un monje Lama que lo vio en su desenfado invocó enfadado a los dioses y produjo el milagro. Por entre las nubes apareció un dedo inmenso, brillante como el sol, y una voz de trueno que le dijo:


--¡El único que tiene derecho a orinarse en el mundo soy yo¡-- Y lo destripó en la cima.


2001

martes, 15 de septiembre de 2009

Un cuento tierno

CIELITO

Se llamaba Cielito y era un ángel en busca de amor. Tenía siete años, un solo vestido y las ganas de tener un papá que la consintiera. Mi madre era amiga de su madre, le compraba la lotería todas las semanas y le brindaba –a ella y a la niña-- un vaso de chicha de Badea que ella hacía y vendía en su colmena del Mercado Público. Tantas fueron las visitas y los vasos de chichas que Cielito, a instancias de su madre, empezó a decirle abuela a mi mamá. La mamá de Cielito –es conveniente decirlo-- había sido meretriz y de esa época de su vida le quedó la niña y se había convertido en vendedora de ilusiones para no marcar el destino de su hijita de padre desconocido con el estigma de la profesión más antigua del mundo.

Un día cualquiera la citada vendedora de lotería le dejó a mis padres a Cielito para que se la cuidaran porque ella se iba a aventurar a Venezuela. Y mis padres, quienes residían en esa época en el barrio Montería Moderno, la recibieron gustosos. Desde entonces Cielito vivió con nosotros y alegró nuestro hogar con su encanto de niña. Y yo tuve que destinar de mis ingresos como locutor de radio una pequeña parte para la compra de su ropita.

Una noche en la que se festejaba mi cumpleaños, mi mamá les presentó Cielito a mis amigos invitados y éstos, maliciosos, le preguntaron quién era su padre. Cielito miró a mi mamá y me miró a mí, y no sabiendo cómo explicar su venida al mundo, me señaló con uno de sus deditos. Todos me miraron con picardía entonces y yo, por mi inexperiencia de adolescente, cometí uno de los errores que más he lamentado en mi vida. En lugar de seguir el juego le dije altaneramente a Cielito que yo no era su padre y ella se retiró de la sala cabizbaja y no pudo seguir exhibiendo esa noche su vestidito nuevo y su hermosa sonrisa.

Todos me regañaron. Hasta mi novia, diciéndome que no había necesidad de hacer esa aclaración porque todos sabían la verdad y que con ella no hice sino herir los sentimientos de la niña, que se distanció de mis afectos desde entonces.

Unos meses después apareció la madre de Cielito con la decisión de llevársela para Maracaibo, porque ya contaba, según le dijo a mis padres, con unos buenos ingresos, los suficientes para darle a Cielito la educación que se merecía. Mi madre y mi padre –que se habían encariñado con la niña-- quisieron oponerse pero no pudieron hacer nada. Y yo quise en ese instante ser el padre de Cielito para evitar que se la llevaran de nuestro lado, pero ya la niña no me veía con los ojos filiales del día de la fiesta y se fue con su madre para el país vecino. Y hasta el sol de hoy, como decía mi mamá. Sin siquiera una foto para recordar su angelical figura. Con la sola imagen de su ternura en mi memoria.


Montería, noviembre de 2008.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Un micro-relato de ciencia-ficción.

ACOPLAMIENTO CÓSMICO


El pordiosero se había acomodado en un rincón del kiosco de las retretas y se había cubierto con periódicos viejos, en uno de los cuales era visible la información acerca de las extrañas visiones de objetos voladores denunciadas por habitantes del condado.

Arriba, en la nave de Sharon, los técnicos preparaban la operación contacto; ajustaban para ello la piel de Elián, la voluntaria escogida para la primera experiencia. Elián era de piel oscura, como todas las expedicionarias del planeta doble de Tucán de la galaxia curvada de Proteo.

Sharon le decía a Elián: “Es fuerte aunque magro; bello, no obstante la mugre, y su mirada es triste como la de los pensadores de Triel”. Elián miraba también al pordiosero y decía: “Tiene las sinuosidades pronunciadas, precisas para un buen acoplamiento”. Ambas dejaron escapar una sonrisa de picardía.

El pordiosero dirigió su mirada hacia el techo del kiosco y vio cómo se coloreaba de anaranjado y todo el espacio alrededor se iluminaba como si fuera de día. Se levantó asustado y trató de correr pero un concierto de voces dulces lo detuvo y pudo más su natural atracción hacia lo desconocido.

Sharon le dijo entonces a Elián que el terrícola estaba listo para el cubrimiento. Entonces una nube de luz brillante envolvió al pordiosero y lo hizo sentir como si su cuerpo copulara con el aire y fue tal el éxtasis que se quedó dormido sobre el piso, ajeno por completo el ruido de las gentes que se arremolinaron en el lugar para indagar el origen de las luces.

2008