sábado, 12 de diciembre de 2009

EL NIÑO DIOS


En memoria de Rosa Elena Vélez,
la amorosa y buena mujer que me dio la vida.


Durante la Navidad del año santo de 1950, y cuando apenas tenía ocho años de edad, descubrí que el Niño Dios era una hermosa historia que llevaba la buena intención de convencernos que los regalos de la Navidad no los entregaba el Papá Noel de las películas sino el niño Jesús, que amaba a todos los niños del mundo. Mis amigos mayores de la calle Larga me decían que no era así, que no creyera ese cuento, que el Niño Dios eran los padres de uno y que nos acostáramos pero que nos quedáramos despiertos, con los ojos cerrados durante toda la noche, para que los viéramos ponernos en el cuarto los juguetes bien entrada la madrugada. Y la verdad sea dicha, yo lo intenté una vez pero me quedé dormido y cuando desperté encontré que ya estaban a mi lado el trompo metálico y el clarinete de esas Navidades.

Por lo anterior sucedió que descubrí el misterio pero de otro modo y por mi mamá, que era muy católica y que no hubiera querido que lo desvelara tan temprano. Todo ocurrió así como se los cuento. En la tarde de esa Navidad mi madre me llevó al portal de la Gobernación para ver la Feria de los juguetes con la intención de comprobar cuál de los muchos que había exhibidos en el piso me gustaba. Y a mí me gustó un camioncito de bomberos, de color rojo, que tenía una manguerita enrollada y un par de escaleras metálicas a los lados, como los de verdad que yo observaba al otro lado de la bahía desde el balcón de la playa del Arsenal. Ella, al verme la luz de la ilusión en mis ojos, me dijo: Escríbele la carta al Niño Dios y le pides ese juguete, seguro que él te lo manda.

Mi madre se las ingenió para que el dueño del negocio le envolviera el camioncito en papel periódico mientras yo seguía mirando los demás juguetes en el suelo. Cuando regresé donde ella estaba ya tenía el camioncito envuelto y le pregunté qué era y para quién y ella me respondió que era un regalo que le iba a hacer a un ahijado hijo de una amiga pobre que ella quería mucho. Entonces me cogió de la mano y tomó la ruta de la calle Román hacia el camellón de Los Mártires.

Durante el recorrido no dejé de mirar el envoltorio que llevaba mi mamá debajo de su brazo izquierdo. Al pasar por el Mercado Público le pedí que me comprara un refresco de leche en uno de los kioscos de la entrada y ella accedió. Luego de tomarnos los refrescos, en el instante de pagar al quiosquero, el papel del regalo dejó salir por uno de los pliegues una manguerita exactamente igual a la del carro de bomberos que había visto en la feria de la gobernación y que me había gustado.

--Mami ¿qué es esa manguerita que sale del regalo? –le pregunté.

Mi madre me respondió que era el regalo del ahijado y que la mamá de él le había pedido que le comprara lo que a mí me gustara. Yo no le dije nada más aunque quedé con la duda de porqué el ahijado de ella no le pedía la navidad al Niño Dios, como todos los demás niños.

A la mañana siguiente amaneció en mi cama, a mis pies, el carrito de bomberos que habíamos visto en la feria, con la misma manguerita con la punta partida que le había observado en la refresquería del mercado.

Mi mamá estaba sentada a mi lado sonriente, observando mi reacción por el regalo. Yo lo cogí entre mis manos y después de manosearlo un rato y de aprender cómo se elevaba la escalera, cómo se tocaba la campanita y cómo se desenrollaba la manguera del agua, le dije:

--Mami: Los pelados grandes del barrio dicen que el Niño Dios es el papá de uno, pero como yo no tengo papá, ahora sé que mi Niño Dios eres tú. Porque fuiste tú la que me compró este carrito de bomberos.

A mi madre se le aguaron los ojos, me abrazó y me dijo: “Hijo, es verdad, no es el Niño Dios quien puso los juguetes hoy porque él apenas está recién nacido, es Papá Dios. Él hace, con su infinito amor, que nosotros los padres tengamos la plata para comprarlos”.

Montería, diciembre 10 de 2009

miércoles, 9 de diciembre de 2009

EL ABOMINABLE HOMBRE DE LAS NIEVES

En la escarpada cumbre del Kinchinyinga, casi cegado por el brillo del sol reflejado sobre la nieve, el alpinista divisó la presencia de un ser extraño. "El abominable hombre de las nieves", dijo para sí y se dispuso a enfrentarlo. Había leído mucho sobre él y estaba preparado para hacerlo.

El alpinista se detuvo y aligeró su indumentaria. Tomó en sus manos su pistola de rayos láser por simple precaución y se puso los anteojos de contraste para verlo destacar mejor en el contorno blanco. El abominable hombre de las nieves se quitó las escarchas de su rostro barbudo, tomó un libro entre sus manos, una especie de cuaderno de bitácora, y se lo quedó mirando fijamente.

__¿What can I do for you? __le preguntó el alpinista luego de un instante de duda y temor.

El hombre de las nieves examinó al intruso de arriba a abajo y le contestó acremente.

__¡ Yanki son of a bitch, go home!

Entonces el alpinista guardó su arma, recogió sus alforjas y desanduvo el trayecto con soberbia. Primero llegó al monasterio del Karakorum y reprendió a los monjes por no saber nada del hombre de las nieves. Luego diría en una rueda de prensa en Bombay que el mítico personaje no era de este mundo, y finalmente se marcharía con rumbo a Washington. Allí comunicaría a sus superiores del Pentágono que la ciudad subterránea de Shambhala era inexpugnable y que ya nada se podía hacer para conquistarla.

1977

lunes, 23 de noviembre de 2009

EL BOGA Y EL PAPA

Un día de abril de 1964 Montería amaneció con una escultura más. Una escultura que no había sido encargada ni por la Curia ni por el Gobierno local. Y que no tenía la firma de ninguno de los escultores famosos de Cartagena de Indias y de Bogotá, a quienes los voceros del Establecimiento les habían encomendado el busto del patricio conservador Miguel R. Méndez y la estatua del Papa Pío XII.

Ancho de espaldas, de facciones duras, estrecho de caderas, de piernas cortas y apenas cubierto en sus partes pudendas por el taparrabo usual de los canoeros, El Boga fue presentado como un homenaje artístico al pueblo trabajador que había contribuido con su sudor al engrandecimiento de toda la comarca. Su autor, el abogado, poeta, músico, actor, coreógrafo y escultor Guillermo Valencia Salgado, lo había vaciado en cemento en los patios del popular Tigre Pérez, un simpático empleado judicial quien tenía en su casa un taller artístico de fundición y que era amigo de aficiones culturales y de bohemias intelectuales del Compae Goyo.

El día de su inauguración en la avenida 20 de julio, a orillas del Río, estuvieron presentes casi todos los dirigentes del MRL y los profesores del Colegio Atenas. El docente de Historia Eduardo Pastrana fue el encargado de hacer el brindis. Con la parsimonia que le era característica alzó su copa de ron blanco, entrecerró los ojos y brindó porque con ese monumento se abrían las puertas del arte a las aspiraciones estéticas de los trabajadores, puertas que habían sido cerradas con la censura clerical y desmantelamiento de la parodia teatral Vivan los árboles, escrita y llevada a escena por él con los alumnos del colegio nacional José María Córdoba y en la que hacía una crítica al fanatismo y a la intolerancia reinantes en toda la provincia.

Los estudiantes del Atenas y del colegio nacional hacían de espectadores entusiastas y algunas –las quinceañeras-- sonreían con picardía cada vez que le miraban el bulto al boga y constataban que más que una fiel copia de le realidad parecía el deseo de su creador de convertirlo en paradigma de la felicidad. Otros, los aplicados discípulos del profesor de dibujo Antonio Martínez, criticaban las dimensiones descomedidas del tórax y de los hombros y la ostensible pequeñez de las extremidades inferiores.

El Boga duró setenta y dos horas en su base de concreto: una canoa truncada pegada en el centro de una alberca pequeña y rodeada de nenúfares y de algas. Un joven altanero, atrabiliario y fortachón pero de noble cuna, estimulado por el ron anisado que expendían en el cabaret El Palmar y por las palabras del cura Restrepo, dichas en la misa dominical en contra de la escultura (violación aberrante de la estética cristiana basada en el pudor), la destruyó a martillazos y para ello contó no solo con el silencio cómplice de los vigilantes sino de la prensa hablada, que se limitó a decir, al día siguiente, que un artista loco, émulo de Miguel Ángel, le había arrancado con un martillo de diez libras un pedazo a la rodilla, mientras le decía, en medio de su delirio: ¡Habla, corroncho de mierda, habla!.

El domingo siguiente, y en medio del estupor de las beatas de la primera misa, la estatua de mármol del Papa Pío XII amaneció sin la mano derecha. Así había sido decidido en una reunión realizada en el patio del Colegio Atenas el mismo día de la destrucción de El boga y a la cual asistieron los dirigentes más esclarecidos del MRL, los docentes del Colegio, dos o tres comunistas clandestinos y al menos un “maestro sublime” de la incipiente masonería pitagórica del Sinú, en una santa alianza que fue comparada por el padre Mercado con la figura del basilisco que usaba Laureano Gómez para asustar a los conservadores durante los años tenebrosos de la violencia. El visitador médico Maximiliano De la Hoz, famoso por su anticlericalismo, el profesor Nieto y el carpintero Uribe, fueron los encargados de ajustar la cabuya en la diestra de Eugenio Paccelli la noche del sacrilegio. El concejal dueño del jeep pisó el acelerador y la cabuya se puso tensa. Maximiliano le decía: ¡Acelera! ¡Acelera!... que no quede nada en pie de ese papa fascista, convencido de que los pobres de solemnidad anhelaban saborear el placer de la venganza por lo acontecido a la estatua de Valencia Salgado e irían a prorrogar las festividades del 20 de enero para explayar su alegría. El jeep aceleró y aceleró hasta que la mano cedió y la escultura de Su Santidad quedó manca, daño sacrílego que fue apañado por un tallista sacro de apellido Lombana, enviado por la Arquidiócesis de Cartagena de Indias.

Pero no hubo el jolgorio democrático que los catedráticos y amigos del Colegio Atenas deseaban y esperaban que se produjera. Pasó todo lo contrario. La Iglesia organizó una misa campal de desagravio a la que asistió casi toda la comunidad y en ella el señor obispo Pimiento excomulgó de forma innominada a los autores del sacrilegio, a quienes señaló como enemigos de Dios, de la Iglesia, de la Patria y de la civilización occidental. La estatua del Papa, una vez arreglada, fue cambiada de sitio y hoy se la puede admirar en el pórtico del palacio episcopal. El Boga, en cambio, fue arrinconado por decisión de su escultor en el cobertizo parrandero de la finca La nueva ola del abogado Rafael Espinosa, convertido en colgadero por su mucama. Y hoy, al cabo de tantos años, es apenas un pedazo de añoranza en el sentimiento de los intelectuales contestatarios de entonces.

domingo, 15 de noviembre de 2009

NOLI ME TANGERE

Esto que ahora es mar y una que otra torre que emerge de las aguas, ayer fue una gran ciudad llena de vida. Los hombres que ahora visitan sus ruinas, observan unas largas murallas de piedra con las que mis abuelos intentaron detener la furia de las olas.

--Vivían en la edad de piedra—dijo uno de los investigadores de esa costa sumergida.

--De la piedra pulida porque están tan bien hechas y puestas unas sobre otras que no hay ranuras entre ellas— apuntó el que tenía un pequeño instrumento de medición.

Estaban en la otrora costa de mis sueños, que había cambiado su perfil y su rostro. Todavía se veía fluir el fuego de la sierra y el desprendimiento de la tierra calcinada de las orillas, que caían ambos sobre las aguas hirvientes.

--La tragedia ocurrió hace pocos yins—dijo el que parecía comandar la expedición.

-- Pero no quedó vivo nadie para contar el cuento—agregó el tenedor del instrumento.

--Al parecer sus órganos eran de un tejido que no resistía las altas temperaturas –apuntó el más intrépido de los tres mientras agarraba un pedazo de lo que fue el vestido de teflón reforzado que me construí para evitar ilusamente la muerte.

Entonces empezaron a moverse hacia un camellón sembrado de estatuas pero antes se detuvieron en una torre pequeña en forma de aguja, edificada sobre una de las murallas y que guardaba en su pecho el recuerdo de un reloj que señalaba la hora del desastre.

Las estatuas fueron el centro de interés de los buceadores y hacia allí se dirigieron luego de grabar varias imágenes de la singular torre.

--Son personajes de su historia—dijo el comandante.

--Posiblemente una galería de gobernantes ilustres—agregó el del instrumento.

El más curioso se situó en las escalinatas de la estatua mayor hasta alcanzar la placa del grabado que la identificaba. Para hacerlo tuvo que pasar por encima de varios pedazos de antiguas naves de cabotaje que estaban regados sobre el piso.

--¡Noli me tangere! era su nombre –dijo a los demás que estaban expectantes.

--¿Noli me tangere?—preguntó el comandante--. ¿Sabes lo que significa?

..Sí –dijo el del instrumento--. Aquí dice que traduce “No me toques”. Y agrega que fue la frase con la que un tal Jesús detuvo a una de sus amigas que se disponía a abrazarlo.

--Es entonces una metáfora –dijo el comandante--. La pose del ángel parece decirle no me toques al demonio destructor que hemos perseguido por toda esta galaxia.

Noviembre de 2009.

amoravelez@yahoo.com
Celular: 317.374.1207
Montería, Córdoba

domingo, 1 de noviembre de 2009

EL BORRACHITO DE LA 36

Durante los primeros años de la década maravillosa, cuando apenas empezaba a vivir la vida por mi cuenta, trabajé en la radio como locutor. Hacía un programa de complacencias y gracias a las letras de los boleros de moda enamoré a una muchacha de amplias caderas y buenas piernas que tenía rostro y ojos orientales y una cabellera negra que le llegaba a la cintura. Se llamaba Elvira y me visitaba casi todas las noches en los estudios de la emisora, situados en el segundo piso del edificio Pupo. Allí esperaba a que terminara mi turno y luego de un rato de besos y amasijos que no pasaban a mayores, la acompañaba hasta su casa en la calle 40 y luego regresaba a la mía, cinco cuadras antes.

Una de esas noches pudo haber terminado en tragedia y hoy no les estaría contando el cuento. Ocurrió que en el pretil de un bar esquinero, frente a la plaza grande, dormía su borrachera uno de los tantos bohemios de la ciudad. Eran como las doce y cuarenta de la madrugada y apenas estaban despiertas las vendedoras de sopas de mondongo de la 36 con tercera, que se decía eran especiales para los amanecidos, y el portero de la pensión San José, pensión económica que servía de refugio a las parejas que salían de los bares vecinos, luego de una noche de aguardientes acompañados con las canciones románticas de Orlando Contreras y de Olimpo Cárdenas.

Elvira y yo avanzábamos tranquilos por la carrera cuarta y vimos al borrachito acostado en posición fetal y no le pusimos mayor interés porque estaba dormido. A esa altura del trayecto hablábamos sobre el retrazo menstrual que a ella le preocupaba. Yo le decía que había leído en la revista Luz que eso le ocurría con frecuencia a las mujeres y que no necesariamente era signo de embarazo, que para mayor seguridad tenía que hacerse la prueba del sapo. Además, le decía: “Chinita, nosotros no hacemos el acto sexual completo y la baba que me sale durante las sobadas no empreña”. Mi novia me decía que sí empreñaba y que ella quería ir donde un médico pero que no tenía dinero y que no podía pedírselo a su mamá. Yo le propuse entonces que fuéramos donde un farmaceuta amigo que no nos cobraba y estábamos en esa discusión cuando de pronto oímos y vimos que el borrachito, tal vez por la bulla de nuestras voces, se despertaba y apuntaba para todos lados con un revólver.

--¿Quién anda por ahí, ah?… ¿Quién me va a robar?

El portero de la pensión se metió corriendo por la puerta y yo le dije a Elvira –lo que nos salvó la vida—que no mirara hacia atrás y que siguiera caminando, normalmente, como si nada. Estábamos a cinco o seis metros del potencial homicida pero del otro lado de la calle, bordeando los límites de tierra de la plaza grande, la misma que había recibido la sangre de muchos manteros durante las tardes de corraleja.

--¿Y si nos dispara?- -me susurró Elvira y tuve que sujetarla por el brazo para evitar que corriera.

--Es más fácil que nos dispare si corremos –le contesté de igual modo--. Sigue así como vamos, que no nos va a pasar nada.

Y así fue. A los pocos pasos oímos refunfuñar al borrachito y quedarse callado, supongo hoy que guardó su revólver y se volvió a acostar sobre el pretil. Sentimos entonces que el silencio de la ciudad regresaba para acompañarnos por el resto de la caminata. Apenas si se escuchaba el murmullo del viento que mecía los tamarindos de los patios y a lo lejos el canto de una lechuza espantada que volaba en busca de otra premonición.

Cuatro cuadras más adelante dejé a mi novia en la puerta de su casa y regresé enseguida pero por la carrera quinta, del otro lado de la plaza, y no vi al personaje en la acera iluminada del bar. Vi al portero de la pensión que desde la calle me decía con los brazos: Se fue. Caminé una cuadra más, llegué a mi casa de madera y zinc, todavía sudando el frío de la impresión, empujé la puerta que mi mamá dejaba apenas ajustada, me tomé la limonada que estaba sobre la mesa y que ella me preparaba todas las noches, la escuché decirme: “Hijo, gracias a Dios llegaste…tuve un sueño feo y he estado rezando por ti” y me acosté con la idea de haber sido aplazado por la muerte esa madrugada monteriana de 1963.


Montería, febrero de 2009.

sábado, 24 de octubre de 2009

PLÁCIDA

La vi por primera vez en una semana cultural. Tocaba la orquesta Los platinos un ritmo tropical y yo observaba sus hermosas piernas que quedaban al descubierto cada vez que su parejo la ponía a girar como un trompo, sin importarle el espectáculo de exhibición erótica que ofrecía su mulata rumbera a los demás asistentes al baile que estábamos cerca de la pista del Club Popa. Supe entonces que estudiaba en la facultad de Medicina, que vivía en el barrio Crespo y que tenía un nombre que invitaba a vivir la experiencia del amor en un paraje apacible: Plácida. Decidí esa noche que trataría de anclar mi nave en esa rada de ensueño y que, para tal fin, debía utilizar todas las estrategias de conquista a mi alcance para llegar a ella

Lo primero que hice fue pedirle a una amiga común que nos presentara en los pasillos de la universidad. Ella la buscó y le entabló conversación y yo llegué como si fuera ocasionalmente a solicitarle a mi condiscípula una información sobre la clase de derecho constitucional colombiano.

--Mira, Plácida, te presento a Antonio –le dijo en el momento en que yo le ofrecía mis excusas para poder preguntarle a Carmen los términos de una tarea de mentiras.

--Hola Antonio –respondió en un tono casi impersonal, me miró fugazmente y volvió la mirada sobre mi amiga. —Carmen te dejo, hablamos mañana.

La experiencia se repitió dos o tres veces y el resultado fue el mismo. Plácida se despedía de Carmen al notar que yo me acercaba, y no aguardaba a que yo le dijera algo, un comentario, un piropo, cualquier cosa, como si leyera en mis ojos la pasión amorosa que su belleza me inspiraba y presintiera que ese acercamiento mío no era casual sino una tramoya para iniciar una conversación con ella.

Pasaron muchos días después de esos intentos fallidos, durante los cuales yo me limitaba a verla pasar con sus suéteres ajustados y sus minifaldas por los pasillos de nuestra Alma Máter y a saludarla cuando se dignaba dirigir la mirada hacia el escaño en donde yo estaba, saludo que respondía cortés pero fríamente, sin asomo alguno de agrado o simpatía.

En una de esas ocasiones, repasando las conferencias de Obligaciones, me acompañaba el “gordo” De la Ossa, quien hacía parte de mi grupo de estudios. Éste, al notar la forma displicente como la futura galena contestó mi saludo, me dijo: “Oye, y esta negrita qué se cree que te mira como si estuviera mirando al hijo de la cocinera”. Plácida escuchó y volteó su cara hacia nosotros y le lanzó a De la Ossa una mirada acuchillante como diciéndole: “Muérete, gordo infeliz”. Yo hice una mueca con todo mi rostro que pretendía ser una explicación por la frase de mi amigo, pero ella no se dignó recibirla.

Y así pasaron los días y las semanas y yo intenté mostrarme ante Plácida como un joven con futuro interviniendo en la huelga universitaria de ese año como orador, en las veladas literarias con mis cuentos comprometidos, en el grupo de teatro, en los torneos de ping-pong y en los eventos sociales como cantante de boleros, pero nada. Plácida parecía una mole de cemento con su indiferencia y solo tenía ojos para el joven que la exhibió en el baile en el que la conocí. “Lo que pasa Antonio es que ese muchacho, que es del equipo de baloncesto de la universidad, la invita a discotecas, a restaurantes, a heladerías, y tu no tienes con qué” me dijo Carmen. “Y también que ella te ve como poca cosa por la forma modesta como vistes”, agregó Ida Inés, otra condiscípula amiga.

Un día cualquiera mis dos amigas se acercaron a mí en la cafetería de la universidad y me dijeron que se me presentaba la oportunidad de demostrarle a Plácida que las apariencias engañan y que los hombres valemos más por lo que somos y llevamos por dentro. “¿De qué se trata?” les pregunté. “Este domingo que viene vamos a hacer un paseo en la playa y Plácida va a ir y se va a poner el bikini que le trajo su mamá de Miami”, dijo Carmen. Ida Inés agregó: “Carmen y yo vamos a llevar los sándwiches de pollo y Geminiano, el “gordo” De la Ossa y tú deben “ponerse” las cervezas”.

Y así fue. Ese domingo fuimos a la playa de Castillo grande los seis y Plácida se puso su bikini y se convirtió en el objeto de las miradas de todos los jóvenes de la “jai” que se encontraban a nuestro alrededor. Al principio se mostró algo molesta porque no sabía que “el gordo” y yo íbamos a estar en el paseo playero pero como admiraba a Geminiano porque lo había visto en una obra de teatro, disimuló el enfado conversando con él sobre el teatro del absurdo. Entretanto “el gordo” y yo conversábamos de filosofía para que ella supiera que yo era docente de esa materia en un colegio importante de la ciudad.

Al poco rato, cuando apenas habíamos consumido una cerveza cada uno, Plácida dijo: “Me voy a meter al agua. ¿Quién me acompaña?”. Todos a una dijeron: ¡Antonio! Y mi diosa esquiva salió corriendo hacia el mar dejando tras sí las miradas eróticas de los bañistas que estaban cerca y complementando de ese modo con su escultural cuerpo el paisaje de esa mañana caribeña. Yo salí corriendo hacia ella y le grité: ¡Espérame! pero no me esperó. Y se lanzó a las aguas y comenzó a nadar hacia lo hondo.

Todos, estoy seguro, esperaban que el mar fuera testigo ese día de mi declaración de amor y que Plácida, al menos, respondiera con un “Déjame pensarlo” que me diera la oportunidad de insistir en otros escenarios y de mostrarle quién era y qué escondidos tesoros tenía para entregarle si aceptaba ser mi novia. Pero Plácida no me dio la oportunidad de hacerlo porque llegó hasta el límite de las boyas, haciendo gala de sus excelsas dotes de nadadora que yo desconocía, y me dejó a pocos metros de la orilla disimulando el ridículo y mirando impotente hacia el lugar en el que también flotaban otros expertos nadadores, que no dudaron un instante en rodearla y en coronarla de elogios por la hazaña.

Ida Inés y Carmen me miraron llegar con la desilusión pintada en el rostro. “¡Qué vaina, Toño, que no hayas aprendido a nadar en el Sinú por culpa de tu mamá!” exclamó Geminiano. “Te va tocar aprender”, completó “el gordo” De La Ossa con una sonrisa de oreja a oreja. Carmen, que quería en lo más profundo de sus sentimientos de amistad que yo fondeara mi velero en esas aguas tranquilas, optó por decirme que no abandonara el empeño, que Troya no se conquistó en un día y que ya habría otra oportunidad en otro momento y lugar más propicios para mí.

Pero pasó el tiempo y el tiempo se llevó las ilusiones. Por mucho que urdí y busqué una nueva oportunidad, ésta no se volvió a presentar, ni siquiera los encuentros con Carmen en los pasillos de la Facultad que Plácida evitaba. Y para cancelar todo intento mío de abordaje, la mulata de Crespo optó por caminar a toda hora y amartelada con su novio deportista por los pasillos del viejo convento de San Agustín y por las calles empedradas de La Heroica, y yo empecé, por fuerza, a mirar hacia otros predios de amor para paliar el fracaso.

Hoy, después de casi medio siglo, de una frustración amorosa posterior y de haber encontrado finalmente, en ese mismo claustro, a la madre de mis hijos, Plácida es apenas una de las tantas imágenes de mi juventud que de vez en cuando afloran en mi mente para arrancarle sonrisas al pasado.

Montería, octubre de 2009.

miércoles, 21 de octubre de 2009

LA GORDITA DEL TROPICANA

Por los tiempos en que las heladerías no abundaban en la ciudad, el callejón del mercado era un lugar casi obligado para disfrutar un buen refresco de zapote o níspero con leche o de Milo, que era mi preferido. Enfrente de las refresquerías quedaba una fonda en la que a veces tomaba los alimentos y detrás de ella, entrando por la carrera segunda, estaba el coliseo de boxeo en donde vi pelear a los colombianos Kid Pérez y Luis Carlos Cassarán contra un chileno de apellido Cartens.

Ese era mi mundo de entonces. Mi mamá tenía una colmena de abarrotes en ese mercado y yo pasaba la mayor parte de mi tiempo libre en ese sector. Me hice amigo de un fresquero de apellido Cuavas, quien me pagaba con un Milo diario la picada del hielo, tarea que realizaba con gusto mientras escuchaba los partidos de la pelota profesional y los programas deportivos que lo comentaban y también los merecumbés de la orquesta de Pacho Galán, que estaban de moda.

En esta mesa de refrescos del callejón del mercado hablé por primera vez con la mujer de este cuento. Era joven, gordita y agraciada. Yo la había visto salir del Pasaje Felipe, más exactamente de la choza de palma de la entrada, pero no la saludaba porque era, como decía mi mamá, una mujer de la vida y yo suponía que eso le daba una ventaja de experiencias sobre mí que estaba apenas por los quince años. Esa tarde se sentó a mi lado en una de las bancas de la refresquería de Cuavas y me dijo: Hola, ¿como estás? Yo le contesté que bien y conversamos un poco sobre su trabajo de mesera en el Tropicana y los estudios míos de bachillerato en el Liceo. Una vez agotó el vaso metálico de su refresco se despidió sonriente y se marchó. El señor Cuavas, que había seguido el hilo de la conversación mientras enjuagaba unos vasos, me dijo: Esa muchacha quiere acostarse contigo, todo ese cuento del Tropicana fue para que supieras el lugar y el horario de su trabajo. Visítala y te la traes para el Hotel Mogador, yo te presto para la habitación si no tienes.

Durante los días siguientes los demás inquilinos del pasaje vieron cómo la gordita del Tropicana salía de su cuarto y pasaba delante de la puerta de mi pieza siempre que yo me sentaba en una mecedora a leer, y lo hacía con el pretexto de guindar una ropa en el alambre o de entrar al baño del patio o de recoger agua de la pluma, y siempre con una falda transparente para que yo le viera sus encantos y me guiñaba el ojo y me sonreía, como diciéndome: Ajá y ¿cuándo vas a ir por mí? El Chato –uno de mis amigos—se dio cuenta de la actitud seductora de la gordita y me dijo: Huy hermano, le cuento que esa pelada no quiere con nadie aquí en el pasaje y está botada por usted. Obviamente, mi mamá también se dio cuenta y me advirtió: Cuidado te vas a enredar con esa mesera porque te puede pegar una mala enfermedad.

El viernes de la siguiente semana fui con mis amigos del liceo, Jorge Barrera y Pepe Buelvas, a tomarnos un par de cervezas en el Tropicana. Yo sabía que me iba a encontrar con la gordita del pasaje pero ellos no porque no la conocían. Por eso se sorprendieron cuando vieron cómo la atractiva mesera de color claro y cabellos lisos me saludaba con una efusividad inusual y más cuando les dijo que las cervezas que yo consumiera las pagaba ella.

--¡Usted se acuesta esta noche con esta mujer de lo que no hay duda!—dijo Pepe. Jorge asintió y pidió que brindáramos por ese polvo, lo cual hicimos. Y empezaron entonces a hablarme de las técnicas de excitación, del manejo del ritmo, de las posiciones, de poner el pensamiento en otra parte y de las frenadas en seco para evitar la eyaculación prematura y de otras prácticas sexuales más que ellos sabían de sobra porque eran mayores.

Cada vez que la gordita llegaba con su toallita para secarnos la mesa y recoger las botellas vacías, Pepe y Jorge no hacían sino mirarle el trasero despampanante y las piernas, que se le veían casi todas por la minifalda que usaba. Y sonreír embelesados y decirme: Que envidia, flaco, pensar que tú vas a entrar esta noche en ese paraíso. Y yo no hacía sino pensar en cómo iría a domar a esa potra desbocada en la cama, yo, pobre y desmirriado mortal sin experiencias que apenas conocía la vagina de una mujer en las láminas de la revista Luz.

--Bueno y ¿cómo hago para irme con ella?—pregunté cuando ya habíamos consumido cuatro cervezas cada uno.

--Tienes que ir al mostrador y decirle al cantinero que vas a pagar la multa por las dos horas que le faltan por trabajar a tu amiga—me dijo Jorge y le hizo señas a la gordita para que llegara a la mesa con la cuenta.

--Lo demás ya te lo hemos explicado y lo que no, ella se encargará de explicártelo—agregó Pepe.

Y así lo hice. Pagué al cantinero la multa y mi gordita y yo salimos a los pocos minutos del bar con rumbo al pasaje. Pepe y Jorge nos acompañaron hasta la esquina de la calle 37 con avenida primera. Y solo se fueron en sus bicicletas cuando desde esa esquina nos vieron entrar en el rancho de palma y bahareque de nuestro destino.

--Aquí es mejor –me dijo ella en la puerta--. Estamos más en confianza. Además, cuando terminemos tú no tienes sino que cruzar el patio para llegar a tu casa.

La joven mesera vivía en una pieza que la ocupaba casi por completo la cama. Una mesa con vasos y cubiertos, dos sillas, un espejo de pared, una repisa con cosméticos y un baúl, completaban el mobiliario. Enseguida de la puerta que daba para el patio del pasaje había un alero de palma y debajo de él un anafe, un mesón de guaduas y sobre éste, un caldero, una olla y dos platos.

--Hasta que se me hizo—dijo, una vez quedó en interiores y se acostó en la cama. Y entonces le contemplé sus muslos que parecían de nácar y su sexo oferente y apretado que se le marcaba en su moruno de tela gloria.

--¿Cómo así? –le pregunté. Me había quitado la camisa, la franelilla y los mocasines y empezaba a quitarme los pantalones.

--Que desde hace tiempo tengo ganas de acostarme contigo, bobo-- me aclaró. Entonces me invitó con las manos y con la mirada. Y no se dijo más. Como si siguiéramos un libreto aprendido yo me subí a la cama en pantaloncillo y ella empezó a quitármelo y yo a quitarle el moruno y el sostén, hasta que quedamos completamente desnudos y empezamos el delicioso ejercicio del amor.

Hoy, después de tantos años, no sabría decirles cuanto tiempo duré cabalgando esa potranca alborotada. Lo cierto es que fue tal el esfuerzo y tanto el placer que después del segundo orgasmo me quedé dormido y desperté como a las seis de la mañana, a la hora en que las muchachas empleadas y de colegio del pasaje hacían cola en el patio para bañarse.

La gordita –de cuyo nombre no me acuerdo—no me dejó salir por la puerta de la calle sino por la del patio. Y todavía recuerdo la cara de asombro de las muchachas cuando me vieron despedirme de ella con un beso trasnochado y cruzar hacia mi pieza despelucado, con la camisa sobre los hombros y un caminado alabancioso, como si le estuviera dando la vuelta al ruedo, y en especial recuerdo la sonrisa y mirada insinuantes de una panadera de piel trigueña y cabello quieto que parecía decirme: Si ya te graduaste de hombre, flaco, mañana puedes darte una revolcada conmigo.



Montería, enero de 2009.